VALORAR LA ESCUELA

De vez en cuando nos horrorizamos, queremos creer que existe una frontera definida e infranqueable entre lo que hacen los demás y lo que nosotros somos capaces de hacer; también nos sirve negar lo evidente, “normalizarlo” para que no nos afecte, sentir que lo que les pasa a otros es imposible que nos pase, hasta que sucede.

Dice un proverbio africano que se necesita de un pueblo entero para criar a un niño, estamos fallando como pueblo, le estamos fallando a nuestros niños y nuestra responsabilidad no se desvanece en el escándalo mediático, en las explicaciones fáciles que tienen como base la ignorancia colectiva. La semana pasada trajimos a colación la cifra de medio millón de menores de edad que “trabajan” para el crimen organizado en este dolorido y amnésico país, esos niños y adolescentes que carecen de formas de negarse a realizar actividades que los dañarán para siempre, que los estigmatizarán, que los convertirán en víctimas de la saña colectiva. Pero también en el otro extremo hay niños dañados, aunque no tengan carencias económicas, aunque sean buenos estudiantes, aunque los manden a educarse a escuelas privadas con prestigio, porque esas aparentes ventajas pueden llegar a funcionar en sentido contrario cuando el ambiente social y familiar distorsiona las formas de ver la vida y de vivirla, o de morirla, como desgraciadamente ocurrió.

No deja de sorprender que nuestras escuelas sigan siendo espacios que amortiguan en mucho las influencias perversas de las narcoseries, de las telenovelas, de la violencia cotidiana que se sufre calladamente dentro de muchas familias, en las relaciones “románticas” de miles de parejas, de los abusos cotidianos de cualquier autoridad, de las corruptelas de propios y extraños, del falso mundo “feliz” de las redes sociales.

A pesar de los malos resultados académicos en supuestas evaluaciones estandarizadas y “objetivas”, las escuelas siguen siendo el principal —y frecuentemente único— factor de protección de millones de estudiantes contra la desesperanza, el miedo, la soledad, la intolerancia, las adicciones. Sin embargo, es inevitable que ese contexto violento y corrupto se cuele a los salones de clase, a las relaciones desiguales que se disfrazan de prácticas discriminatorias contra el que piensa o se ve diferente a un ideal que nos es ajeno y artificial.

No existe barda, alambrada o sistema de vigilancia que impida que el odio, la mentira, los prejuicios, entren a los salones de clase, y qué bueno, porque allí deben desarmarse, cuestionarse, rechazarse, ofrecerse alternativas y entonces, influir sobre ese contexto que apabulla, que atemoriza, que corrompe. Pero esa resistencia no puede sostenerse por tiempo indefinido, la sociedad en general, todos, debemos cambiar para estar en sintonía.

Lo peor del caso es que se está poniendo de moda robar a las escuelas, ese escaso capital cultural al que pueden tener acceso cientos o miles de familias es blanco de los rateros que, por unos cuantos pesos, despojan a niños y jóvenes de material didáctico que no tienen en otra parte. Los daños educativos son mucho mayores que las pérdidas económicas que tampoco hay que desdeñar.

Uno de los fines de la nueva escuela mexicana es disminuir las desigualdades sociales tan exageradas en este México de principios de siglo, y eso se logra con el acceso a tecnología y conectividad a la web; no se vale quitar esas oportunidades a nuestros escolapios porque ese factor de protección que es la escuela puede derrumbarse.

Finalmente hay que enfatizar que contra lo que a veces parece, nuestras 243mil 450 escuelas —a las que asisten casi 31 millones de estudiantes de educación obligatoria— siguen siendo lugares seguros, con sus un millón 515mil 526 docentes más miles de administrativos empeñados en hacer su mejor esfuerzo a pesar de carencias y campañas de desprestigio, sacando provecho de todo lo disponible.

Y eso hay que valorarlo.

Fuente: Principales cifras nacionales Educación básica y media superior 2017.

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