AMORES INDIGNOS

Lo revelan las encuestas y las manifestaciones a nivel de calle, en los espacios públicos, la indignación —nueva cara de la desilusión y el hartazgo— nos une frente a lo que advertimos es el enemigo común, la causa de nuestros males.

El doctor en Antropología por la Universidad de Hamburgo, catedrático en diversas universidades europeas e investigador en la Universidad Veracruzana, Gunther Dietz, lo sintetiza con singular maestría en el prólogo al libro “La Indignación. Un desencanto en lo privado y un descontento en lo público”, con Danú Alberto Fabre Platas y Carmen Egea Jiménez (coordinadores), coedición de la Universidad de Granada y la Universidad Veracruzana, 2013. 

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«Un nuevo fantasma parece recorrer no solamente Europa, sino esta vez casi el mundo entero, el fantasma de la indignación. En diversas ciudades de ambas riberas del Mediterráneo, en plazas públicas de Medio Oriente tanto como de Europa y Norteamérica, en los campus y las calles de México y Chile aparecen jóvenes expresando su indignación con el estado actual del capitalismo neoliberal. No se trata de un solo “nuevo actor social”, como rápidamente podríamos postular, sino más bien de una gran pluralidad de sujetos, unidos entre sí más por lo que rechazan que por lo que les une. Pero como recalca Boaventura de Sousa Santos para un caso que podemos considerar precedente del fenómeno de la indignación, el movimiento altermundista de los Foros Sociales Mundiales, el hecho de unirse a partir no de una identidad, sino de una alteridad, de otro al que se enfrentan, es constitutivo de los movimientos sociales y por tanto no debería ser percibido como una debilidad del mismo.»

¿Cuál es ese “otro” al que nos enfrentamos en las diversas latitudes?: «A pesar de las diferencias contextuales, una de las principales fuentes de indignación es la percepción generalizada y compartida de que los propios gobiernos, más o menos democráticos, más o menos autoritarios, más o menos soberanos en sus decisiones, se convierten en títeres de lo que se ha dado en llamar “capitalismo de casino”: la imposición del capital financiero internacional por encima de las decisiones macroeconómicas que pudieran tomar gobiernos regionales o nacionales de extracción democrática.»

Pero ese “capitalismo de casino” que advertían algunos hace 6 años, rápidamente se convirtió en su peor monstruo, el capitalismo turbo o neoliberal con su necesaria —porque la requiere para reproducirse y sobrevivir un tiempo más— compañera inseparable: la corrupción.

Esa corrupción que permite que prácticamente ningún servicio, público o privado, funcione como debería o promete, lo que termina pervirtiendo cualquier espacio social convirtiendo en víctimas potenciales a cualquiera que, en mal momento, se atraviese en la animalidad de otro cualquiera que no tiene incentivo alguno para comportarse con una mínima humanidad, o siquiera el temor de ser descubierto y castigado.

Una niña va caminando por la calle, lleva su mochila a la espalda, un libro abrazado al pecho y con uniforme escolar, a la vuelta de la esquina, ya muy próxima, hacen fila sus posibles agresores: alguien que podría ser un familiar o vecino, detrás un ministro religioso, luego un policía, después un tipo con cara de pervertido —como los demás— y lentes oscuros, por último alguien quien podría ser cualquiera: un maestro, un fiscal, un juez, lo que se imagine. Es el cartón publicado por CHELO en El Universal del 3 de febrero de este año, que retrata con singular realismo y potencial crueldad el grado de vulnerabilidad en que viven nuestras niñas, adolescentes y mujeres en general, no por nada se han multiplicado las denuncias públicas de acoso, feminicidios, desapariciones y secuestros. Al igual que la corrupción que se resiste a ser controlada y acotada, el machismo exhibe su mayor crueldad antes de que lo alcancen los controles sociales, la necesaria humanidad que se pierde con un sistema económico que convierte a cualquiera en simple mercancía para ser explotada por los más sinvergüenzas y corruptos.

Ya que se aproxima el 14 de febrero y su cauda de comercialismo barato del amor y la amistad, aprovechemos lo que plantea una mujer lúcida, literata por vocación y que ha escrito sobre el amor, las relaciones románticas y a veces sufridas en lugar de disfrutables:

«A las mujeres se nos ha educado tradicionalmente con un énfasis tan enfermizo en el amor romántico que tendemos a inventarnos a los amados. Y así, a menudo sucede que, en vez de mirar de verdad a un varón e intentar conocerlo, la mujer se lo inventa, lo idealiza, le adorna con todo tipo de virtudes, aunque no resulten visibles para nadie. O sea, a lo mejor el tipo es un grosero y un zafio, pero la mujer se empeña en intuir que, en lo más hondo de su corazón atormentado, ese hombre es un poeta, un ser tierno y sensible. Para peor, la mujer se convence, enardecida, de que va a ser ella quien lo va a salvar de sí mismo. Ella curará sus heridas y liberará al prisionero interior, al dulce amado. Ya lo dice con toda claridad el cuento clásico: las mujeres se pasan la vida besando repugnantes ranas con la loca ilusión de transmutarlas en príncipes. [...] Hay excepciones, claro, pero se trata de un comportamiento muy extendido (yo misma caí alguna vez en mi juventud en tal demencia). Somos mineras de amor e intentamos extraer paladines perfectos de la morralla de la imperfecta realidad. Y es así porque estamos educadas en el machismo, una ideología profundamente patológica que nos hace a todos muy desgraciados. Porque el síndrome de las redentoras no solo puede conducir a sangrientas tragedias, sino que hay otros dramas cotidianos que también parten de ahí. Como dice el cómico francés Arthur, “el problema de las parejas es que las mujeres se casan pensando que ellos van a cambiar y los hombres se casan pensando que ellas no van a cambiar”. ¡Qué terrible lucidez! Muchas mujeres están empeñadas en mudar al amado para que se convierta en el hermoso príncipe que ellas han inventado. Empiezan la relación creyendo que lo conseguirán, pero cuando transcurre el tiempo y la pobre rana sigue siendo, como es natural, verde y viscosa, hay mujeres que se sienten estafadas, sin advertir que son ellas mismas quienes se han engañado; y comienzan a sentir un rencor desatinado e injusto por el otro, el cual a su vez comprobará, pasmado, el cambio aterrador de su mujer, que ahora ya no solo no le idolatra como antes, sino que incluso parecería que le odia. De estos sueños rotos nacen en ocasiones dolores muy profundos, convivencias tóxicas. Si queremos jugar a salvadoras, salvémonos en primer lugar a nosotras mismas de los espejismos.»  

https://elpais.com/elpais/2019/01/28/eps/1548672505_550375.html?id_externo_rsoc=FB_MX_CM&fbclid=IwAR3gUEkgn7gTIDoNwTM37EGOMto_dJg8HpauIFzzewczlsb70Cdff0_PU14

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