VOLVIÓ EL LOBO

El día en que Raul cayó fulminado al suelo más de una pensó que era el fin. Tras el impacto del cráneo de Jiménez con el de David Luiz en noviembre pasado, el barullo de voces de los futbolistas y entrenadores en el Emirates Stadium fue de pronto sustituido por un silencio ensordecedor, como si los presentes no pudieran (o no quisieran) creer lo que estaban viendo. Había una genuina preocupación por la salud de los dos jugadores pero sobre todo, por la del delantero y máximo ídolo del club de la ciudad de Wolverhampton.

Después de anotar varios goles y salir campeón con el América, Raúl comenzó su aventura europea en el Atlético de Madrid, pasando también por el Benfica para finalmente desembarcar en lo que pareciera su lugar en el mundo, el Molineux. Aunque a muchos les gustaría ver al ariete mexicano en un equipo  de mayor envergadura (lo cual es bastante sensato, ¿a quién no le gustaría verlo con la camiseta de la Juventus?) A Jiménez parece sentarle muy bien el personaje de ídolo, genio y figura del Wolverhampton Wanderers FC. Por eso nos dolió tanto su lesión, porque se dio en su mejor momento, porque tenemos poquísimos futbolistas que la rompen de verdad en las principales ligas de Europa y ese golpe, esa dura lesión, representaba la posibilidad de quedarnos sin nuestro mejor delantero para las eliminatorias y, con suerte, para el mundial de Catar.

Seguramente numerosas abuelas, curas y religiosas hayan dedicado decenas de rosarios por la salud del 9 y por eso no me extraña que, finalmente, por obra y gracia de Dios, de la suerte, o de lo que sea en lo que usted, amable lectora crea, Jiménez volvió a las canchas. Al inicio le costó el regreso, como quien después de mucho tiempo sin andar en bicicleta vuelve a montar una, sin embargo, ya suma 2 asistencias y un gol en sus últimos dos partidos.

Ahora bien, en un genuino acto de honestidad entre usted, lector, y yo, el autor, debo admitir que lo que a mí más me llama la atención de Raúl Jiménez no son sus goles sino sus movimientos con la pelota en la cancha. Hasta ayer no hubiera sabido cómo explicarlo, pero gracias a Moncayo, creo poder poner lo que pienso en palabras. En el concierto de música mexicana de la banda sinfónica de Montevideo del día de ayer, tuve una revelación.  Mientras los oboes (cuyo papel además era fundamental ya que al no haber violines en una banda sinfónica ellos debían tocar la parte escrita originalmente para esa sección de cuerdas) esperaban su turno para tocar su parte del huapango de Moncayo, más de uno movía su cuerpo al son de la combinación entre los ritmos ternarios y secundarios, y lo mismo pasaba con las violonchelistas que, aún tocando, se movían al ritmo de la música y se les veía en el rostro la alegría con la que estaban interpretando esa partitura. Lo mismo sucedió cuando tocaron el danzón número 2 y la conga del fuego nuevo de Arturo Márquez. Cuando salí del concierto, lo primero que me vino a la mente fueron los sutiles y rápidos quiebres de cintura en ángulos perfectos que hizo Jiménez en el juego ante el Newcastle para darle una de las 2 asistencias a su compañero coreano Hwang Hee-chan. Raúl, aunque no lo sepa, tiene dentro suyo el huapango, el son, el danzón y el mariachi, y es imposible que toda esa música que trae dentro deje de sonar. Por suerte para los que amamos el fútbol, él eligió bailarla en los campos de Inglaterra esquivando barridas y golpes y anotando goles.

Por eso hoy, después de 11 largos meses, festejamos que el lobo, el 9, el striker del Wolverhampton, el  futbolista más mexicano de todos, esté de regreso en la selección.

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