OTRO FÚTBOL, ¿ES POSIBLE?

Por suerte al mundo lo siguen habitando personas que no esconden su forma de pensar. Dicho sea de paso, nada muestra mejor nuestros pensamientos que nuestras acciones, y aunque publicar opiniones en redes sociales pareciera una acción, me atrevería a llamarle una acción incompleta. Evidentemente, aquello de la libertad de expresión tiene sus bemoles, ya que si bien es imprescindible para el buen devenir de la humanidad el que haya una contracorriente, hay que tener tacto y, como diría un gran poeta veracruzano, una gran sagacidad de la mente para la expresión y el discurso.

Pero dejémosle la ecuanimidad y la solvencia a los humanos. El día del clásico, Deniz Naki, como hubiera hecho cualquier otro superhéroe, no se guardó nada contra el archirrival, el club Hansa Rostock. Además de haber anotado el 2-0, al término del partido recogió una bandera con palo de plástico que le lanzaron y la plantó en el césped del estadio de Rostock, simbolizando la conquista del territorio enemigo. “A Deniz le gustan los escenarios hostiles. Es un guerrero”, dijo su compañero Fabian Boll.

Después de 3 años en el club, Deniz fue a jugar al fútbol turco y tuvo que nadar  contracorriente. Y era obvio, tras haberse manifestado públicamente en contra del gobierno de Erdogan, su estadía en Turquía no iba a ser nada sencilla. Siempre recuerda su paso por el Sankt Pauli con nostalgia. Un club posicionado contra el racismo, con sentimiento de comunidad y marcadamente de izquierdas “Defender esta camiseta es defender unos valores” dijo cuando todavía era jugador del club.

Casos como el de Deniz son los que se han encargado de escribir la historia del Sankt Pauli, club alemán también conocido como Los Boys in Brown. Como cuentan Carles Viñas y Natxo Parra en el libro St. Pauli. Otro fútbol es posible, «se convirtió en el primer equipo alemán en prohibir oficialmente los cánticos racistas y las banderas neonazis en su estadio». Excepto fascistas y racistas, todo el mundo es bienvenido en las gradas de Millerntor.

Durante la segunda guerra mundial, a pesar de que Hamburgo fue una de las cinco ciudades del Führer, el St. Pauli no incluyó la cláusula aria en sus estatutos hasta 1940. Los bombardeos británicos dañaron el estadio y destruyeron los archivos que contenían el pasado del club, pero el St. Pauli continuó mirando al futuro para reconstruir su historia. Sus hinchas bailaban los ritmos prohibidos del swing y el rock.

Si bien el club nunca ha apostado a llenar sus vitrinas de trofeos, esta semana la zona portuaria de Hamburgo donde residen familias obreras, músicos, poetas y refugiados se encuentra con la novedad de que su equipo lidera la segunda división alemana y además, se metió entre los 16 equipos que disputarán el título de la Pokal (copa alemana) desafiando así lo que Carles Viñas y Natxo Parra describieron como «La lucha entre los que creen en la profesionalización para alcanzar el ascenso a la Bundesliga sin perder el carácter rebelde, y aquellos que perciben esta inversión como un paso más hacia la mayor comercialización de la entidad y, en consecuencia, hacia la pérdida de valores».

Es muy temprano todavía en la temporada, sin embargo, desde acá deseamos que el club de los piratas de Hamburgo nunca pierda sus valores para que jugadores como el australiano Josh Carvallo, primer jugador en la historia en declararse públicamente homosexual, o el turco alemán Deniz Naki, sigan encontrando en la ciudad de Hamburgo un refugio de amistad.

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