RETAZOS ARMÓNICOS

No, no es una guerra, no se arregla con policías, ni bloqueando carreteras con falsos filtros sanitarios; tampoco evitando el acceso a espacios abiertos como playas, bosques, plazas y jardines; es un problema de salud pública, de devastación de la naturaleza, de contaminación de ríos, de mares, de destrucción de tierras agrícolas, de maltrato extremo y de extinción de especies, de una relación enferma con la naturaleza propia y externa —que a final de cuentas es la misma—; es un problema de maltrato planetario, de desigualdades sociales, de pobreza, de individualismo a ultranza. Por eso no se arregla con policías antiCOVID que buscan reprimir a los ciudadanos hasta en sus espacios más íntimos, como el interior de sus hogares, tampoco poniéndonos unos en contra de otros. Es un problema de educación, de solidaridad, de humildad con la Tierra y el Universo. Lo advertimos desde el principio, esta pandemia no se detendrá hasta que nos contagiemos todos, sea de manera directa o con las vacunas, el problema es que según avanzan los días se convierte en una enfermedad de pobres, de los que no tienen acceso a un sistema público de salud digno, suficiente y eficiente porque sus gobernantes lo fueron desmantelando a través de varios sexenios; de los que no tienen para comprar las medicinas, el oxígeno (concentradores, tanques); de los que tienen que usar un transporte público hacinado, sin medidas de salud necesarias para evitar el contagio directo, de los que mueren en sus domicilios contagiando a quienes los cuidan; de los que no tendrán disponibilidad de vacunas (parece que no será nuestro caso).

Es el daño, no el año. Creemos que la distribución arbitraria del tiempo, de su fragmentación en días o años, hará que el estado de cosas cambie sin hacer nada más que arrancarle hojas al calendario. Renegamos de un 2020 por fatídico, por desgraciado, como si el 2021 tuviera que ser, en automático, diferente, sin necesidad de modificar nuestro comportamiento suicida colectivo. Es el daño que le hemos hecho al único planeta que nos soporta, no el número que le imponemos al paso inexorable del tiempo que todo recompensa o se termina cobrando. Lo peor es que viene un proceso electoral con las mismas mañas de siempre, con el empleo discrecional, arbitrario e ilegal de los recursos públicos para comprar votos, para burlar la voluntad ciudadana a cambio de promesas que no se cumplirán; de lo mismo de siempre sin presentar alternativas que cambien el rumbo de una humanidad extraviada que destruye su entorno para beneficio de una casta política y económica que se apropia de lo ajeno y lo convierte en aglomeraciones de viviendas mal hechas, en espacios no adecuados para la convivencia familiar ni comunal, en el simple lucro inmoderado desplazando a los habitantes tradicionales de barrios ricos en historia para imponer sus plazas agringadas y sus conjuntos departamentales amurallados. No hay medida alguna para detener o revertir lo que se pierde para todos —en aire limpio, en agua potable suficiente y sin provocar déficit entre el agua que se capta y la que se saca de los mantos acuíferos, en espacios de convivencia, en tierra cultivable, en ríos y cuerpos de agua convertidos en cloacas y demás que ya sabemos y no arreglamos—

Otro mundo es posible, otra forma de relacionarnos con lo que nos rodea y con los que nos rodean:

«Las relaciones afectivas constituyen el verdadero poder y el eje de los procesos económicos. La sociedad occidental, el capitalismo y el modelo actual de globalización, menosprecian y combaten el vínculo emocional, lo consideran un peligro. Para que el sistema capitalista funcione se requieren menores índices de cohesión, más impersonalidad, concebir a los demás como medios para extraerles determinados beneficios. Pero hay muchas demostraciones de que un equipo, un grupo, un país, cohesionado, integrado emocionalmente, logra niveles de productividad mucho mayores que aquellos en los que cada uno dedica tiempo y esfuerzo a cuidarse de los demás.  Como germen de la nueva sociedad se necesita generar y desarrollar una “tecnología afectiva” que propicie enlaces progresivos entre quienes buscan la justicia, para elevar su poder de con-vocar a muchos más. El verdadero poder no lo da un cargo público ni el dinero. El poder en esencia significa “poder hacer”. El poder efectivo de una persona o de un grupo debe medirse por su capacidad de convocatoria y de organizar los variados intereses y esfuerzos de los convocados.

