PÚBLICA, GRATUITA Y OBLIGATORIA

Contra los pronósticos, se volvió a atorar la reforma educativa; ahora correspondió a una extraña coincidencia entre los partidos conservadores y los representantes de la CNTE. Lo obvio, quienes tienen más oportunidad de influir, en algo, en la implementación de esa reforma, a través de las leyes y reglamentos resultantes de los cambios constitucionales. Es la última, puesto que apenas faltó un voto para pasar en el Senado.

Parece de lo más normal, como si existiera desde el principio de los tiempos, o al menos desde que el homo se convirtió en sapiens. Pero no es cierto. Esa “escuela” a la que se reincorporan millones de niños, jóvenes y adultos —porque con esa moda de los posgrados ya pocos escolapios viejos se salvan de ella—, se inventó en algún momento reciente de la historia de esta sufrida humanidad.

Nuestro sistema educativo, estandarizado con el de muchos países que aspiran a una modernidad que ya se nos pasó, tiene tres características que lo definen y lo igualan con todos lo demás: es público, gratuito y obligatorio. Eso solo se puede cumplir si cada Estado, cada país, toma por su cuenta, a cargo de las finanzas públicas —de los impuestos y cobro de servicios— y con un plan mínimo común basado en ciertos “valores”, ideas y conocimientos que deben compartir todos sus integrantes, la tarea de “educar” a sus gobernados.

Esa educación escolarizada data de fines del siglo XVIII y principios del XIX según se fue extendiendo el modelo prusiano de escuela pública, que nació como respuesta a los movimientos sociales que pusieron en duda, y derrocaron en muchas ocasiones, a las monarquías gobernantes de la vieja Europa, por la vía de exigir una serie de derechos incompatibles con esa forma de ejercer el poder despótico —libertad, igualdad, fraternidad, los tres principios de la revolución francesa—, aunque esa “educación” terminó, en muchos casos, inoculando contra esos principios, separándolos y neutralizándolos. O, como sintetiza y aclara Tzvetan Todorov: «Sucedió que, bajo el efecto traumático de la Revolución, las dos fuerzas adversas debieron moderarse. “La fe humanista, para acoplarse a lo real, disminuyó buena parte de su optimismo”, las esperanzas demasiado próximas fueron reemplazadas por un culto a un ideal mucho más lejano. En el otro extremo, aquellos que pretendían restaurar las antiguas creencias absorbieron a su vez los valores nuevos». En esa tensión nace la escuela que hoy conocemos y cuyo modelo permanece.

Ese modelo de escuela ha ido envejeciendo aceleradamente, esa organización interna, basada en el modelo fabril de producción de cosas —no de desarrollo de personas o de ciudadanos—, donde cada profesor es responsable de un pedacito de saber —sin conocer el proceso y los contenidos completos—, que se “transmite” —se enseña—, basado en represión y castigos, choca con esos nuevos derechos y aspiraciones que hemos ido descubriendo. O con la influencia creciente de otros agentes educativos ajenos a la escuela y que frecuentemente le juegan la contra, como los medios de comunicación, las redes sociales, nuestras instituciones y quienes las representan, las leyes y sus incongruencias, los grupos de poder y demás.

Para resolver esa contradicción, la educación escolarizada se nos vende como la oportunidad principal para aspirar a una sociedad equitativa, donde la discriminación por raza, origen social, creencia religiosa, preferencia sexual o afectiva, o cualquier otra desigualdad o discapacidad, sea superada por una estandarización de valores y saberes que tendría que cristalizar en equidad al momento de aspirar a un empleo con salario digno, a formar una familia sana e integrada, a participar en una sociedad democrática y con acceso a la información y todos los demás que podamos anhelar colectiva e individualmente.

La reforma educativa mexicana que supuestamente deroga a la “neoliberal” del 2013, sigue teniendo muchas de las características de su predecesora, pero quizás eso tenga que ser así. Otra vez Todorov: «Se puede observar una característica curiosa de los conflictos ideológicos. Éstos desembocan más a menudo en una victoria pírrica: el vencedor se ve obligado a renunciar parcialmente a su identidad y, más específicamente, a adoptar un buen número de rasgos del vencido». Tzvetan Todorov. Prólogo a La escuela del desencanto de Paul Bénichou. FCE 2017. México.

En lo constitucional podemos incluir —hasta de forma abusiva— todos los conceptos o derechos que se nos ocurran para desarrollar en nuestra población escolar, y aun allí aparecerá esa tensión entre lo nuevo y lo que se niega a morir; de forma corrida, para ahorrar espacio, solo los 8 primeros párrafos como se propusieron en el dictamen respectivo —sin los incisos que también se agregan y que son importantes—, y que se puede consultar, completo, en http://insurgenciamagisterial.com/dictamen-de-abrogacion-de-la-reforma-educativa-version-filtrada/

«Artículo 3o. Toda persona tiene derecho a la educación. El Estado -Federación, Estados, Ciudad de México y Municipios- impartirá y garantizará la educación inicial, preescolar, primaria, secundaria, media superior y superior. La educación preescolar, primaria y secundaria, conforman la educación básica; ésta y la media superior serán obligatorias, la educación superior lo será en términos de la fracción X del presente artículo. Corresponde al Estado la rectoría de la educación, la impartida por éste, además de obligatoria, será universal, inclusiva, pública, gratuita y laica. La educación se basará en el respeto irrestricto de la dignidad de las personas, un enfoque de derechos humanos y de igualdad sustantiva. Tenderá a desarrollar armónicamente todas las facultades del ser humano y fomentará en él, a la vez, el amor a la Patria, el respeto a todos los derechos, las libertades, la cultura de paz y la conciencia de la solidaridad internacional, en la independencia y en la justicia; promoverá la honestidad, los valores y la mejora continua del proceso de enseñanza aprendizaje. El Estado priorizará el interés superior de niñas, niños, adolescentes y jóvenes en el acceso, permanencia y participación en los servicios educativos. Las maestras y los maestros son agentes fundamentales del proceso educativo y, por tanto, se reconoce su contribución a la transformación social. Tendrán derecho de acceder a un sistema integral de formación, de capacitación y de actualización retroalimentado por evaluaciones diagnósticas, para cumplir los objetivos y propósitos del Sistema Educativo Nacional. La ley establecerá las disposiciones del Sistema para la Carrera de las Maestras y los Maestros en sus funciones docente, directiva o de supervisión. Corresponderá a la Federación su rectoría y, en coordinación con las entidades federativas, su implementación, conforme a los criterios de la educación previstos en este artículo. La admisión, promoción y reconocimiento del personal que ejerza la función docente, directiva o de supervisión, se realizará a través de procesos de selección a los que concurran los aspirantes en igualdad de condiciones, los cuales serán públicos, transparentes, equitativos e imparciales y considerarán los conocimientos, aptitudes y experiencia necesarios para el aprendizaje y el desarrollo integral de los educandos. Los nombramientos derivados de estos procesos sólo se otorgarán en términos de la ley. Lo dispuesto en este párrafo en ningún caso afectará la permanencia de las maestras y los maestros en el servicio. A las instituciones referidas en la fracción VII de este artículo no les serán aplicables estas disposiciones.» Así las cosas.

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