EL ESTADIO AZTECA

Conocí el Estadio Azteca en 1984, mi papá nos llevó a un América contra Universidad de Guadalajara un medio día de domingo. La primera impresión al salir del túnel y apreciar la inmensidad del estadio se quedó en mi para siempre; ese primer contacto con el coloso de Tlalpan no lo olvidaré, para un niño provinciano que solo conocía el Estadio Municipal aquello era un gigante de miles de cabezas, colores, sensaciones y mucho futbol en el aire.

No recuerdo el resultado final pero si la voz de don Melquiades Orozco (qepd) anunciando los golazos de las paletas Tutsi-Pop, las hamburguesas Burguer Boy y la alerta de un niño perdido a quien sus padres lo esperaban en el túnel número 30… he regresado varias ocasiones, he disfrutado de clásicos América-Chivas, un México-Alemania en diciembre de 1993 que terminó con empate a 0 y 5 horas de regreso a Querétaro, la gran final entre Necaxa y Celaya, que con un mezquino empate sin goles le dio el campeonato a los capitalinos, dejando el alma en un hilo a todos los reunidos con un cabezazo mal conectado de Butragueño ya para terminar el encuentro.

También he llorado en el Azteca en aquella noche de lluvia de 1987 que todos conocemos, cuando en penales los Correcaminos dejaron en el camino por ascender a los Gallos Blancos entonces de la UAQ, aún lastimados por el accidente de unas semanas antes que todos conocemos. Buenos momentos como un América-Pumas, con toda la pasión en las tribunas, las visitas del Querétaro ahí junto a la Resistencia en la parte alta, un inolvidable concierto de U2 e incluso un evento Teletón.

Un recuerdo muy grato fue la experiencia NFL con el juego entre los Raiders y los Texanos en 2016. Ese día conocí a nuevos amigos y tuve la fortuna de estar en un palco con todas las comodidades, disfrutando de un gran espectáculo y compartiendo la tristeza de Julián Álvarez, mi compañero de lugar, que aparentemente había olvidado la letra del Himno Nacional en la ceremonia de inicio.

El Azteca es la casa del futbol mexicano, un espacio de toda la afición, de todos los que narramos historias fantásticas en sus tribunas, como me sucedió en un México-Honduras, cuando pude bajar a la cancha antes del arranque del juego previo al Mundial de 2002 y en donde también en gran compañía nos tocó el segundo “aztecazo” en 2013, también frente a los catrachos.

Con profunda pena la más reciente ocasión que lo visité me dio una triste impresión: el gigante se convirtió en una mole gris llena de publicidad por fuera, que huele mal, al que le destruyeron su armonía arquitectónica con unos lamentables palcos con jardineras rompiendo la estructura, disminuyendo el aforo y decorándolo con parches y enmendaduras.

Arriba en la zona más barata los alambrados y postes del internet son enemigos de la visión hacia la cancha, el estacionamiento es un dolor de cabeza para salir y ahora, para agrandar sus males, el Azteca se ha quedado sin voz con la partida de don Melquiades. De cara a una nueva fiesta, sus administradores le faltaron al respeto al intentar colocarle en la cancha una mezcla de pasto híbrido con natural, resultando finalmente en una terrible alfombra roída que en nada corresponde a una grama que ha tenido dos finales de Copa del Mundo.

La decisión de la NFL de llevarse el juego entre Carneros y Jefes ha sido la consecuencia del olvido y desdén de sus dueños, que incluso anuncian al estadio para eventos privados como cuando habilitaron mini canchas frente a la zona de bancas para que los que pudieran pagarlo vieran a sus hijos pelotear o romper piñatas en el otrora “Coloso de Santa Úrsula”.

La FIFA tiene considerado al Estadio Azteca como sede para la apertura de la Copa del Mundo 2026, pero seguramente mucho tendrá que ocurrir con el inmueble para que sea ratificado. El más importante escenario en cuanto a historia de CONCACAF y quizá de Latinoamérica está viviendo horas bajas, muy lejano a su prosapia y abolengo.

El que alguna ocasión llegó a recibir cerca de 100 mil espectadores hoy ha destinado sus mejores lugares a macetas y plantas quizá para intentar darle vida a algo que está muriendo rápidamente.

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