NOS CUESTA TANTO

La infodemia insiste en la catástrofe como futuro inmediato. Insiste en culpar a los ciudadanos individuales de la crisis prolongada de un sistema político y económico insostenible. Toda nuestra civilización occidentalizada está en jaque, ese virus diminuto que aprovecha todas nuestras debilidades, desarrolladas a través de generaciones de malas prácticas nutricionales, de devastadoras prácticas económicas, de promover desigualdades y pobreza, le pegó a nuestras principales festividades religiosas, a nuestras creencias más arraigadas, cuestionándolas aunque no queramos enterarnos.

El día de acción de gracias de los anglosajones, el día de muertos de nosotros los latinos, su Halloween, nuestro 12 de diciembre, y vienen el 24 y el 31 de este año, y no hablamos de las celebraciones judías o musulmanas que también han sido acalladas, interrumpidas, acotadas. Los dioses permanecen callados e impotentes, nuestra Basílica y numerosos templos vacíos y tristes. Nuestro cristianismo católico requiere de las concentraciones multitudinarias, por eso los campanarios que convocan a reunirse, a diferencia de los minaretes musulmanes que convocan al rezo dondequiera que se esté en ese momento.

Apenas iniciadas las primeras acciones de confinamiento social ya había un virus anónimo —como todos— que advertía:

«La globalización, la competencia, el tráfico aéreo, los límites presupuestarios, las elecciones, el espectáculo de las competiciones deportivas, Disneyland, los gimnasios, la mayor parte de los comercios, el Parlamento, la reclusión escolar, las reuniones masivas, los empleos burocráticos, toda esa sociabilidad ebria que no es más que el reverso de la soledad angustiosa de las mónadas metropolitanas: Todo era innecesario una vez que se ha puesto de manifiesto el estado de necesidad. Agradecedme las dosis de verdad que probareis durante las semanas que vienen: empezareis por fin a habitar vuestra propia vida, sin las mil escapatorias que, bien que mal, os hacen soportar lo insoportable. Sin haberos dado cuenta, nunca os habíais mudado a vuestra propia existencia. Vivíais entre las cajas de cartón y no os dabais ni cuenta. Desde ahora tendréis que vivir con vuestros amigos más cercanos. Vais a vivir juntas. Vais a dejar de estar como de paso hacia la muerte. Aborreceréis quizás a vuestro marido. Vomitareis quizás sobre vuestros hijos. Quizás querréis hacer volar el decorado de vuestra vida cotidiana. A decir verdad, no estaréis ya más en el mundo, en las metrópolis de la separación. Vuestro mundo no era habitable en ninguno de sus puntos más que a condición de una huida eterna. Teníais que aturdiros con frecuentes desplazamientos y distracciones ya que el horror había ganado en presencia. Y lo fantasmático reinaba entre los seres. Todo se había optimizado tanto que nada tenía ya ningún sentido. ¡Estad agradecidos conmigo por todo esto y sed bienvenidos de nuevo sobre la tierra!» Monólogo del virus. Anónimo. Publicado en Lundi matin 21 de marzo, 2020.

¿Qué hemos aprendido? Al parecer muy poco. El exceso de información (contradictoria, mal interpretada) y de notas falsas parecieran indicar que sabemos muchos más que al principio, sin embargo, esa presunción es falsa. Lo que sí ha crecido es la resistencia para reconocer que, quizás, mucho de lo hecho ha sido inútil y hasta contraproducente. Nos cuesta tanto reconocer que nos equivocamos.

Que quizás las terapias extremas, la intubación y el coma inducido para soportarlo, no sea la mejor decisión dada la alta mortalidad observada —que se acredita a la irresponsabilidad individual por acudir tardíamente a los servicios de emergencia—, en lugar de cuestionar su pertinencia. Tampoco hay autocrítica respecto de la efectividad —si es que tienen alguna— de los toques de queda, de los horarios limitados que provocan las aglomeraciones que se pretenden evitar, de los cierres de espacios deportivos y parques produciendo un sedentarismo que va contra la salud, el no entender la necesidad que tenemos de relacionarnos cara a cara y de cómo convencernos de limitarnos temporalmente, en lugar de usar amenazas, represiones abiertas y abusivas, el inducir el odio social contra el otro aunque sea familiarmente próximo. Que posiblemente sea más confiable, barato y oportuno usar un medidor de oxigenación para detectar algún posible infectado, que intentar medir la temperatura corporal en distintas partes anatómicamente inadecuadas o en momentos inoportunos que dan datos inútiles.

Ahora el asunto se complica por el temor de algunos gobiernos por el término de la pandemia y el confinamiento, más preocupados por la reacción de una ciudadanía que, en muchas ocasiones, se siente agraviada por una autoridad represora, que dicta medidas estúpidas con el pretexto de “proteger la vida”.

Tampoco hemos medido cambios aparentemente insignificantes: «Llevamos meses de cuarentenas voluntarias u obligatorias y las videollamadas abundan en nuestras vidas, ya sea en el ámbito del trabajo, la familia, los amigos u otro que necesite de este formato de comunicación. De esta manera, nos hemos percatado de que se abre una puerta a la intimidad y nos cuidamos de no estar en pijama, de que nuestros convivientes no deambulen cerca, de que la casa no se vea desordenada, etc. Así, lo que era nuestro espacio íntimo se vuelca como un espacio público, donde entra todo tipo de personas, incluso quienes jamás pensamos que entrarían a nuestro hogar.» Videollamadas, la pérdida de la intimidad y la falsa libertad. Camila Rojas Sánchez (Temuco, Chile). covid-19. La comunicación en tiempos de pandemia Rodrigo Browne & Carlos del Valle, editores. Ediciones universidad de la frontera. Julio 2020.

Vienen los cambios provocados por las campañas masivas de vacunación, en el entendido de que aún así habrá afectados —aunque la esperanza es que sean menos y de menor gravedad—, lo que no debe tolerarse es que se utilice como pretexto para un nuevo tipo de discriminación o represión. Apostar por el consenso social, el convencimiento, no por la obligatoriedad disfrazada o no.

Y exigir que las propuestas electorales incluyan propuestas de cambios profundos en nuestra relación con la naturaleza de la que somos parte, con nosotros mismos; nada de que la “nueva normalidad” se restringa a embarrarse de gel antibacterial, esconderse aterrorizado detrás de un cubrebocas, lavarse las manos o esconderse para estornudar.

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