Enorme Ponce en su regreso a los ruedos

El maestro no solo volvió como pretendía donde lo había dejado, sino que sumó en el deslumbrante escenario de El Puerto de Santa María todas sus virtudes en grado superlativo. Maestría -fue más doctor que nunca- elegancia, el poderío de los consagrados y la ambición de los necesitados. Como si estuviese empezando. Ni el menor recuerdo del percance. A su primero le impuso la derecha y a su segundo, Fantasía de nombre, le hizo el toreo como no parecía que fuese a ser posible. Con la izquierda ligó el natural con ese cite previo en el que todo queda al albur de la magia de su muñeca y acaba dándole una profundidad deslumbrante, y con la derecha, mandona y poderosa, creativa, ligada, cada salida de la cara del toro era un clamor con la plaza puesta en pie a los compases del Concierto de Aranjuez y entre gritos de ¡torero, torero! El indulto final fue mucho más mérito del maestro valenciano que del juampedro, al que hay que reconocerle que acabase entregado a la magia de Ponce.

La tarde había comenzado cargada de emociones. Plaza llena, predisposición absoluta, cuando el maestro apareció en la puerta de cuadrillas vistiendo -¡fuera fantasmas!- el mismo vestido homenaje al Valencia CF con el que cayó lesionado en Valencia la plaza le acogió con una clamorosa ovación. Andalucía rendida al de Chiva. Todo seguido, los compases del Himno Nacional sonaron antes de que las cuadrillas rompiesen la formación. Las palmas por bulerías obligaron al maestro a salir al tercio, compartiendo la ovación con sus compañeros Morante y Manzanares. Todo seguido fue apareciendo una corrida de Juan Pedro Domecq de correcta presentación, juego dispar, interesante, que obligó a ejercer de lidiadores a los espadas.

La actuación de Enrique se inició con un magnífico toreo de capa, especialmente en el quite por delantales. Lucimiento capotero que prolongó en los lances de salida a pies juntos a su segundo. A ese primer toro, rebrincado y asperote, le impuso dominio sobre la diestra y la faena fue creciendo a los compases de 'La misión'. Solamente la mala colocación de la espada le dejó sin trofeos, pero no le privó de una fuerte ovación. Su segunda faena fue la culminación de la tarde. Creatividad y poder fueron haciendo al toro, que acabó rendido al magisterio de Ponce. La sublimación de los remates de serie llegaba cuando lograba ligar el derechazo previo cambio de mano con el natural y el de pecho. Las poncinas finales, la trinchera, el molinete… y hasta aquella serpentina muletera que en el infausto 18 de marzo le convirtió la rodilla en una catástrofe. Unanimidad en la petición del indulto, extraña y cicatera concesión de dos orejas -no se sabe muy bien por qué no le concedieron el rabo-, una vuelta al ruedo de nuevo al compás de las palmas por bulerías y un saludo de Enrique desmadejado, sentido, que aún acrecentó mucho más la ovación.

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