EL CARTEL DE LA SANTA MARÍA

En esta ocasión hay que reconocer el esfuerzo que hicieron los empresarios por confeccionar un cartel con toda la barba, como en los años noventa, ya era hora de que se preocuparan por la afición queretana, que estaba solicitando un cartel de este tamaño. Aunque recordemos que los toros no tienen palabra de honor, y para el respetable público estuvo bien presentado el ganado, excepto uno solo, que fue protestado, con lo que no estuve de acuerdo, ya que considero que aunque el toro estuvo un poco chico de caja, se veía fuerte, con peso reglamentario, no gordo, con presencia para dar buen juego, ya que lo mostró en los primeros tanteos con el capote, humillaba bien con un poco de dificultad, pero el torero tenía que demostrar que sí había toro para faena.

Enrique Ponce bordó una faena como tantas  hizo en la México, con ese arte que derrocha por todos lados, el temple de esa muleta lenta con arte combinada con ritmo y clase, nos llenó de metástasis torera, rematando los naturales con una rodilla flexionada y la otra pierna despatarrada, para tomarle la distancia al toro, ya que le iba rosando la panza de la muleta con el hocico, porque si no lo hace de esta manera, se destapa y el burel hace por él, además, así flexionado nos dio una cátedra de que en esa posición se puede hacer la desatina y no nada más parado, dándole la espalda al toro. 

Las trincheras fueron un poema y el remate con el desdén derrochó miel. El toro no merecía el indulto, ¿por qu, que loe sobra. nos quedoa. Queé? No fue con fiereza al caballo, no demostró fuerza, por lo que no levantó los cuartos traseros y demostró falta de bravura, además fue demasiado noble en el desarrollo de la faena de muleta, nunca hubo peligro y tampoco le hizo algún extraño a Ponce, como indicándole genio o sentido para buscarlo.

Dos orejas fueron bien dadas, además pinchó, y esta suerte viene siendo el punto fino de un torero, por eso son matadores de toros.

Octavio García “El Payo” no tuvo suerte con su primero, a pesar de esto nos mostró que sigue conservando su línea de buen toreo, clásico, serio y con ganas de ocupar un buen sitio en la baraja taurina. El segundo que le correspondió, el sexto de la tarde, fue el mejor del encierro, un toro con toda la barba, sorprendió la manera en que fue al caballo, se arrancó desde los medios, veloz y con toda su fiereza, para embestir al jamelgo, el cual sufrió un tumbo, pero el toro rodeo al caballo tirado para embestirlo del otro lado y levantarlo poniéndolo en pie. El Payo lo empezó a tantear con derechazos y el toro pasaba humillando con fuerza, esto pintaba para una comunión entre toro y torero. 

Empezó a torearlo por derechazos, le dio tres tandas de órdago y vino el error, Octavio pisó la muleta y se fue a la arena, el toro quiso hacer por él y rápido se recuperó, salió apenas del paso dando un muletazo de rodillas, pero no terminó su recorrido el toro, cuando se revolvió y prendió al Payo y lo echó por los aires, dándole un cate durísimo con el testuz, pero por fortuna no lo empitonó, aun así, salió a matarlo, y el ignorante juez le otorga una oreja, la cual fue medio protestada, pero el Payo honestamente la regaló porque él sabía que no se la merecía, esto habla bien de él como un torero honesto, reconociendo que no hubo faena. Qué lástima, pero este toro era para consagrarse.

Morante de la Puebla no tuvo suerte en sus dos bureles y nos quedó a deber su arte, que lo tiene de sobra.

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