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NO ALCANZAN LAS PALABRAS

Cambia el país y se desdoblan los discursos. No el relato imaginario de las instituciones que desdeñan lo anecdótico tachándolo de subjetivo y por tanto seguramente falso, sino el entramado mediático, cercano al poder, aunque no lo reconozca, lo rechaza porque carece de control sobre ese “murmullo social” y su manera de propagación.

La espiral de violencia no se ha detenido: el coletazo, producto de un primer rompimiento en las redes de complicidad; de allí las detenciones de exfuncionarios de primer nivel de los gobiernos federales anteriores está dejando ver que el clamor de las víctimas —colaterales según el discurso oficial— de esa falsa guerra contra el narcotráfico está presente desde hace muchos años, al grado que se desarrollaron investigaciones muy serias al amparo de instituciones que forman parte de ese Estado calificado de represor y corrupto.

Para agobio de los beneficiarios reales y supuestos de ese estado de cosas, el desnudar la estrategia oficial de comunicación que hacía ver como “necesaria” la violencia y sus efectos cada vez más amplios y cruentos no es una ocurrencia de la llamada 4T.

Es el año de 2016 y se edita el libro de Miriam Bautista Arias. “El murmullo social de la violencia en México”, en una colaboración entre la Universidad Autónoma Metropolitana y el Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública de la Cámara de Diputados / LXIII Legislatura, que se puede descargar completo:

http://www5.diputados.gob.mx/index.php/camara/Centros-de-Estudio/CESOP/Estudios-e-Investigaciones/Libros/El-murmullo-social-de-la-violencia-en-Mexico

Por supuesto que no es la única publicación que busca y logra recuperar esas historias, esos testimonios de los ciudadanos que, sin advertencia previa, sin haber sido consultados, sin tener nada que ver con el tema, están inmersos en un contexto de violencia extrema.

Su autora se plantea una pregunta básica: «¿cuáles eran las experiencias relacionadas con hechos violentos que los medios de comunicación no estaban narrando?» Los primeros relatos remiten al inicio de esa violencia que se vuelve institucional, cotidiana, opresiva, paralizante en muchas ocasiones, aunque en otras la reacción social se salta el miedo y lo convierte en indignación movilizadora.

«Este trabajo parte del supuesto de que en México la excepcionalidad ha sido siempre la regla, en tanto que la violencia de Estado es una constante histórica, una práctica común que en el momento actual ha alcanzado dimensiones dramáticas al impactar a la ciudadanía en general.»

Pero los ciudadanos saben, se dan cuenta, aunque su lenguaje no sea tan claro, hay que hablar de las cosas, pero en confianza, no de forma directa para no caer en peligro, para no alertar a alguien que se mezcla o puede ser un familiar, un compañero de trabajo, un vecino o hasta el jefe en la empresa, y entonces hay que desentrañar significados.

«es mediante el discurso que los sujetos dan testimonio de la violencia; en éste puede desentrañarse el sentido que le dan y la forma en que la violencia modifica sus subjetividades y sus relaciones cotidianas.»

Los especialistas y hasta las personas comunes sabemos que el lenguaje no puede expresarlo todo, que hay experiencias emotivas que no pueden transmitirse o siquiera pensarse en palabras. El desconcierto, la incertidumbre, el querer sentirse mínimamente seguro o normal en la inseguridad y la anormalidad atraviesa lo que alcanzamos a decir.

«[…] sí, sí me aterroricé en ese momento, o sea que uno ya se acostumbra a la violencia, ¿no?, o qué, no lo sé, es que como me provoca coraje, mira, hasta creo que el hígado me está doliendo de lo que estoy diciendo, como que me siento así “a ver, pues no, a mí no me van a provocar miedo” ¿no?, claro, nos lo provocó, pero procuro tampoco demostrar así tanto miedo.

[…] cómo es posible que la autoridad no sepa dónde están cuando todo mundo, si tú te vas a Apatzingán, todo mundo te dice dónde viven todos ¿no?, aquí mismo en Morelia, o sea, saben dónde y quiénes son esas personas, ¿no?, y entonces cómo es posible que no los encontremos, que no sepamos, que no los atrapamos y que sigan con esa impunidad ¿no?, porque ellos son parte de esa situación.

[…] de repente uno platica con los que son policías o son militares y te dicen: “ah sí, pero ese guey ya sabíamos, o sea, ya sabíamos dónde vive y todo y el jefe pues nos dijo y si declaras algo pues tienes que decir esto”, entonces ya te imaginas el teatro de “a ver fórmese y a ver tú, agárralo y a ver, vamos a tomarle una foto”, entonces todo lo que presentan pues realmente no sé, sí, tengo un conocido que es judicial y cada que hay un decomiso llena su casa de shampoo o de pantallas planas o de cereal, lo que se decomise, ¿qué no puede pasar con ese tipo de cosas?

[…] de repente cerraban la discoteque, porque estaba ya la bola de cuates, suponemos que narcos ¿verdad?, mandaban cerrar la discoteque y que decían: “quiero ésta, quiero ésta, quiero ésta”, las muchachas y se las llevaban y no volvían a saber de ellas.»

Los testimonios, las anécdotas, ese murmullo social de las malas experiencias que buscan la forma de comunicarse como una forma de exorcizarlas, de evitar que nos suceda algo que nos afecte gravemente. Encubrir lo que sabemos y no encontrar explicación a la indiferencia, a la justificación a veces, a normalizar algo que sabemos que no debiera ser normal. Todo eso nos rodea desde hace muchos años. No es nuevo, pero sí se puede contener y después disminuir a su mínima expresión. Esa es la tarea y hay que hacerla colectivamente. No tolerar lo que nos hace daño, no quedarse callado y saber que no hay corrupciones sin víctimas.

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