TOROS PARA MANOLETE EN LA MÉXICO

Continúo con el relato de los toros que envió don Antonio Llagando a la inauguración de la Plaza México, el 5 de febrero de 1946. El ganado de San Mateo fue excepcional esa tarde, cumpliendo en redondo con todo lo estipulado para un evento tan importante, como era inaugurar la plaza más grande del mundo.

Toda expectativa se concentró en el siguiente toro, Cachorro, que correspondía a Manolete. La afición quería verlo responder en tan comprometido momento, y el diestro andaluz salió a hacer lo que mejor se le daba: quedarse quieto. Se plantó en el tercio, y sin mover más que los brazos para darle fuelle a su capa, intentó una ajustada verónica. Tan ajustada, que el toro de don Julián lo prendió del muslo izquierdo y le infirió una seria cornada. (Recuerdo que en el artículo anterior me quedé en el relato de la sexta corrida de la temporada de El Toreo, con la confirmación de la alternativa de Manolete en México). La expectación en el tendido se convirtió en asombro y tristeza, puesto que la cornada había cegado la importancia de la corrida. El toro pasó a manos del matador en turno, Eduardo Solórzano, que había estado discreto toda la tarde y en ese inesperado turno no desaprovechó la oportunidad para seguir igual.

La temporada de El Toreo continuó sin nada extraordinario, y dos días después de la corrida número 16, el martes 5 de febrero, abría por primera vez sus puertas la Plaza México, detonando así una feroz competencia entre las dos plazas. El domingo siguiente, 10 de febrero de 1946, se jugó un encierro de La Punta para los toreros Fermín Espinoza “Armillita Chico”, Manuel Rodríguez  “Manolete” y el Vizcaíno. Ya para esa fecha había partidarios y contras de Manolete, los que querían verlo triunfar y los que montados en ese arrebato patriotero, querían que fracasara, en la esperanza de que eso diera ventaja a los coletas mexicanos. Triste actitud basada en el mal desempeño ajeno, en lugar de buscar el triunfo propio frente a lo mejor del mundo. Esa tarde fue mucho más ruidosa la participación del público, que los resultados de los profesionales. Una sola oreja en el primero de la tarde para Armillita.

La Plaza México no se quería quedar atrás, así que el sábado 16 montó el mano a mano entre Silverio y Manolete con toros de Torrecilla de don Julián Llaguno. Gran bronca al juez de plaza por negar al Monstruo de Córdoba el rabo del toro Espinoso, el cuarto de la tarde, y sí otorgarlo a Silverio en el siguiente toro, de nombre Barba Azul.

Manolete se cambió de terno al día siguiente para hacer el paseíllo en la plaza El Toreo, junto con su amigo y coterráneo Pepe Luis Vázquez y el tercer espada mexicano “El Berrendito de San Juan” Luis Procuna, para lidiar un encierro de Cuaxamalucan, propiedad de don Felipe González.

La tarde fue memorable, con el triunfo de los tres coletas al cortar, cada uno, la oreja y el rabo de uno de sus toros. Manolete al toro Platino, el cuarto de la tarde; Pepe Luis Vázquez al toro Cazador, el segundo de la tarde; y Procuna a Cilindrero, al tercero.

Al final del festejo, don Felipe González, orgulloso y feliz, recorrió el anillo en compañía de los tres toreros. La fiesta taurina en la capital de la República hervía de entusiasmo y pasión, se hablaba de toros por doquier en los medios de difusión, en los cafés y tertulias a los que concurrían los aficionados, y por supuesto en los mentideros de profesionales del medio; un punto de reunión importante de toreros y ganaderos era el café Tupinamba, que se ubicaba en la calle de Bolívar casi esquina con 16 de Septiembre, en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

En ocho días, del 10 al 17 de febrero se habían celebrado cuatro corridas en las dos plazas, con gran ambiente y mucha polémica, los tendidos llenos, corrida tras corrida. No hubo festejo hasta el domingo 24 en El Toreo, con respuesta inmediata de la México, el marte 26, nuevamente programando a Manolete con Procuna y la confirmación de alternativa del madrileño Rafael Perea “El Boni”. Al día siguiente otra corrida en El Toreo, con el queretano Paco Gorraes “El Cachorro”, Silverio y Manolete con seis toros de Xajay.

Había tanta necesidad de ver a Manolete, que la Plaza México lo volvió a anunciar el sábado 2 de marzo, con ocho toros de San Mateo, alternando con Luis Castro “El Soldado”, Silverio Pérez “El Compadre” y el español Pepe Luis Vázquez. Pero la autoridad capitalina no aguantó el ritmo de la fiesta y sucumbió, suspendiendo el festejo por considerar que eran demasiadas corridas de toros en tan pocos días.

Ante esta triste realidad, El Toreo, al día siguiente, montó el cartel de despedida de Manolete que se marchaba a Lima, Perú, rivalizando con Ricardo Torres “Bombita” y Silverio Pérez, con un encierro mexicano de Matancillas, propiedad de don Pepe Madrazo. El diestro cordobés cortó la oreja del tercero, y Ricardo Torres, haciendo alarde de técnica y facultades con capote, banderillas y muleta, recibió la oreja del quinto.

Se lidió un encierro de San Mateo el sábado 9 de marzo en lo que fue la cuarta y última corrida de la muy breve temporada inicial en la Plaza México, con una atractiva tercia de ases con Joaquín Rodríguez Cagancho, El Soldado y Silverio. Todos los toros lidiados en la etapa inicial de la Plaza México fueron de los hermanos Llaguno, en lo que, sin la gravedad de la ruptura con los españoles en 1940, representaba de facto un episodio más de la confrontación ganadera entre Zacatecas y Tlaxcala, o sea, de los Llaguno con los González. El Toreo continuó su temporada hasta llegar a la corrida número 27, el 19 de mayo de 1946. Éste fue su último festejo en la colonia Condesa. Fenecía la época más brillante de la historia del toreo en México, con su escenario mayor, presente desde el 22 de septiembre de 1907.

El cartel inaugural fue modesto, con los matadores Andrés Blando, Edmundo  Zepeda y la confirmación de la alternativa del colombiano Manuel López, con un encierro de San Diego de los Padres. Como acto simbólico, el maestro Samuel Solís, que había participado en la función inaugural como novillero, vestido de corto, mató a un novillo del mismo hierro, que llevó el nombre de Adiós.

Al día siguiente comenzó la demolición del coso, para que su estructura fuera trasladada a su nuevo domicilio en Cuatro Caminos, Estado de México, no se había visto en México, y no se ha vuelto a ver, intensidad taurina como la que vivió la afición del 5 de febrero al 19 de mayo de 1946.

Visto 1864 veces