LA ALHARACA Y EL SILENCIO

Se saben señalados y culpables, pero en lugar de desaparecer sigilosamente como dictaba la tradición, se han visto obligados a seguir en la escena pública. La alharaca mediática es su mediocre estrategia, reaccionan exageradamente a cuestiones nimias, buscan llamar la atención por tonterías y, después, desviarla hacia quienes pueden descubrir o develar sus fechorías. Es el ladrón que acusa a los demás de ladrones, es el corrupto que se queja de las supuestas corrupciones ajenas, es el depravado que quiere dar lecciones de moral a subordinados, es el desgraciado que cree que todavía le resta algo de gracia, es el que insiste en proclamarse ejemplo para las juventudes de su partido evidenciando su locura, porque la credibilidad la perdió desde hace mucho rato, aunque finja no darse cuenta.

Enfrente tienen el silencio acusador de sus víctimas, de esos 60 mil desaparecidos que hablan a través de sus familiares, de amigos, de afectos que dejaron regados por doquier y que no los olvidan; enfrente está el silencio de ese medio millón de menores de edad obligados a “trabajar” para el crimen organizado, como halcones, como sicarios, como narcomenudistas, como carne de cañón de poderosos y respetables ejemplos de una sociedad que se resiste a salir de esa modorra autocomplaciente y que aletarga la indignación, la resistencia a la complicidad y la denuncia. Para acabarla de fregar, las “buenas conciencias” se niegan a aceptar una amnistía, porque saben que la inmensa mayoría son de esos pobres que produce un sistema económico y social injusto e inequitativo.

Enfrente están los y las valientes periodistas que investigan y documentan al detalle las transas, las desviaciones, las mascaradas, las hipocresías que en el colmo del cinismo no son delitos graves y hasta es legal no buscarlos, ni perseguirlos, ni castigarlos. Esas mujeres y hombres que se metieron en un mar de documentos —los llamados Panamá Papers— para demostrar las salidas de capitales de esos empresarios que se presumen como patriotas y “socialmente responsables”, de los miles de millones de pesos “perdidos” en paraísos fiscales para evitar el pago de impuestos, esos dineros que son producto del trabajo de todos pero que solo unos cuantos concentran y supuestamente disfrutan. Wilbert Torre. El expediente mexicano. Panamá Papers. Editorial Planeta 2016.

Esas periodistas que le jalan el hilo a la hebra de la trata de personas, de la pedofilia organizada desde los círculos del poder. Lydia Cacho. Los demonios del Edén. El poder que protege a la pornografía infantil. Editorial Debolsillo. 2015.

Esas que con sus equipos de colaboradores encontraron y pusieron al descubierto el tráfico de influencias y privilegios entre una presidencia ignorante, omisa y sumisa con una empresa constructora española de casas blancas y trenes eléctricos con rumbo queretano. Carmen Aristegui. 2014.

https://aristeguinoticias.com/0911/mexico/la-casa-blanca-de-enrique-pena-nieto/

Esas mexicanas que le siguen la pista a las rutas marítimas del narcotráfico, que evidencian los mares de corrupción en puertos propios y ajenos, que encuentran las huellas de redes delincuenciales en los lugares más insospechados. Ana Lilia Pérez. Mares de cocaína. Las rutas náuticas del narcotráfico. Editorial Grijalbo. 2014.

Esa investigadora que recolecta testimonios y documentos durante 10 años para explicarnos cómo funciona la delincuencia organizada desde las cúpulas políticas, policiacas, empresariales, judiciales, militares en ambos lados de una frontera que es porosa al tráfico de estupefacientes, de dinero sucio, de armas, de influencias, pero absolutamente hermética a los que huyen de la inseguridad, de la falta de oportunidades, de las enfermedades, de la pobreza generacional, provocadas, en gran parte, por la ambición desmedida de esas cúpulas sin consideración ni ética alguna. Anabel Hernández. El traidor. El diario secreto del hijo del Mayo. Grijalbo. 2019.

Frente a la alharaca autoexculpatoria y refractaria a hechos, datos y argumentos está el silencio aparente de los miles de desplazados, los ejecutados, los extorsionados, los obligados a cerrar sus negocios legítimos por negarse a pagar un “derecho de piso” exigido por delincuentes, los millones de mexicanos que pierden oportunidades de progreso, de empleo y demás derechos humanos como víctimas de esa corrupción sistémica que beneficia a muy poquitos.

«El debate público, en particular en nuestra sociedad actual dominada por los medios de comunicación, es forzosamente jerárquico. Pero no sucede esto con el silencio elocuente y racionalmente elegido [...] hay que reivindicar y defender el derecho a retirarse silenciosamente del debate, el derecho a interrumpir la discusión cuando los participantes estiman que su dignidad está amenazada. También hay un derecho a propagar el silencio del horror.» Iván Illich. El derecho a la dignidad del silencio.

https://josefranciscoescribanomaenza.files.wordpress.com/2015/01/vol-2.pdf

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