LO EFÍMERO Y LO TRASCENDENTE

La tecnología topa con nuestros sentidos. No tiene caso miniaturizarlo todo, nuestros dedos no pueden presionar teclas más pequeñas que las yemas de nuestros dedos, tampoco manipular pantallas touch que no permitan terminar los movimientos que implican agrandar o empequeñecer una imagen, o presumir un celular o pantalla plana con 80 millones de colores cuando nuestra capacidad para diferenciarlos y nombrarlos es mucho menor.

Pero también tiene otros limitantes, no se puede educar a alguien para ser mejor ser humano prescindiendo de la presencia de los otros semejantes a él y de algunos que sirvan de ejemplo. Aprender a identificarse con los demás, a tener empatía respecto de los sentimientos de alguien que está triste, deprimido, acongojado, enojado, iracundo, divertido, feliz; nada de eso se aprende mediante explicaciones o pruebas de opción múltiple, allí los algoritmos son incapaces de producir compasión, piedad, resolver un dilema moral o ético, o siquiera distinguir entre el bien y el mal, que además son construcciones sociales que pueden cambiar según las circunstancias. Así que esa moda de querer “educar” a distancia, con la mediación de una computadora y una plataforma con infinidad de contenidos y formatos para evaluar se quedan, frecuentemente, en la memorización temporal, de corto plazo, de una gran cantidad de información con una jerarquización que padece de la arbitrariedad de sus diseñadores o de la capacidad técnica medida en megabytes de conexión, en la disponibilidad de la memoria de trabajo, en los controladores del procesador y demás características que se dan por descontadas, y por eso fallan.

Hay otras experiencias que escapan a la predictibilidad matemática, la espiritualidad, el misticismo, el arte; hasta el lenguaje suele ser insuficiente para definirlas, tratar de explicarlas o meterlas en una lógica lineal de causa-efecto.

La moda también se vuelve chiquita, al menos temporalmente su fecha de caducidad es menor y eso no depende, tanto, de la calidad de los artistas, sino de un sistema económico que depende de “lo novedoso” para inducir el consumo. ¿Qué caso tiene producir un disco compacto con un cantante bueno, con canciones que vayan más allá del momento y que se escuche 500 veces? Mejor patrocinar 500 canciones malas, con grupos o cantantes mediocres, que salgan baratos, ponerlos de moda una semana y vender 500 mil discos compactos aunque solo “se oigan” una vez y después se apilen entre los trebejos caseros.

Era 1974; el lugar: una disco tienda llamada La Manzana Verde en un barrio de clase media venida a menos en Guadalajara. Lo original del lugar es que importaba material musical —discos de vinilo imposibles de clonar— en formatos Long Play y Extended Play de 33 y 45 revoluciones por minuto respectivamente—, no eran baratos pero los sellos discográficos asentados en el país no se interesaban en reproducir lo más avanzado en rock, jazz y blues, apenas estábamos saliendo de las bobadas de los “artistas del momento” y sus cover esterilizados y homogeneizados.

El lugar, atendido principalmente por dos hermanas entre hippies y rockeras de mediana edad, que con pegamento blanco diluido en agua y una brocha habían decorado todas las paredes con carteles —posters les decíamos—, de revistas especializadas en esa música que reventaba los parlantes con poesía, rebeldía, inconformidad y búsqueda de nuevas formas de expresarse. Allí estaban The Doors, The Rolling Stones, todo sobre The Beatles, Uriah Heep, Humble Pie, y los nuevos, poco conocidos, extraños hasta en sus países: Deep Purple, Pink Floyd y... Queen.

En la pared, que hacía las veces de escaparate, estaba un disco con una portada más que llamativa, toda en tonalidades rosas con un reflector enfocado sobre la silueta de un cantante, ese disco acababa de llegar de Inglaterra y sin conocer absolutamente nada del grupo ni su música, quedó en mis manos previo pago de por medio. Ni qué decir que la sorpresa al escucharlo iba en incremento según la aguja de diamante se deslizaba entre los surcos de vinilo. A la potencia de lo que sería el primer single Keep yourself alive, seguirían otras canciones sin bajar la calidad. Nunca imaginamos que 45 años después se estaría recordando esa primera producción y que la película basada en una posterior: Bohemian Rhapsody y en su talentoso cantante y compositor Freddie Mercury, sería éxito hasta en nuestro país tan conservador y refractario a lo “extravagante” y desconocido.

Quizás por eso, un mercado despiadado, paradójicamente, está recurriendo a lo que se reconoce tiene cierta calidad y sigue llegando al gusto de las nuevas generaciones. Pink Floyd sigue de gira, junto o por separado, actualizando sus obras. Los setentones de Rolling Stones siguen dando conciertos y haciendo canciones juntos o cada uno por su lado. Acabamos de redescubrir a David Bowie. Canciones de Bob Dylan —sí, el desarrapado ese premio Nobel de literatura— de 1967 fueron regrabadas en versiones que resaltan la calidad original —The New Basement Tapes—, de allí y recurrir a la nostalgia de Jim Croce, el Cat Stevens de hace muchos años, Procol Harum, Moody Blues, los todavía vigentes y deliciosos Steely Dan y muchos más que pasaron como fayuca en la época en que surgieron, para ser reproducidos en equipos que tampoco se podían importar legalmente y que llegaban de Japón o Europa vía nuestro vecino del norte.

En fin, hay cosas que conviene guardar celosamente en la memoria, son parte de nuestra historia personal que explican quiénes somos. Lo demás, nuestro cerebro se encarga de borrarlo, aunque el bombardeo comercial busque reciclar lo que no vale la pena.

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