ESTADIOS

A lo largo de mi afición por el más bello de los deportes he tenido la oportunidad de conocer un buen número de estadios en todos los rincones de nuestro país y algunos en el extranjero.

Cada ciudad tiene su historia futbolera, su templo sagrado donde se apoya al equipo de casa, cada estadio está vivo y cuenta anécdotas, grandes tardes de pasión, fenomenales broncas, eventos excelsos y en el caso nacional el relato de una arraigada gastronomía que incluye todo tipo de platillos a degustar dentro de los estadios o en sus calles aledañas, como sucede en Toluca con los exquisitos huaraches de chorizo verde, las carnitas en el Morelos de Morelia, los pastes cerca del Miguel Hidalgo en Pachuca y las tortas ahogadas afuera del Jalisco.

Hay de todo, desde los modestos escenarios como los de Salamanca y Colima, los incómodos como el Azul, los futboleros como el Nou Camp y el de Irapuato, el semi-nuevo de Tijuana, los arraigados como el Jalisco y el renovado Cuauhtémoc, los clásicos como el de Tigres, los modernos, limpios y cómodos de Torreón y Pachuca, la gran experiencia de visitar el Azteca a pesar de sus palcos con plantas, sus malos olores en los túneles, su pésima visibilidad en algunas zonas y el problema de su pasto híbrido que costó el año pasado la suspensión de un juego de NFL.

Otros escenarios como el bello estadio de CU, el cómodo 3 de Marzo de Zapopan, el bonito Victoria de Aguascalientes con sus fuentes danzarinas, la batucada y el calor en el Pirata Fuente veracruzano; el excelso Omnilife que no le pide nada a ningún estadio del mundo y la casa de los Rayados, estupenda obra arquitectónica que sigue batallando con el estado de su cancha.

Fuera de México he tenido la oportunidad de presenciar un juego de basquetbol en el Domo de Toronto, conocí el Olímpico de Montreal, el Nacional de Santiago en Chile y el Gasómetro de San Lorenzo en Buenos Aires, entre otros.

Sin embargo hay un par de canchas que me han marcado: la primera no significa nada agradable a la vista desde fuera, enclavado en un barrio bravo y con aspecto deteriorado a pesar de las múltiples manos de pintura, en su interior la grada late aún estando vacía, la cancha transpira y en el ambiente se siente la pasión y se escuchan los ecos de admiración al más grande que jugó en ella: “Maradoooooo, Maradoooooo” retumba en la Bombonera de Boca, en el barrio bonaerense del mismo nombre a unas cuadras de Caminito y en donde cuentan que por ahí hace muchos años se bailaba al tango entre comerciantes y prostitutas para después ser adoptado en las fiestas de la alta sociedad.

La cancha del Diego de la gente es una reunión de almas que empujan a los suyos, inquietan al rival y presionan al silbante. No es el más cómodo, no se llega fácilmente, no hay mucho lugar para estacionar pero ahí como en ningún otro lugar he olfateado el futbol aderezado con los asados, la música y las mujeres bellas.

El otro gran estadio es mi segunda casa, el Corregidora, que ya pasa las tres décadas y es alabado por propios y extraños, bien recordado por españoles, daneses y alemanes, por el gran Butragueño y su tarde mágica en México 86, y en el 88 con Rod Stewart, el escocés que abrió aquí el telón de los grandes conciertos.

Cientos de queretanos como yo lo vimos nacer y consolidarse con dos Copas del Mundo a cuestas en algo que pocos escenarios del planeta pueden presumir. A la casa de los Gallos le hace falta una buena remodelación en su exterior, sus zonas de estacionamientos, pintura, accesos, señalética y en su interior mejores baños principalmente y el vestidor de los visitantes.

Así son los estadios, con sus personajes, sus veladores y vendedores, algunos con butacas, otros con tribunas de madera y sin alumbrado y por otro lado el lujo de palcos con aire acondicionado, restaurantes y hoteles como parte integral de sus instalaciones en un entorno ecológico.

Acá en casa recuerdo las tardes de domingo en el viejo Estadio Municipal, las tortas que viajaban de mano en mano por su grada, los reclamos cercanos al árbitro, los improvisados palcos y la porra brava de sol que al concluir el partido caminaba al mercado Escobedo para comer y comentar del juego, ese vetusto escenario que hoy tendrá un nuevo espacio para el deporte con un nuevo estadio que incluirá pista olímpica y un cómodo estacionamiento subterráneo.

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