SEIS AÑOS

El tiempo es tan relativo que en la política mexicana se mide en sexenios, tan persistentes es la tradición que se siguen imponiendo a pesar de que el neoliberalismo insiste en aplanarlo todo. Desde que se les ocurrió el rollo del “fin de la historia” con la insistencia de que el capitalismo turbo era el culmen de la civilización occidental —que para ellos es la única que vale la pena y se justifica—, nos quieren hacer creer que las otras etapas apenas eran la sufrida resistencia de utópicos y anarquistas tercos que no entendían la superioridad del falso libre mercado y de la democracia que insisten en llamar “liberal” —será porque nos dejan la “libertad” de padecer una vida poco digna sin oponer resistencia—.

Bueno, pues inicia otro sexenio, pero ahora con la esperanza de que sea diferente a los anteriores. Sentimos que llegamos a tocar fondo y que es necesario dar un salto cualitativo porque quedarse donde mismo no es opción, la inmovilidad es ilusoria y frecuentemente encubre retrocesos graves. El salto debe ser hacia la disminución de las desigualdades, hacia la construcción de una sociedad que valore a todos y cada uno de sus integrantes, que garantice —con la participación ciudadana— la seguridad pública, que no tolere lo intolerable como la corrupción y los privilegios a unos cuantos a costa de todos.

Seis años son pocos para enderezar lo torcido, para regenerar un tejido social desgarrado, para recuperar la confianza, la amabilidad, la solidaridad y la seguridad. La polarización social pretende instalarse como escenario truculento ante la falta de una oposición real que sirva de crítica y contrapeso. Los partidos políticos no aciertan a reconstruirse porque están infectados con los grandes males nacionales que debieron combatir en lugar de permitirlos y formar parte de ellos. Si prevalecía la idea de que “el que no transa no avanza”, ahora, tantas mañas los descalifican ante una sociedad harta de abusos y corruptelas.

Por necesidades de impresión, este texto se escribe antes de la toma de posesión del presidente para el sexenio 2018-2024, una transición de un terciopelo rasposito, pero así tiene que ser, porque arrancar lo que está podrido será doloroso, habrá que raspar la superficie y después hurgar con profundidad para llegar a lo que se puede regenerar sanamente. Afortunadamente hay cuerpo social suficiente y muy sano debajo de la podredumbre, lo ideal será que queden pocas cicatrices, pero a veces son inevitables.

Reconstruirlo todo dejará pocas energías para la revancha, pero si con malas artes se impiden los cambios la venganza puede ser el hoyo negro que se trague todo y quedemos peor que como estábamos.

Hay que serenar la impaciencia, hay que precisar las críticas para afinar los detalles de la transición, hay que tener idea cierta de a dónde queremos llegar y cómo queremos hacerlo para no caer en la provocación de las discusiones estériles que se quedan en la superficie de los problemas.

Ya sabemos quiénes integrarán el gabinete presidencial, ha habido tiempo para conocer sus ideas, antecedentes e intenciones; ya sabemos las historias personales de los legisladores que acompañarán esta primera etapa sexenal, no han ocultado sus filias y sus fobias. No hay sorpresas y esperemos que no las haya a pesar de las presiones, de los intentos de cooptaciones, de los egos inflados artificialmente, de los descuidos y desviaciones.

En todo aprendizaje hay errores y se rectifican en lugar de negarlos o esconderlos; que esa sea la tónica sexenal.

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