JUVENICIDIO

Se priorizan las notas que venden o las que representan a un grupo de interés económico, más en un país de pocos lectores o indiferentes a lo que sucede en su propio entorno. Como que nos parece que es mejor enterarnos de lo que les ocurre a otros que percibimos alejados de nosotros o quizás queremos escapar de una realidad cercana que nos asfixia.

Eso sucedió recientemente con los lamentables casos de jóvenes universitarios que fueron víctimas de parientes, amigos cercanos o de la propia pareja que, se asume, debiera quererlos, aunque sea un poquito. El desconcierto comenzó cuando plantearon la hipótesis de presentarlos como consecuencias del descontrol del crimen organizado, que ha perdido el contacto o la complicidad de las autoridades federales y sienten que se quedaron colgados de la brocha frente a una guardia nacional que se despliega poco a poco por el territorio. Pero, sorpresa, no era el caso. Aun así, medios nacionales comenzaron a insistir en que ser joven en México es peligroso, que somos una nación que violenta a sus descendientes, pero las cosas no son tan sencillas como las quieren presentar.

«¿Se mata a los jóvenes por ser jóvenes? La respuesta debe construirse desde afuera de la posición binaria, lo que tenemos son necropolíticas que han ampliado la vulnerabilidad e indefensión juvenil, colocándolos como figuras centrales de las necrozonas. Que la violencia sea la principal causa de muerte de la población joven latinoamericana y que se mantengan los modelos económico-sociales que generan esta muerte o que se mantengan los fracasados y mortecinos marcos prohibicionistas, policiales y militares, con tan alto nivel de asesinatos de personas jóvenes, conlleva responsabilidad de Estado, además de que se desatiende la obligación del Estado de garantizar la seguridad de la población.» José Manuel Valenzuela Arce. Trazos de sangre y fuego. Bionecropolítica y juvenicidio en América Latina. Centro Maria Sibylla Merian de Estudios Latinoamericanos Avanzados en Humanidades y Ciencias Sociales y Universidad de Guadalajara 2019.

La agresión contra los jóvenes no es pareja, se ensaña con los marginados, los discriminados, los más vulnerables por su posición socioeconómica, allí es donde están haciendo estragos las políticas económicas que los deja sin derechos educativos o laborales frente a un capitalismo voraz que se alimenta de la inseguridad y la corrupción para justificar sus fracasos si de justicia distributiva se trata. Nuestros países son los más desiguales del mundo en la distribución de la riqueza: producimos poquitos supermillonarios y muchísimos pobres, unos como consecuencia de los otros.

«Los jóvenes no creen ni confían en las promesas de futuro, sus inciertos asideros reposan sobre el quebranto de la esperanza y en la convicción de que ellos no son invitados al banquete del consumo dispendioso tan publicitado por los agoreros del sistema. En todo caso, sus opciones no se conforman a partir de los canales tradicionales de movilidad social que se encuentran obliterados para ellos, excluidos del acceso a empleos dignos o tan solo formales, de garantías de seguridad social o de la educación como dispositivo certero para la construcción de proyectos viables de vida. Frente a este escenario emerge el presentismo intenso que conduce por senderos distintos a los establecidos por las narrativas modernas. Entre las opciones conformadas desde este presentismo, se encuentran las de quienes, tras muchos intentos fallidos, abandonan el empeño por acceder a los canales del empleo y la educación y se resignan a la idea de que esas vidas legitimadas no son las suyas. Algunos optarán por la realización de actividades de alto riesgo y adrenalina, otros encontrarán sus opciones en la alteración de las percepciones mediante sustancias legales o ilegales, otros buscarán acceder al dispendio y consumo prometido a través de actividades ilegales e incursionarán en los espacios del narcomundo tratando de encontrar los satisfactores de consumo y poder que conlleva, incluido el consumo ostentoso, las mujeres trofeo, la vida al límite, el poder. El presentismo intenso refiere al abandono de la ruta de vida prefigurada para buscar atajos o caminos alternos conformados desde perspectivas ancladas al aquí y el ahora, en el disfrute de las opciones disponibles, en jugársela a pesar de los riesgos, en asumir que “la vida es corta y, además, no importa”, o que “más vale una hora de rey que una vida de buey”, frente a la condición inaccesible de los satisfactores apetecidos y la evanescencia del futuro como escenario de certezas.»

Eso sí es un juvenicidio, término que pretende precisar una situación compleja pero que es resultado directo de políticas públicas que priorizan los beneficios de una élite sobre los de la mayoría de la población. Como dice José Manuel Valenzuela:

«Hace casi una década, desarrollé el concepto de juvenicidio con cuatro objetivos inaplazables. El primero de ellos es señalar y visibilizar la enorme cantidad de jóvenes asesinados en América Latina, muerte artera e impune que se ha ensañado con las juventudes precarizadas inscritas en grandes estrategias bio- y necropolíticas. El segundo objetivo es hacer visibles pertenencias, adscripciones y repertorios identitarios que incrementan las posibilidades de que un joven sea asesinado. El tercer objetivo consiste en desarrollar estrategias y propuestas de orden académico y político orientadas a impedir la continuación de asesinatos y masacres de jóvenes. El cuarto objetivo consiste en identificar causas y responsables de tanta muerte innecesaria.»

Y sí, ser joven en nuestros países desiguales, injustos y corruptos es muy peligroso. Nada más resta mantener la esperanza de que los casos judiciales contra exfuncionarios e influyentes de primer nivel acusados de desvíos de recursos públicos no sean flor de un día, sino algo permanente que evite que se repitan y que impacte en una menor desigualdad y mayor oportunidad de desarrollo para cualquier mexicano.

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