ROD STEWART, 30 años después

En abril de 1989 yo tenía 15 años y cursaba primero de prepa; Querétaro era un ciudad muy tranquila, que años atrás había vivido el Mundial de futbol con cuatro partidos que se siguen recordando, particularmente la tarde mágica de la España de Butragueño, que dejó tendidos a los daneses 5-1 en una sucursal de cualquier cancha ibérica.

No pasábamos de 300mil habitantes, a pesar de la llegada de mucha gente que dejó Ciudad de México por los terremotos de 1985. La noticia y la preparación para un concierto de grandes dimensiones que abría la puerta a una nueva era de eventos masivos musicales en nuestro país generaba expectación en todos los sentidos.

Rod Stewart el rockero escocés aterrizaría en Querétaro en su tour mundial que no pasaría por la capital del país. Movido por la invitación de mi primo Miguel, avecindado en Ciudad Satélite de la lejana Naucalpan, obtuve el permiso para manifestarme en la fecha pactada. Mi pariente aterrizó en casa un día antes del evento, acompañado de última hora por tres personajes que recibieron la debida hospitalidad queretana.

Aquellos peculiares jóvenes venidos de la gran ciudad tenían 19 años pero para un servidor parecían verdaderos trotamundos del ambiente artístico. Era el auge del rock en español, de WFM y de la apertura a las expresiones musicales de una nueva generación que igual escuchaba a Timbiriche que a los revolucionados Hombres G y sus polvos Pica-Pica.

Querétaro tenía en esa época una de las mejores discotecas, hoy llamadas antros del país: el QIU, con su fama bien ganada a nivel nacional era visita obligada en la relativa vida nocturna queretana. El concierto se programó para un domingo por la noche, la tranquilidad provinciana fue tomada por asalto por caravanas de jóvenes y otros mayores que venían de todas partes del país.

Pantalones de cuero, mezclilla, paliacates, botas, tatuajes, lentes de sol, chamarras y otros aditamentos eran el código de vestimenta del ritual. La legión foránea comandada por mi primo decidió que era necesario ir a dormir al estadio para esperar el domingo aún contando con los boletos.

Ninguno de mis compañeros de la prepa asistiría a ese ‘ritual de drogas y descontrol’, como lo calificaban algunos padres de familia; sin embargo en mi caso el permiso estaba otorgado aunque no para acampar afuera del Corregidora. El domingo 9 de abril a las 11 de la mañana ya estábamos listos para ingresar; sobra decir que las puertas se abrieron hasta las 5 de la tarde, a las 6 se roció el gas lacrimógeno, a las 9 el grupo Neón abrió el telón y por ahí de las 11 de la noche cuando el sol, el gas, los aromas, la sed y el hambre habían sido superados apareció el gran Rod con un pantalón negro, camisa blanca y un saco amarillo que hacía juego con su alborotada cabellera.

Ahí, 12 horas después comprendí la magnitud de aquella reunión en esa noche que se quedó verdaderamente grabada en la mente de quienes estuvimos y hoy lo relatamos, así nada mas con la memoria, sin celulares ni redes sociales. En esos años ibas a un concierto a disfrutarlo, a vivirlo sin distracciones, para grabarlo solamente en la memoria y el corazón.

No tengo ni una foto, pero sí mi boleto, que costó 25mil pesos y un maltratado póster que guardo como verdadero tesoro. Esa noche de abril canté “Forever Young”, “Lost in you”, “Maggie May” “Have I told you lately”, “Hot Leggs”, “Da yaThink Im Sexy” y otras más, que siguen estando en mi lista de todos los días. Stewart pateó balones hacia el público, cantó para miles, cantó para la historia y abrió la puerta al regreso de los masivos en nuestro país, incluyendo un segundo concierto al día siguiente, que resultó mucho más tranquilo en todos los sentidos.

Se cumplen 30 años de esa noche mágica, en otro momento que está grabado en letras de oro en la historia del Estadio Corregidora y también de nuestra ciudad que ha crecido, que es distinta no sé si para bien o para mal, pero que siempre resulta carismática y seductora para quienes vienen y la conocen aunque sea por solo un par de noches, como le sucedió a Rod Stewart.

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