Gallos Femenil necesita reestructurarse

La temporada terminó… y lo hizo con un eco amargo que aún resuena en el CEGAR. Gallos Femenil cerró el torneo con una goleada de pesadilla que retrató, en noventa minutos, todo lo que fue el semestre: errores en defensa, poca claridad al frente y una sensación de frustración que acompañó al equipo desde la jornada uno.

Con apenas 13 puntos, 10 derrotas y una diferencia de goles de -33, el conjunto queretano firmó uno de sus torneos más duros de los últimos años. Las cifras son contundentes y reflejan una realidad que dolió tanto en el marcador como en lo anímico. Porque no se trató solo de perder, sino de la manera en que se perdió.

Hubo noches que marcaron la temporada. La tragedia ante América, con once goles en contra, fue un golpe imposible de disimular. Más allá del resultado, dejó una herida anímica profunda, un golpe de realidad sobre la distancia que aún separa a Querétaro de las potencias de la liga. Días después, en el CEGAR, Tigres repitió la lección: jerarquía, contundencia y una goleada que volvió a desnudar las carencias de un plantel limitado.

También llegó la pesadilla ante Cruz Azul, una derrota que dolió más por el contexto que por el marcador. En casa, frente a su afición, Gallos Femenil mostró entrega, pero no respuestas. Las fallas en la zaga, la desconexión en medio campo y la falta de variantes ofensivas fueron una constante durante el torneo.

Y sin embargo, entre tanto tropiezo, hubo destellos que merecen ser contados. La lesión de Lozoya fue una de las páginas más tristes del semestre, no solo por lo que significó perder a una jugadora clave, sino por el impacto humano que tuvo dentro del grupo. En contraste, el regreso de Marta Alemany trajo calma, jerarquía y esa voz de liderazgo que siempre se agradece en momentos de tormenta.

Vanessa González fue, sin duda, la figura más constante del equipo. Tres torneos consecutivos sin perderse un solo minuto, más de cuatro mil jugados de forma ininterrumpida. En un plantel que sufrió altibajos y golpes duros, la capitana fue el faro, la jugadora que mantuvo el carácter cuando el barco parecía hundirse.

Tampoco se puede dejar de lado la aparición de nuevas figuras, como Alexa Herrera, una de las revelaciones del torneo. Con apenas 20 años, la costarricense mostró talento, pegada y una madurez impropia de su edad. Representa ese futuro que Gallos debe cuidar: el de una generación que juega sin miedo y que puede darle al equipo el salto de calidad que tanto necesita.

Los números del torneo son fríos: 13 puntos en 17 jornadas, apenas 12 goles a favor y 45 en contra. Pero detrás de esas cifras hay historias, esfuerzos y sacrificios que no se ven en la tabla. Gallos Femenil no fue un equipo sin alma, fue un equipo sin rumbo claro, que luchó cada partido pero no encontró el camino.

Y es ahí donde comienza la gran pregunta que cierra el año: ¿qué sigue? ¿Habrá una reestructuración profunda? ¿Llegarán refuerzos que cambien la historia? ¿Seguirá Fernando Samayoa al frente del proyecto? Las dudas son muchas y las respuestas, por ahora, pocas.

Lo cierto es que Querétaro necesita volver a creer. Reconstruir desde la base, reforzar el proyecto y retomar esa identidad que alguna vez lo caracterizó: la de un equipo incómodo, valiente y orgulloso de su escudo. La temporada 2025 quedará marcada como la del dolor, la frustración y los fantasmas… pero también puede ser el punto de partida de algo nuevo. Porque incluso en la oscuridad, Gallos Femenil mantuvo algo que no se compra

Visto 64 veces