PODER IMAGINARSE

Se imaginan morenas, chaparritas, regordetas y fuertes, de cabellos negros, lacios y peinados en trenzas que se enroscan alrededor de su cabeza sujetadas con amplios moños lucidores; de vestimenta amplia y muy colorida, resistente a las inclemencias del tiempo, abrigadora sin perder su esencia; y a la imaginación le siguió la representación, pero primero es eso: imaginarse. Salirse de la envoltura corporal y transformarse en trapo y bordados, de esos que cuentan historias y se envuelven de esperanzas al tiempo que se aferran a un presente que las ningunea, que las discrimina, que en el mejor de los casos las hace invisibles y en el peor las reprime y las explota.

Ha sido un batallar de muchos años de esas mujeres del pueblo originario ñhañhu que decidieron salir de sus comunidades a ofrecer, ante las carencias generacionales, lo mejor que tenían: ellas mismas. Su persistencia es la que les ha ganado esa presencia en un imaginario colectivo que ahora las devora para convertirlas en moda pasajera, que somete su arte folclórico a un desgaste brutal que las obliga a querer adaptarse a un mercado que solo mira por sí mismo. Y aparecen las muñecas de piel clara o de plano blanca, de cabelleras rubias o pelirrojas, nada más alejado de ese origen que las singulariza y las vuelve resistentes a la comercialización en masa o la producción en serie. Lo peor es que sean los gobiernos quienes propicien eso, en lugar de cobijarlas, de entrar a la difusión de su cosmovisión y cultura, de potenciar esas significaciones y encontrar formas diferentes de vivir y pensar.

Algo parecido sucede con nuestra identidad nacional, se pierden los símbolos para convertirse en simples mercaderías que hay que tirar después de las fiestas patrias, además hechos en serie y en China; ni siquiera nuestras banderitas son de producción nacional. Ese llamado a la Independencia desde un pueblito del centro del país, inspirado en tertulias literarias donde se leían colectivamente los libros que contenían ideas diferentes a las imperantes, esos textos que fueron inútilmente prohibidos, que se buscaban obsesivamente en los puntos fronterizos —principalmente marítimos— para ser requisados y destruidos. Porque los libros tienen eso, despiertan la imaginación y hacen que sus lectores quieran vivir en otros mundos que se antojan posibles y necesarios.

La coyuntura histórica fue simultánea para la mayoría de nuestros países colonizados por españoles y portugueses, por eso no es casual que fuera a inicios de los 1800 que muchos busquen independizarse de unas metrópolis monárquicas profundamente corruptas, discriminadoras y explotadoras. Por el lado español, su otrora poderosa armada está diezmada por las guerras con otros países europeos, el mismo país está invadido por las tropas francesas y solo queda responder con el cambio político representado por las Cortes de Cádiz, instaladas 9 días después de iniciada la revolución mexicana de independencia, seguida por la Constitución promulgada el 19 de marzo de 1812 que da lugar a procesos electorales cuyos resultados fueron anulados parcial o totalmente porque la copiosa votación elegía a criollos y algunos indígenas en los recién formados ayuntamientos, más de mil según señalan algunos historiadores.

Pero lo que nos interesa señalar es el poder de despertar la imaginación de esos textos, muchos inspirados en la revolución francesa, que, aunque circularon clandestinamente, fueron recibidos y procesados por una intelectualidad criolla que buscaba ser reconocida en su lugar de origen. Es decir, la independencia no se peleó únicamente en los campos de batalla a sangre y fuego, la principal lucha estuvo en la creación de un imaginario colectivo diferente y posible por deseable.

Esa batalla por la imaginación está presente en nuestros días. El autollamado gobierno de la cuarta transformación se apropió del discurso del cambio, de la lucha contra la corrupción con todos los valores morales y éticos que eso implica y dejó en la vaciedad ideológica a una oposición que se percibe como revanchista y convenenciera. Parafraseando a algunos analistas, la corriente ideológica representada por el lopezobradorismo les ganó el presente y les impide disputar un futuro que está en construcción, dejándoles solo un pasado vergonzante de donde no pueden salir.

Imaginarnos como un país menos desigual, más justo y equitativo, menos corrupto y más seguro, con oportunidades de desarrollo para todos, con instituciones públicas eficientes que garanticen una vida digna, en resumen: un futuro posible que sea disfrutable. Por eso votamos hace poquito más de un año.

Vamos a ver cómo se avanza en la reconstrucción de esos símbolos de la presentada como primera transformación —la independencia—, que se rebase el estrecho límite del jolgorio para recuperar esa historia que al oficializarse perdió su esencia emancipadora para convertirse en un simple echar desmadre, como dicen hasta nuestros tiernos escolapios.

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