LA MAÑANERA

Golpear la corrupción es difícil y peligroso, pegar en un lado es provocar una onda expansiva dado que las prácticas corruptas están estrechamente relacionadas, no se quedan en el simple y cuantioso robo de combustible, sus redes son vastas y profundas. Prácticamente no hay actividad comercial que se escape de sus efectos. Por eso el temor de que esos intereses corruptos quieran responder con la violencia, ya que su desprestigio es tal que no pueden provocar el mínimo de simpatía para sus retorcidas ofensivas propagandísticas, enderezadas por unos medios de comunicación acostumbrados al dinero para callar o distorsionar al gusto del patrocinador en turno.

Resulta una paradoja, pero si algo han logrado los medios de comunicación masiva es unificar el pensamiento. Los medios nos dicen cada día el tema que debe llamar nuestra atención y, en plan más atrevido, lo que debemos pensar sobre eso. Nuestra “libertad informativa” queda acotada en una “aldea global” —término de Marshall McLuhan—, que simula ofrecer una variedad ilimitada de temas e interpretaciones. Pero eso es solo la superficie de algo más profundo.

En países como el nuestro, donde el Estado ha renunciado a ejercer directamente esa libertad de información, para “concesionar” a medios de comunicación privados el manejo discrecional de los datos que generan las instituciones públicas, o son susceptibles a la influencia de funcionarios, coludidos con los dueños de esos medios privados, el ciudadano queda sujeto al capricho o manipulación de lo que conoce cotidianamente y de la definición de las decisiones que, basado en información ordenada, suficiente y oportuna, debería tomar.

«La libertad de información puede definirse como el derecho a tener acceso a la información que está en manos de entidades públicas. Es parte integrante del derecho fundamental a la libertad de expresión, reconocido por la Resolución 59 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, aprobada en 1946, así como por el Artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948), que dispone que el derecho fundamental a la libertad de expresión incluye el derecho de "investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.» 

http://www.unesco.org/new/es/communication-and-information/freedom-of-expression/freedom-of-information/

La crisis de credibilidad y confianza es otro de los amargos componentes del ambiente corrupto y corruptor en que estamos sumergidos, la manipulación informativa reflejada hasta en nuestro valiente cine mexicano —la “caja china” mencionada y denunciada en la “dictadura perfecta”—, ha hecho que interpretemos las declaraciones al revés: si dicen que todo está bien significa que todo está mal; si declaran que algo es un incidente aislado asumimos que es una situación generalizada; si nos juran que todo está bajo control significa que no tienen idea de lo que están diciendo.

Pero además objetamos los temas que nos proponen —imponen— de manera sospechosamente coordinada, pero aun con esos mecanismos de defensa no podemos sustraernos a la influencia de comentaristas, intelectuales que defienden o justifican los intereses del grupo dominante y, en este caso, favorecido por la corrupción generalizada, y de los medios que utilizan para difundir sus planteamientos y tratar de imponerlos a los demás. 

En una síntesis muy apretada, para uno de los principales teóricos del tema, el italiano Gramsci: «1) Los intelectuales son los organizadores de la función económica de la clase a la que están ligados orgánicamente. 2)  Los intelectuales son también los portadores de la función hegemónica que ejerce la clase dominante en la sociedad civil. Trabajan en las diferentes organizaciones culturales (sistema escolar, organismos de difusión –periódicos, revistas…-) y en los partidos de la clase dominante con el fin de asegurar el consentimiento pasivo, si no el activo, de las clases dominadas en la dirección que la clase dominante imprime a la sociedad. 3) Son, del mismo modo, los organizadores de la coerción que ejerce la clase dominante sobre las otras clases por medio del Estado. 4) El intelectual tiene también como función la de suscitar, en los miembros de su clase a la que está vinculado orgánicamente, una toma de conciencia de su comunidad de intereses, y la de provocar en el seno de esta clase una concepción del mundo homogénea y autónoma.«

https://kmarx.wordpress.com/2012/11/20/el-intelectual-organico-en-gramsci-una-aproximacion/

Así como no hay medios de comunicación neutros, ajenos a cualquier tipo de interés, tampoco hay intelectuales completamente independientes a los grupos económicos dominantes en cierta época y sociedad. Por eso es importante que el actual presidente de la República salga a los medios, temprano y varias veces a la semana, porque tiene que llenar el vacío de información con que se cubren y proliferan las prácticas corruptas, tiene que mostrar a la sociedad en general que hay otras formas de vivir y practicar la convivencia respetuosa y pacífica sin que un grupo abuse del otro, por más poderoso que sea o se crea. Ante una prensa acostumbrada a complacer en lugar de investigar y exhibir, a vivir de los favores dispensados con recursos públicos en lugar de atenerse, principalmente, a la difusión de información sustentada, ante los cambios en las reglas del juego, o más bien la exigencia de que se respeten esas reglas, que el gobierno federal ponga su narrativa y la información que genera a disposición de cualquier ciudadano que tenga acceso a televisión abierta, o a estaciones de radio o redes sociales, es un recurso más en la lucha contra la corrupción.

Así, el presidente impone en la agenda la información que antes se ocultaba, exhibe los silencios y las pantallas complacientes y cómplices, los espacios de prensa que se quedan vacíos de propaganda oficial y que hay que ocupar con periodismo de investigación, a los periodistas de boletín oficial, a los mandaderos de las direcciones o jefaturas de información que hacían todo menos informar.

Impedir la corrupción le pega a todo y a todos, de allí el tamaño y agresividad de los tradicionales beneficiarios que comienzan a perder sus ilegales fuentes de ingreso, por eso hay que acostumbrarse a la transparencia, a saber y exigir que el derecho a la información se cumpla, a que se fortalezcan los mecanismos para difundirla y propiciar su discusión e interpretación. Ni modo, hay que cambiar porque el estado de cosas ya era insoportable.

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