A FAVOR DEL PESIMISMO

Los pesimistas, esos seres indispensables que nos llevan a actuar para contradecirlos, anuncian que la estupidez humana ya llegó al límite que el planeta le permite, que no estamos en el fin del mundo porque la Tierra seguirá ocupando su lugar en la órbita de nuestro sistema solar, pero sí en el fin de la especie humana que, como verdadera plaga apocalíptica, se ha ocupado de destruir todos los sistemas y recursos que hacen posible la vida en esta partícula de polvo galáctico.

Nuestra economía es todo lo antiecológica que puede ser. Anclados en la idea inmediatista de que el consumo desenfrenado e irresponsable nos lleva a la felicidad, hemos privilegiado teorías y prácticas que solo aceleran el deterioro del único lugar en que podemos sobrevivir.

En un mundo con fronteras cada vez más artificiales, conjuntar esfuerzos sigue siendo importante. Las organizaciones internacionales con cierta capacidad de convocatoria trabajan para poner en sincronía los esfuerzos que podrían detener el deterioro planetario y hacer la vida más vivible para casi todos. Por ejemplo, la ONU establece como objetivo importante la reducción de desigualdades — décimo objetivo de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030—, que cada país firmante debe trabajar, con la soberanía económica que le quede después de padecer un sistema económico depredador, injusto y que requiere de la desigualdad para seguirse desarrollando.

Para evitar naufragar en cifras que por su tamaño llegan a quedar sin significado, tomemos el caso de México. Ya en un texto anterior publicado en este semanario hacíamos referencia al Informe de Movilidad Social en México 2019: hacia la igualdad regional de oportunidades del Centro de Estudios Espinosa Yglesias dado a conocer en mayo —http://andresestevez.mx/magazine/columnas/joaquin-cordova/item/21303-echale-ganas —, ahora toca el turno a la UNAM a través de Leticia Merino Pérez del Instituto de Investigaciones Sociales (IIS) y coordinadora del Seminario Universitario de Sociedad Medio Ambiente e Instituciones (SUSMAI), quien señala «que aun cuando los ingresos de 40% de la población más pobre en México aumentaran más que la media nacional, como lo sugiere el documento de la Organización de las Naciones Unidas, tomaría más de 120 años emparejar la brecha de salarios entre “ricos” y “pobres” en nuestro país. “De hecho la tasa a la que ha crecido el ingreso de los sectores más vulnerados, en los últimos 10 años, sí ha sido mayor al promedio nacional; no obstante, ni ese aumento permite cumplir con sus necesidades básicas.» Gaceta UNAM, 10 de junio 2019. Ricos y pobres, brecha perenne.

Conste que no estamos hablando de cualquier país, «México padece una desigualdad extrema porque aun cuando es la economía número 14 del orbe, tiene a 44% de sus habitantes en la pobreza y a 7.5% en pobreza extrema. [...] El 10% de los más ricos recibe 36% del ingreso del país, en contraste con el 50% de la población que se divide 20% de los ingresos; el 10% más pobre recibe únicamente 1.8% de los ingresos. Esta concentración del ingreso nos remite a un pasado colonial que se sigue reproduciendo 300 años después.»

Si el Informe del centro Espinosa Yglesias ya alertaba sobre la muy escasa movilidad social de nuestra economía, mencionando explícitamente que la pobreza se hereda y resulta muy difícil salir de la misma por mucho esfuerzo que se dedique a tal empeño, el de la UNAM focaliza un poco más: «Los niños (52%) y adolescentes (49%) son particularmente más pobres que el resto de la población, esto es muy sensible, es muy grave para la sociedad. La vulnerabilidad en México es estructural, es decir necesitamos cambios estructurales no paulatinos ni solamente programas de transferencias a sectores particulares; se requieren políticas de inclusión, de transformación profunda, no solo económica, sino también social y política. [...] Todo ello se traduce en vulnerabilidad ambiental, ya que hay menos acceso a recursos claves como el agua, debido a que los grupos poderosos imponen su visión del ambientalismo que en la mayoría de las ocasiones es parcial.»

Pero a esta situación se le unen otros factores: tal desigualdad económica es producto de una intencionalidad que se esconde en falsos argumentos, aunque ya se llegó a un límite que las excusas son cada vez menos creíbles «no solo es una cuestión económica, ya que las empresas tienen cada vez más poder; ejemplificó con el régimen fiscal, que es muy favorable para los más adinerados. Hasta 2016, se estima que más de 80% de los ingresos fiscales del gobierno los pagaron las personas físicas. [...] “Atender la desigualdad en México exige revertir los privilegios (políticos, económicos y sociales) del 1% más rico de la población.”» 

Parece imposible, los ricos no aceptarán que se modifique el desequilibrio que tanto los beneficia, aunque a largo plazo también termine por afectarlos. Mientras los pesimistas hacen su chamba los demás tienen que llevarles la contraria, a ver si así salimos de esta y las que vengan.

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