Hay cosas que en el fútbol pueden aceptarse como parte del juego; lo que ya no debería ser normal es que, jornada tras jornada, el aficionado tenga que adaptarse a los cambios de parte de ‘los de pantalón largo’, como si su tiempo, su dinero y su organización valieran menos que un ajuste de televisión o una mala negociación de horarios.
Al Querétaro le han cambiado la fecha, el día y la hora en múltiples ocasiones este torneo. Y no se trata de un caso aislado, sino de una costumbre que termina por desgastar a quien más sostiene al club: el abonado, el aficionado que compra su boleto con anticipación, acomoda su semana para ir al estadio y, al final, recibe una nueva notificación que le descompone todo.
Cuando se publica un calendario, el seguidor organiza su vida alrededor de él. Planea transporte, gastos, trabajo y escuela. Sin embargo, en el caso de Gallos, esa planeación parece quedar en segundo plano. Primero se anuncia un horario, luego se modifica; se confirma un día, después se recorre. Así pasó en partidos como contra Tigres, Toluca, Juárez y América, todos con ajustes que terminan afectando no solo al equipo, sino a toda la afición. Y en algunas ocasiones, también a Gallos Femenil, que merece la misma seriedad, consideración y estabilidad para competir y convocar gente a las gradas.
La directiva no puede estar solo detrás del argumento fácil de la televisión y la logística. Claro que el fútbol moderno está atado a derechos de transmisión, arreglos comerciales y condiciones de operación. Pero una cosa es entender la realidad del negocio y otra muy distinta es aceptar que el aficionado sea el último en la fila. Si el club no es capaz de negociar un horario digno y estable para su gente, entonces está fallando en una de sus tareas más básicas: representar a su afición.
Porque un equipo no solo se administra para la pantalla. Un club también se debe a la tribuna, al que paga un abono, al que hace fila, al que viaja, al que lleva a su familia, al que organiza su domingo, su sábado o su martes para estar en la cancha. Cada cambio de horario no solo mueve un partido; mueve a personas reales. Hay quien pierde dinero, quien cancela planes, quien ya no puede asistir y quien termina cansándose de una dinámica en la que siempre le toca ceder al mismo.
Eso es lo más preocupante: el aficionado comienza a sentirse secundario dentro de su propio club.Porque el seguidor puede aguantar derrotas, malas rachas e incluso temporadas enteras de sufrimiento. Pero lo que no tolera fácilmente es sentirse ignorado.