LA APUESTA CULTURAL

En el vendaval —del francés vent d’aval “viento de abajo” según RAE— de ideas que surcan nuestra atmósfera imaginativa y que, después de mucho tiempo, se antojan posibles, casi al alcance de la mano, está el cambio anhelado en la política cultural de nuestro país.

La provocadora procacidad del recién nombrado director de la editorial del estado, el Fondo de Cultura Económica, trajo a las redes sociales y a los medios de comunicación masiva el tema del cambio en el trato a las manifestaciones culturales de un México que se valora por su diversidad y persistencia.

Ayudándonos de un ensayo del doctor en Filosofía Benjamín Valdivia, docente en la División de Arquitectura, Arte y Diseño de la Universidad de Guanajuato, podemos considerar la cultura «como un área especializada de la organización social, sobre todo en lo que atañe a la estructura del estado; se designa con ese término a una esfera del poder, a saber el sector cultural; tal sector forma parte del orden del estado y es campo de enfrentamiento entre visiones opuestas respecto del futuro que debe alcanzar la sociedad.» Precisamente esa visión de futuro es la que está en juego cuando se deciden los gastos e inversiones, la orientación de la infraestructura institucional y el andamiaje jurídico que se cambia o adapta con el cambio de gobierno.

La importancia de la política cultural la ejemplifica el Dr. Valdivia con una cita del teórico francés Louis Althusser quien, refiriéndose a la producción y reproducción de las formas sociales, «cita una carta de Marx a Kugelmann (11 de julio de 1868): “si una formación social no reproduce las condiciones de la producción al mismo tiempo que las produce, no puede durar ni un año”. Sin duda es el conjunto de la sociedad el que produce la cultura, pero parece ser el estado el que se asegura de que se reproduzcan las condiciones en las cuales esa cultura se produce; y en las cuales, también, ese poder puede continuar ejerciéndose.»

Más claro. «El estado procede mediante lineamientos de política, los cuales siguen las instituciones llamadas culturales, que a su vez impulsan o minimizan a los artistas y sus obras según su cumplimentación (o no) de los lineamientos del estado. A esos lineamientos, en sus diversos niveles de alcance y aplicación, se les conoce como políticas culturales. En general, las políticas culturales son enunciados que describen —en términos de deberes o de objetivos— los propósitos (o despropósitos) de un grupo en el poder. En tanto enunciados, las políticas culturales no son actos ni son leyes ni son instituciones, aunque todas esas políticas parecen darse según leyes mediante instituciones que apoyan la realización de acciones. La institucionalización de las políticas culturales conlleva proyectos; y los proyectos conducen a acciones.»

Resulta claro que la política cultural no se expresa únicamente a través del citado FCE, también se hace con los grupos de danza, las orquestas sinfónicas o filarmónicas, el uso y abastecimiento de las bibliotecas públicas, las galerías de arte y museos, las casas de la cultura o cualquier otra forma de manifestación artística que quepa en la división tradicional de artesanía, arte popular o alta cultura, pero las tres debieran estar consideradas en cualquier proyecto cultural, al menos así sostienen algunos expertos.

«...al inicio del siglo XX, en México se presentaban tres tendencias de política cultural en torno a la definición de la identidad nacional; una de ellas pretendía recuperar y fortalecer las formas populares de expresión, mediante la disponibilidad de medios productivos de imágenes en manos de la masa, pues considera que la identidad nacional se da por la expresión del pueblo; otra tendencia pretende imbuir en el país las más altas formas de cultura universal, haciéndolas llegar a los sitios más recónditos, pues considera que la identidad nacional estriba en la asimilación de la universalidad; una tercera pretende integrar las formas más técnicamente depuradas de la expresión mexicana a la comunidad internacional, pues aduce que la identidad nacional consiste en establecer una voz propia en un diálogo mundial en que cada país tiene el mismo derecho y nivel expresivo que los demás.»

Esas tres tendencias adquieren características propias en el siglo XXI. No se puede ignorar que los avances tecnológicos en las comunicaciones impactan en las expresiones culturales, pues ignorarlo puede hacer fracasar cualquier política cultural; quizás esas nuevas tensiones puedan tomarse en cuenta desde la perspectiva del autor que nos explica el tema.

«En la planeación de políticas culturales, se debería considerar —además del carácter masivo o elitista del proceso o producto promovido— si los significados que se pretende privilegiar corresponden a la conservación de las tradiciones, a la asimilación en un presente efímero (esto es, de moda), o a la progresión a futuro. Mi punto de vista personal es que el político de la cultura tiene el compromiso de atender los tres frentes, ya que cada uno de ellos es representativo de un sector social diferente. Los errores, tanto de prospectiva como de operación, se deben a la inadecuación entre el tipo de producto significativo y la franja de consumo a la que se dirige, así como su inadecuada planeación o sopesamiento para las relaciones de poder.»

Entonces se trata de algo más profundo que discutir qué persona dirige qué institución, lo que está a consideración es la manera en que un gobierno se apoya en la cultura para promover un proyecto de país que se asume como incluyente, tolerante, diverso, honesto, seguro, prudente y moderado, lo que necesariamente se traducirá en proyectos concretos que expresen esos significados de los que habla el Dr. Benjamín Valdivia.

«De inmediato notaremos que la demanda se extiende tanto en tiempos como en significados hacia las tres vertientes analizadas: conservación de las tradiciones; innovaciones efímeras dentro de la masificación; y renovaciones de ruptura orientadas al futuro. Esto es, que las sociedades pretenden cubrir sus necesidades de significación cultural sobre su propio pasado, su atmósfera presente y sus potencialidades futuras. Desde luego, no son los mismos sectores los que tienen todas las demandas señaladas. La habilidad de una política cultural coherente radica en vislumbrar la finalidad del proceso en armonía con los agentes concretos.»

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