Por Ramón Estévez
El 18 de agosto de 2026, la sala de prensa del Estadio Corregidora recibió el nombre de José Andrés Estévez Nieto. La fecha no fue casualidad. Ese día, mi padre habría cumplido 67 años y, después de un tiempo de trabajo junto al Club Querétaro, encontramos en su cumpleaños el momento indicado para concretar un reconocimiento que trasciende una placa colocada sobre una pared. Andrés falleció el 12 de octubre de 2024, pero aquella tarde volvió a reunir a familiares, amigos, periodistas, autoridades y personas que compartieron diferentes etapas de su vida.
Gallos Blancos abrió su casa para recordar a alguien que comenzó precisamente en el periodismo deportivo y que, posteriormente, construyó una de las trayectorias más importantes del periodismo queretano. De alguna manera, después de tantos años, el camino terminaba regresando al lugar donde comenzó.
Durante la ceremonia recordé una historia que explica mucho más que cualquier currículum. Andrés tenía apenas 14 años cuando Álvaro Rico Cruz realizaba un programa de radio desde la cafetería del hotel de mi abuelo. Mi padre quería participar, acercarse al micrófono y comenzar a descubrir aquel oficio que terminaría acompañándolo toda su vida. Mi abuelo tenía sus reservas, pero fue mi abuela, Nélida Nieto, quien insistió para que le dieran aquella oportunidad. Parece una decisión pequeña, casi cotidiana, pero seguramente cambió el rumbo de una vida.
Muchos años después, mi abuela estaba sentada dentro del Estadio Corregidora, observando cómo una sala de prensa recibía el nombre de aquel niño al que alguna vez ayudó a acercarse a un micrófono. Ahí entendí nuevamente que ningún camino se construye completamente solo. Detrás de cada historia existen personas que empujan, acompañan, creen y abren una puerta cuando todavía nadie sabe hasta dónde puede llevar.
Quizá esa sea la reflexión más importante que dejó aquella tarde. Pasamos buena parte de nuestra vida buscando resultados inmediatos, reconocimiento o alguna prueba de que nuestro trabajo vale la pena, cuando la verdadera trascendencia muchas veces ocurre silenciosamente. Está en las personas que conocimos, en quienes aprendieron algo de nosotros, en las oportunidades que ayudamos a crear y en la manera en que ejercimos nuestra profesión.
Probablemente, el legado de José Andrés Estévez Nieto es más profundo y no pueda medirse únicamente en entrevistas, exclusivas o años frente a un micrófono. Está en el respeto y el cariño capaces de reunir, casi dos años después de su partida, a tantas personas en un mismo lugar. Uno nunca sabe qué conversación, consejo, oportunidad o gesto aparentemente pequeño terminará trascendiendo nuestra existencia.
El 18 de agosto no solamente se nombró una sala de prensa; también quedó una invitación para quienes entramos en ella: vivir y trabajar hoy de una manera que algún día haga que nuestros actos merezcan ser recordados.