Cuantos esfuerzos actuales se desgastan por falta de integración afectiva entre los seres humanos: hay que “vigilar y castigar” (Foucault, 1996), porque los otros constituyen amenazas latentes o chivos expiatorios. Cuántas horas de esfuerzos y vidas humanas, se gastan en hacer y usar armas, así como sistemas de vigilancia, de represión y reclusorios. Cuántos problemas de salud y cuántas muertes son causadas por el estrés en las ciudades; cuántas parejas rotas por la rutina y las presiones; cuántos niños y adolescentes crecen sin respaldo afectivo suficiente; cuántas venganzas, reproches e insultos; cuánta monotonía; cuántas muertes prematuras.

Toca a los artistas de todos los géneros y a los científicos de todas las áreas, especialmente a los psicólogos, producir los símbolos y técnicas necesarios para contribuir a la expansión y profundidad de los afectos (Gramsci, 1975). Despertar en muchos el poder para construir un sueño colectivo posible: la sociedad del afecto.» De la “sociedad del conocimiento” a la “sociedad del afecto” en la perspectiva de la Teoría de la praxis. Marco Eduardo Murueta (2010). Alainet.org

Esa democracia es puro espectáculo, es pura escenografía para hacernos creer que lo que no cambia de fondo se transforma mágicamente, porque parece lo que no es y nunca ha sido. Allí está la ejemplar, envidiable y exportable democracia norteamericana. Cercada por las armas, las “legítimas” de las policías, de los miles de elementos de su Guardia Nacional que impide el paso, aísla a un presidente de sus ciudadanos, muestra que les teme, que su enemigo principal es interno, que sus propias contradicciones afloran de maneras poco dignas, más descaradas. Los enemigos no están detrás de un inacabable e inútil muro fronterizo, ni escondido debajo de un turbante o de una piel no blanca, tampoco cubierto por un hiyab o un burka. Míster Biden no será diferente del aborrecible Trump, del hipócrita y mediático Obama o del extraviado Bush. Cambia la cara, pero es el mismo sistema político excluyente, el mismo sistema económico injusto y depredador.

Se burlan, hacen memes, quieren exhibir la ignorancia ajena mostrando la propia. Y es que, otra vez, el presidente de la república acierta al exponer el tema: en las redes sociales ¿quién define la verdad? El dueño de Facebook y Whatsapp —es el mismo— el de twitter o el de cualquier otro medio de comunicación masiva se apropian e imponen su verdad, sus falsas buenas maneras, el disfraz cínico de sus intereses comerciales escondidos detrás de supuestos algoritmos sin intención alguna, que miden la “libertad de expresión” con la censura de ciertos términos o temas, de imágenes que a ellos les resultan inoportunas, repulsivas, indecentes; mientras “moldean” la opinión pública y se apropian de contenidos y de la vida expuesta disque “voluntariamente” por sus numerosos usuarios. Y es que no hay una red social alternativa, fuera de intereses particulares y simplemente comerciales o complicadamente políticos. Hay intentos, pero no han madurado por la falta de difusión, como ejemplo está «facepopular.net». Hay que construir esos medios alternativos de comunicación, esas redes sociales que respeten los contenidos y no se los roben, que no les teman a los disensos y exhiban las “noticias falsas”, espacios virtuales de intercambio de experiencias, de desarrollo de habilidades sociales y artísticas, con reglas claras y sin intereses políticos y económicos ocultos. Hay que hacerlo.

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