EL AVIÓN

Ni modo. Los signos significan y los símbolos sirven para ser interpretados y darle sentido a lo que parece no tenerlo. Nuestro pensamiento se monta en el lenguaje, pero las letras, sus sonidos, las palabras, solo evocan las imágenes que están escondidas en ellas. Si decimos o escribimos “avión” cada uno se imaginará lo que le signifique más en ese momento. Para alguien será el avioncito de papel aprendido en la convivencia con los parientes más cercanos; para otro el caza de combate de la segunda guerra mundial construido a escala a partir de numerosas piezas que había que pintar y pegar con particular meticulosidad; otro recordará el visto en tamaño casi real en alguna sala cinematográfica y que se abalanzaba contra los espectadores; en fin, sea de motor a hélice, de turbina, de plástico o el planeador de papel, todos están contenidos en la misma palabra, lo que cambia es quien lo imagina y la experiencia de la que parte para hacerlo.

Hay símbolos que trascienden la individualidad, más en el caso de las sociedades interconectadas como las nuestras, donde los significados se masifican casi al instante. Ahora, para cualquier ciudadano mexicano medianamente informado, esos caracteres que forman la palabra “avión” llevan al Boeing 787 dreamliner de superlujo comprado en 212 millones de dólares en el sexenio calderonista y usado en el peñista, con autonomía de vuelo de hasta 20 horas y con una velocidad de crucero de 912 kilómetros por hora, con capacidad para llevar entre 210 y 250 pasajeros, aunque en el comprado por nuestro austero gobierno apenas caben 80 por los espacios amplios y acabados de lujo.

https://cnnespanol.cnn.com/2020/01/17/lopez-obrador-sugiere-rifar-el-avion-presidencial-de-mexico/ y

https://www.boeing.es/productos-y-servicios/commercial-airplanes/787.page?

Para unos será la consecuencia lógica de un régimen político faraónico, algo que provoca envidia, que se festeja como parte de ese país real donde “el que no transa no avanza”, donde la corrupción parece producto de una genialidad, del arrojo de unos sobre la mediocridad de otros, de eso que hay que tener como plan de vida sin percatarse que gozar de corrupciones chiquitas lo vuelven víctima de las corrupciones grandotas y en ese juego inevitablemente terminará perdiendo. Para otros será un símbolo palpable, concentrado en una sola imagen, de algo injusto, insultante, vergonzante, antiético e indeseable porque se burla de las desigualdades, de la pobreza generacional, de la indigna sobrevivencia a costa de la posibilidad de una vida mínimamente disfrutable.

Las maromas lopezobradoristas respecto de la forma de recuperar lo estúpidamente gastado en el avión, con todo y memes y burlas, lograron el objetivo de centrar el debate en los malditos usos y costumbres de una casta política cuyo corrupto modus vivendi se veía como suprema muestra de inteligencia, como una serie de travesuras que a nadie afectaban. Ahora ya no.

La contradicción entre esos sinvergüenzas y el ciudadano común y corriente quedó de manifiesto y produjo ese encabronamiento ya reseñado por analistas políticos y académicos que resultó en 30 millones de votos y en una amplia corriente de simpatía que ha resistido múltiples embates.

La polarización social no es un invento reciente, es una consecuencia de décadas de abusos, de intencionales y fallidas “estrategias” de gobierno, de discursos hipócritas que velaban la dolorosa realidad de una pobreza injustificable dados los recursos naturales y humanos de un país que es la economía 12 del mundo.

Y así, como no queriendo, tomando en cuenta los insultos y las críticas a lo que parecía una locura, la ocurrencia de alguien con demencia senil, se convirtió en una genialidad más. Los premios del sorteo, ya no por el avión, sino por su costo económico, porque el social tardará mucho en resarcirse, están garantizados por la recuperación de 2 mil millones de pesos de una transa mayor a otra instancia gubernamental, el INFONAVIT, lo que volvería superfluo el sorteo, pero este se mantiene como una forma en que casi cualquiera pueda sentirse parte de esa solidaridad social que se dio por perdida, de ser parte de ese rechazo a una forma de gobernar para unos cuantos a costa de todos los demás, y eso no es cualquier cosa.

Participar en el sorteo no será por la posibilidad de ganar alguno de los 100 premios de 20 millones de pesos cada uno, la motivación será más simbólica, como una forma de mostrar el rechazo a esas prácticas de saqueo sistemático y despojo desvergonzado de la riqueza nacional, contra el desmantelamiento de las instituciones sociales y de ese Estado de bienestar que se mantiene exitosamente en otras latitudes, en países más equitativos, más justos. Quizá se tenga que hacer algún ahorro o sacrificio para destinar 500 pesos para comprar uno de los 6 millones de boletos anunciados, para muchos valdrá la pena porque mostrará la voluntad de lograr un cambio radical, aunque tarde en lograrse.

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