DOMINGO DE CAMPEONATO

Amables lectores, tuve la gran oportunidad de vivir la final del campeonato mexicano en el Estadio Chivas. El turismo futbolero es divertido, alimenta el alma, destraba lo cotidiano y puede resultar en un motivo de aprendizaje. A fin de cuentas bien dicen que los viajes ilustran.

Guadalajara sigue creciendo pero no ha perdido ese toque provincial con su buena gastronomía, sus mujeres bellas y el ambiente familiar de sus calles y avenidas. Ese domingo todo era en tonos rojo, blanco y azul, con algunas valientes excepciones en amarillo y azul. Los regios se hacen notar con su color, el tono alto de su voz, se juntan en grupo, son bulliciosos y la mayoría amables, dispuestos a platicar de futbol.

El estadio del Rebaño es un placer, un deleite visual; si bien con aglomeraciones para encontrar estacionamiento y para acceder al inmueble, es quizá el mejor de México, por encima del nuevo pero caluroso escenario de los Rayados. Ver una final desde la óptica neutral se disfruta mucho, no hay nerviosismo ni expectación, se paladea cada momento, se comenta con el de junto, se toman fotos, se usan otros colores, no hay compromiso alguno y esa libertad te permite ser un espectador agradecido pero minucioso en los detalles dentro y fuera de la cancha.

Las y los tapatíos esperaron, recibieron y celebraron todo lo que su equipo les ofreció. Presionaron al rival y al final obtuvieron su recompensa con la Copa, la vuelta olímpica, los miles de papelitos, la fiesta y por supuesto el mariachi, seguidos de una expedición a La Minerva, punto de congregación para el éxtasis de la afición de Chivas.

20 años pasaron para que Guadalajara celebrara el título de uno de sus equipos en casa, desde aquella goleada al Toros Neza en 1997 nada que celebrar, si bien los Leones Negros regresaron a Primera, el otro inquilino (el Atlas) no gana desde 1951.

Las Chivas de Almeyda son campeones, con merecimientos, con solo jugadores nacionales, con triunfos también en la Copa y la Sub 20 y con el gran compromiso de no ser flor de un día, sino generar época triunfadora, como acostumbraba este que es uno de los más queridos si no el que más en todo el país.

Al término del juego alegría pero también respeto y reconocimiento a los aficionados visitantes. Nadie molestó ni se burló, nadie se pasó de vivo y nadie rompió la armonía y el equilibrio de la noche. El viaje fue una bocanada de aire fresco, ahí volví a ver la alegría de una afición que celebra el título de su equipo y todo lo que ello significa.

Regresé a casa satisfecho, además con el regalo en la maleta de la camiseta con la leyenda del campeón para la colección personal, que sigue creciendo. Al volver me recibió la refrescante lluvia y la ilusión por el nuevo torneo, esa que todo aficionado debe tener por ver a su equipo coronarse. Sé que ese momento no está lejos; está más cerca que ayer, y cuando llegue esa noche estoy cierto que nos marcará de por vida, enfundados en la camiseta azul y negro.

Visto 465 veces