DEMOCRACIA HUACHICOLERA

Huachicolear es verbo, se refiere a una acción hecha por alguien que pretende engañar y olvidar que lo que hace perjudica a otros.

No era la intención del vocablo original, según refiere Mónica Cruz en un texto publicado por el suplemento Verne del diario español El País del 15 de mayo de 2017. https://verne.elpais.com/verne/2017/05/13/mexico/1494639805_655440.html

Mónica encuentra que la palabra huachicol «Proviene del término maya waach, que se usa para describir a los foráneos o los forasteros. La palabra se castellanizó como huache o guache, la cual mantuvo su sentido original, pero se usa de forma despectiva. Según el Diccionario de mexicanismos, guache también se usa como sinónimo de falso o de mala calidad.» Aunque en la versión que consulté, página 764, no aparece dicha semejanza, así como tampoco aparece el término huachicol.

https://www.academia.org.mx/obras/obras-de-consulta-en-linea/diccionario-de-mexicanismos

Siguiendo con su investigación, la periodista encuentra otras derivaciones apropiadas a lo que conocemos hoy: «Derivado de este último significado, surge el huachicol, una bebida adulterada, casi siempre un tequila al que se le agrega alcohol de caña, explica Luis Ernesto Salomón, profesor de Derecho en la Universidad de Guadalajara y columnista del diario El Informador: “Ese alcohol adulterado se le llama huachicol o producto huachicolero”, explica el académico. “Los hauchicoleros son los que producen y venden el producto. Los parroquianos lo consumían a pesar de los riesgos de intoxicación”.»

De allí a generalizarse y enraizar en la principal industria nacional solo queda dar un paso: «Esta mezcla indebida de dos alcoholes tiene similitudes con una de las formas más antiguas y comunes de robo de combustible en México, explica la periodista Ana Lilia Pérez. “Los choferes de las pipas o los transportistas metían una manguera en la pipa llena de combustible y sacaban un 10% del producto”, dice. “Para que no se notara la extracción, le meten agua para compensar el peso. A esto se le llama huachicolear”. [...] Salomón, de la UdG, cuenta que en un viaje a Puebla y Tlaxcala, descubrió que en algunas comunidades se usa el término huachicolero para describir al autor de otras actividades ilícitas, como la venta de mercancía robada. “Me llamó la atención que se tomara con mucha naturalidad, es una forma de describir a un grupo de gente que opera en un área gris”, comenta. “Incluso los que realizan estas actividades se llaman a sí mismos huachicoleros. Los jóvenes me decían, yo me dedico al huachicol”.»

Convertir el término a verbo solo es el paso siguiente, ‘huachicolear’ se convierte en la acción consciente, por elección y voluntad, de hacer trampa, de practicar la corrupción en un intento de sacar una ventaja frente a los otros que en automático ocupan el lugar de víctimas, a veces sin saberlo, pero sí sufriéndolo; de organizarse con otros para escalar en hacer lo indebido, convertir a quien se deje en cómplice de una práctica que tendrá pocos beneficiarios pero muchos peleando por migajitas. Sobra decir que esas redes huachicoleras —o corruptoras, como guste decirle— pronto se extienden y terminan por contaminarlo todo.

Por eso llama la atención que organizaciones que durante años callaron ante las diferentes prácticas huachicoleras ahora se declaren garantes de la honestidad y transparencia, que ciudadanos y opinadores que nunca vieron responsables de la catastrófica situación del país ahora se declaren celosos vigilantes de lo que dejaron hacer, que “personalidades” de la academia llamen a respetar los “organismos autónomos” obviando que se armaron con base en cuotas que se repartieron los partidos políticos huachicoleros, por eso, fuera de ellos, nadie les cree ni confía en su falsa independencia o autonomía.

Darle una revisada a la manera en que se procesó la integración del INEE —educativo—, de la CNDH, del INE —electoral—, de las fiscalías estatales, de medios públicos de información, de muchas ONG’s que subsistieron dándole una máscara de transparencia a lo que estaba más negro y espeso que el chapopote, puede servir para matizar el desempeño de personas e instituciones que jamás defendieron lo que presumieron en espacios pagados y eventos patrocinados por los huachicoleros en jefe.

Si no supiéramos el historial de agravios que esas prácticas y sus practicantes han cometido durante décadas contra una ciudadanía cada vez más harta e indignada, podría sorprender el mayoritario apoyo que ha despertado la lucha contra la corrupción y el huachicoleo a pesar de las molestias, de las campañas de odio y desinformación, de las plañideras y catastrofistas, de los que desgraciadamente mueren por elegir no hacer caso a las advertencias más elementales; lo sorpresivo es que se esté dando de manera pacífica aunque eso implique entramparse en procesos legales de una democracia huachicolera, diseñada para no castigar los delitos que debieran ser graves, acostumbrada a no investigar, a cerrar los ojos frente a lo evidente, a embarrarse las manos, la cara y su poca dignidad.

Cambiar nuestra forma de pensar, de actuar, de ser ejemplo para las generaciones que nos siguen no será fácil ni rápido, pero sí posible, porque no lograron huachicolearnos el alma.

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