EJEMPLOS CERCANOS

Los recuerdos no traicionan, si acaso los acomodamos a nuestra conveniencia, los actualizamos queriendo respetar su esencia o les ponemos una capa de olvido cuando nos lastiman y queremos callarlos. Dicen algunos estudiosos de la mente —esa cosa inatrapable que pretendemos conocer ignorándola cada vez más— que todo lo vivido se guarda, pero no todo se recuerda o vuelve consciente; que nuestra memoria es selectiva y podemos ejercer la capacidad de resignificar nuestro pasado para explicarnos el presente. Quizás eso sirva para entendernos, para deshacernos de la pesada carga de los errores, para traer lo necesario que nos permita vivir de forma satisfactoria y hasta con cierto grado de paz o felicidad. 

En lo colectivo este proceso es más tardado y complejo, según lo que somos y queremos ser enfatizamos y engrandecemos ciertas partes de la historia, otras las condenamos al ostracismo o las ponemos como ejemplo de lo que no se debe volver a hacer. En ese jaloneo estamos.

Unos insistiendo que la historia es lineal y tiene punto de llegada ineludible, ese “fin de la historia” que pregonara el neoliberalismo a través de Francis Fukuyama: «Lo que podríamos estar presenciando no solo es el fin de la guerra fría, o la culminación de un período específico de la historia de la posguerra, sino el fin de la historia como tal: esto es, el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano.[...] porque el liberalismo ha triunfado fundamentalmente en la esfera de las ideas y de la conciencia, y su victoria todavía es incompleta en el mundo real o material. Pero hay razones importantes para creer que éste es el ideal que “a la larga” se impondrá en el mundo material.»

Otros, recuperando la historia propia en un intento de usarla como palanca de cambios que se vuelven inaplazables porque el actual estado de cosas ya reventó dejando millones de víctimas en su camino.

Con la crisis del sistema educativo escolarizado y los pésimos ejemplos y manipulaciones que durante décadas nos aplicó la educación informal —los privatizados medios de comunicación masiva, la “normalizada” relación perversa entre crimen y poder político y económico, el uso corrupto del lenguaje para encubrir que se hacía lo contrario de lo que se decía—, se ve cuesta arriba apelar a principios y valores de etapas históricas que se sienten lejanos e ignorados, como la Independencia, la Reforma y la Revolución.

Recordamos situaciones y personas, pretendemos evitar caer en lo que antes nos hizo sentir mal, también revivimos a quienes nos sirven de guía ante situaciones cambiantes y el torrente de datos cotidianos —confusos y contradictorios— a los que estamos cada vez más expuestos.

Uno de esos personajes, imprescindibles para entender la historia de México, incluso la reciente, es el Ing. Heberto Castillo Martínez, de quien se recordó el 22 aniversario de su fallecimiento, ocurrido el 5 de abril de 1997.

Según consignan investigadores como Ana Katia Cárdenas Gutiérrez/
Eusebio Cárdenas Gutiérrez: «En México, en sus propias palabras, su generación había recibido como herencia tres procesos revolucionarios fundamentales: el de la guerra de independencia de 1810, la guerra de reforma de 1857 y la revolución de 1910. No obstante los propósitos de justicia y equidad de las tres, solo con Emiliano Zapata en la última de ellas, las clases más humildes del país son reivindicadas en sus aspiraciones y solo también, en el régimen de Lázaro Cárdenas, estas reivindicaciones se vuelven gobierno. Sin embargo, después del general, los gobernantes practicaron una política contra las clases populares, en favor de los intereses extranjeros, donde la corrupción gubernamental se institucionalizó, así como la mediatización de las organizaciones de trabajadores que junto con la represión florecieron en todo el período posrevolucionario. Desde este momento se advierte la toma de posición de Castillo en favor de la población de menores recursos. Las revoluciones son vistas como movimientos surgidos de la necesidad de resolver las carencias de los más pobres y catalizadas por la participación de quienes como Hidalgo, Juárez, Madero entendían los mecanismos injustos del sistema y promovían su cambio. Aquí se prefigura la acción que a lo largo de su vida llevaría.» 

https://www.ensayistas.org/critica/generales/C-H/mexico/castillo.htm

Allí ya estaban las tres transformaciones del discurso lopezobradorista, como muestra de que la Historia —con mayúsculas— necesita de rompimientos para avanzar a otra etapa.

Hace dos años escribimos: «el 5 de abril de hace veinte años, moría, a los 68 años, el ingeniero Heberto Castillo Martínez, inventor, dirigente magisterial universitario, catedrático de la UNAM, creador, junto con personajes destacados como Carlos Fuentes, Luis Villoro, Octavio Paz, Demetrio Vallejo, Eduardo Valle “el Búho” y otros dirigentes del movimiento estudiantil del 68, el Partido Mexicano de los Trabajadores. Algunos persistieron toda su vida en tratar de organizar una fuerza política que se opusiera a las trapacerías del PRI y del sistema de complicidades que le dan origen y razón de ser. Heberto lo hizo desde la academia, a nivel de calle —durmiendo en el piso de plazas o centrales de autobuses cuando no había todavía simpatizantes que cedieran un espacio en algún cuarto o aula de escuela—, con su participación como articulista en diversos medios de comunicación, en el Congreso desde la tribuna o la comisión de ciencia y tecnología que se fundara por su insistencia, o como integrante de la Comisión de Concordia y Pacificación que se integrara para conocer y proponer sobre la rebelión zapatista de 1994.»

Es Heberto uno de los ejemplos que podemos recuperar, evitar que la historia oficial lo condene al olvido puesto que sus ideas y luchas siguen vigentes e inconclusas; si se habla de personajes incorruptibles y multifacéticos, aquí hay mucho de quien aprender.

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