LAS BANDERAS

Cuando un régimen político les teme a sus ciudadanos o tiene miedo de que las masas adquieran el carácter de ciudadanía con todos los derechos y obligaciones que eso contiene, se cierra. Invocando a una frágil democracia que se encuentra en riesgo por unos aventureros e irresponsables, clausura todas las vías pacíficas de resolución de conflictos, niega derechos humanos básicos y desata una violencia que pretende justificar en una falsa defensa colectiva de valores que, supuestamente, todos compartimos.

Cada uno tiene sus banderas, son los símbolos de las reivindicaciones colectivas que necesitan ser tomadas en cuenta para tener una vida lo más disfrutable posible. No se trata del simple sobrevivir, sino de vivir dignamente sin carencias ni excesos.

El autoritarismo priista se nos coló hasta el inconsciente, llegamos al extremo de referirnos al “priista que todos llevamos dentro” cuando remedábamos, en escala micro, algunas de sus nefastas características. Todo parecía seguir la misma lógica, había que defender hasta la ignominia un sistema, que, por presentarse como heredero único y legítimo de un movimiento armado revolucionario, estaba siempre en la mira de la contrarrevolución de derecha, o de izquierda, según conviniera. Y con ese pretexto, los medios quedaban justificados por el fin: salvaguardar, a cualquier costo y pasando por encima de quien fuera, la paradoja de una revolución institucionalizada.

A pesar de esa visión única, las cuarteaduras que anunciaban un derrumbe no tardaron en presentarse. A la cerrazón política que mostró sus límites en diferentes momentos históricos de la última mitad del siglo XX —movimientos obreros en ferrocarriles, en la industria petrolera, en la minería; después en los “encargados” de llevar la Revolución a la realidad: los médicos, los estudiantes universitarios con sus fechas icónicas como el 2 de octubre de 1968 y el 10 de junio de 1971—, le siguió lo que para algunos parecía una alternativa forzada pero viable: la guerrilla campesina o urbana. Parafraseando a diversos autores, las armas de una utopía que se negaba a dejarse desaparecer.

El desarrollo de los grupos clandestinos que se oponen a un régimen que presume un monolitismo que necesita del miedo y la represión como argamasa para reparar las fisuras que provoca el abuso cotidiano del poder, está documentado en diversas investigaciones publicadas, quizás la más conocida sea la de Hugo Esteve Díaz titulada, precisamente, Las armas de la utopía, publicada por el Instituto de Proposiciones Estratégicas y cuya primera edición impresa carece de fecha aunque parece ser de 1996; a pesar de que ha seguido escribiendo sobre el tema no es tan conocido como otros autores que prefieren la novela —con su componente importante de ficción— para recrear una coyuntura social específica.

En ese contexto histórico, el director de cine Gabriel Retes saca a la luz un filme titulado Bandera Rota (1978) cuya reseña se puede encontrar hasta en video en la plataforma más popular. Lo que no aparece mencionado, dentro de las diferentes historias que arman la principal, es la manera en que los mismos aparatos de seguridad del gobierno —la Dirección Federal de Seguridad para empezar—, infiltraban las organizaciones y movimientos clandestinos para radicalizarlos y provocar una respuesta violenta que los desarticulara con la consiguiente desaparición, tortura y asesinato de sus integrantes. Esa llamada guerra sucia que algunos insisten en justificar.

Esa estrategia dual —infiltración y radicalización—, les resultó tan efectiva que la siguen utilizando. Cuando en algunos estados o regiones del país aparecen los mismos dirigentes, aunque las causas sean de distinto origen, que promueven acciones que los movimientos incipientes no pueden soportar sin el riesgo evidente de desfondarse, y a pesar de que sus propuestas no sean motivo de acuerdo, en el momento de las movilizaciones imponen —por la vía de los hechos— esas acciones a sabiendas que terminarán debilitando lo que supuestamente quieren fortalecer, además de provocar el descrédito público en una parte expectante de la población que duda entre apoyar, hacerse a un lado o condenar, no la causa que puede parecer justa, sino los medios para querer lograrla. Y, en el último de los casos, “provocar” la represión desmedida de las llamadas fuerzas de seguridad.

El resultado será el mismo: movimientos sociales que no pueden desarrollarse porque sus medidas de presión rebasaron su fuerza y no midieron el desgaste ni se prepararon para resistir más allá de algunos días, o la radicalización forzada por los interesados en reventar una organización con demandas legítimas, necesarias y que incluso resultarían convenientes para casi todos. Esa bandera rota que utiliza como metáfora la película a que nos referimos termina con la represión abierta a unos estudiantes de cine que graban, de forma accidental, un asesinato que creen les servirá para darle una lección a un capitalismo desalmado que es capaz de disfrazarse de lo que sea, hasta de obrerista y sindicalista, para lograr sus fines, siendo el principal la concentración de la riqueza que producen muchos para quedarse en unas cuantas manos.

Por eso hay que cuidar los mecanismos de deliberación pública, los espacios pacíficos de negociación entre sectores que abanderan intereses hasta contrarios para resolver temporalmente los conflictos, que son ineludibles. Pero no los creados por una democracia de fachada, esos organismos que se repartieron por cuotas los partidos políticos con cúpulas corruptas sin atender a una ciudadanía harta de simulaciones.

Mención especial merece ese cuarto poder, la prensa, que tiene que renunciar a la domesticación exhibida de diferentes maneras. Si le gusta la novela para sumergirse en el tema hay que darle una leída a Enrique Serna y su obra El vendedor de silencio.

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