PENSAR EL MAL

Por todos lados —a pesar de las omisiones y ocultamientos intencionados— brotan las cifras de la corrupción en nuestro país. Todos somos víctimas porque, al contrario de lo que algunos piensan, no hay crimen sin que haya alguien que padezca las consecuencias.

La riqueza generada por todos es arrancada para concentrarla en unos cuantos, peor cuando se utilizan las instituciones públicas para acelerar el despojo que ya se da a través de prácticas desleales que provocan ventajas de los grandes grupos empresariales para reventar a cualquier posible competidor. Allí están los miles de millones de pesos, de barriles, de litros robados de combustible. Y es lo que está de moda, pero lo mismo pasa con las concesiones de servicios públicos para lo que sea: construir calles, autopistas, hospitales, escuelas, rehabilitar viviendas siniestradas; distribuir agua, gasolina; transportar mercancía o pasajeros; comprar medicinas, equipamiento escolar; comprar espacios en la prensa y recompensar a reporteros, opinadores, editorialistas, columnistas que se porten bien y callen lo que convenga o le den tendencia intencional a lo que “informen”; darle mantenimiento —o dejar de hacerlo— a refinerías, carreteras, drenajes y demás que se le venga a la mente.

Como ya se dijo públicamente, pero lo sabíamos casi todos: un aparato gubernamental intencionalmente diseñado para la corrupción y no para facilitarle la vida y garantizar los derechos del ciudadano que lo mantiene con sus impuestos. A eso llegamos.

La corrupción no es una práctica inocente que se desborda, tampoco se nace con esa inclinación ni se nota en la cara o en la forma de vestir. Como bien sintetiza Ernesto Kavi en la edición decembrina del Reporte sexto piso: «el mal existe porque somos libres. El mal es una decisión. Y, por ello, siempre lleva en sí la promesa o la posibilidad del bien. Erradicar el mal implicaría erradicar lo que nos ha permitido ser nosotros mismos, nuestro bien más preciado: la libertad. El drama humano está en esta encrucijada: permitir que el mal exista y, así, lograr nuestra libertad, o erradicarlo y aceptar nuestra servidumbre.»

Lo más doloroso no es saber las mañas de las que se valen los malos, en su faceta de corruptos, para provocar daños por cantidades escandalosas medidas en cualquier forma, sino el saber y conocer que existan personas que elijan ese comportamiento sin importarles que haya otros, cercanos por parentesco, vecindad, nacionalidad o humanidad, que van a padecer las consecuencias de su elección. Si hay algo que no pueden hacer es ignorar los daños que sus acciones u omisiones provocan en los demás.

La filósofa Hannah Arendt, citada en un ensayo —El mal impensado de Martin Legros— del Reporte sexto piso que comentamos, llega a la conclusión de que «El mal es un fenómeno superficial y, en lugar de ser radical, es simplemente extremo. Resistimos al mal cuando no nos dejamos llevar por la superficie de las cosas, cuando nos paramos y empezamos a pensar —es decir, cuando alcanzamos otra dimensión diferente a la vida cotidiana. Dicho de otra manera, cuanto más superficial es alguien, más probable será que esté listo para ceder al mal [...] Este tipo de juicio no presupone que se haya de estar dotado de una inteligencia bastante desarrollada ni infundido por la ética, basta simplemente con tener la costumbre de vivir consigo mismo de un modo explícito, es decir, entregado a ese diálogo silencioso consigo mismo que, desde Sócrates y Platón, tenemos la costumbre de llamar pensar...»

En la entrevista titulada “Una lucha sin fin”, el filósofo Michaël Foessel habla sobre algunas vías para superar al mal; se refiere a la justicia, a la venganza, al perdón. Examina la irreparabilidad del mal y sus consecuencias, también de las formas para intentar sobrepasarlo. No hay espacio para detallarlo, si acaso mencionar la que puede ser la idea principal «... la lucha con el mal es una lucha hasta el infinito. Pero este infinito es el de la libertad. Podemos vencer el mal a nivel local, pero nuca venceremos aquello que lo hace posible. Esta lucha hasta el infinito es desesperante si nuestra esperanza aspira a un mundo perfecto, exento del mal. No es desesperante si esto significa que hay un futuro, y que este futuro estará hecho de las elecciones y las subsecuentes implicaciones libres de sujetos libres.»

Dice la psicóloga y terapeuta infantil Mariana Zermeño  (https://www.youtube.com/watch?v=Qw6_fE9REsA) que ante una situación difícil los niños pueden entender lo que sucede empleando como herramienta los cuentos. En esa línea Luigi Amara y el caricaturista Trino colaboran en la autoría de un texto llamado “El paraíso de las ratas” —editorial Sexto Piso— que al decir de la reseñista Perla Velázquez «Luigi Amara y Trino crearon este microuniverso de ratas donde la corrupción, como en nuestro país, ha permeado todos los niveles. ¿Cómo explicarla a los niños?, la respuesta es este libro que si bien está enfocado a chicos y jóvenes, no es condescendiente». La intención es evidente y no hay que sacarle la vuelta; en voz de Trino: «Creo que los niños tienen la capacidad de leer esta fábula como una historia tenebrosa de una cloaca, pero ya cuando vas creciendo y los adultos lo leen ya tienes el contexto de que es México, que es el sistema al que nos estamos refiriendo. De alguna manera, es como una introducción a saber todo eso y esperamos que los niños cuando crezcan y vuelvan a abrir el libro, lo lean con otros ojos.» 

http://noticias.canal22.org.mx/2018/12/20/este-es-el-paraiso-de-las-ratas/?fbclid=IwAR1v13MVtK1RNFLmOxdwDAnej-TjMq3WGz6RER6ouIy3wVZuUC0jig8kMDo

A final de cuentas de eso se trata; pensar el mal para que el bien surja como una elección posible y deseable, en lugar de estarnos quejando mucho después de las consecuencias por permitir que unos cuantos hagan lo que se les pega la gana sin medir consecuencias, sin pensar, pues.

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