EN LO OSCURITO

Antes desconocíamos quiénes iban a integrar el gabinete que, por ley, nombra el presidente en funciones, apenas nos íbamos enterando el día de la toma de posesión o al día siguiente, por aquello de no arruinarle el día al nuevo. A veces alcanzábamos a intuir las prendas que adornaban a los recién nombrados: pago de cuotas políticas o económicas, amigos de la infancia, compañeros de la escuela, financiadores de elecciones locales o federales, pero casi nunca alguien que tuviera un perfil interesante o siquiera apegado a la función que “se le encomendaba”.

Más recientemente, conocíamos algunas de las “promesas” de campaña que dizque se firmaban ante notario público aunque nunca se cumplieran, el chiste era salir en la foto transformándolas en “compromisos”. Suficiente con recordar el fallido tren de alta velocidad México-Querétaro en el que se perdieron millones de dólares y horas de radio y televisión, más lo que se desperdició en tinta por las discusiones barrocas de algo que no se cumpliría, con la amarga experiencia de un anterior fracaso: el tren eléctrico que solo funcionó el día de su inauguración, con una máquina que hubo que restaurar porque de tantos años guardada se convirtió en obsoleta e inservible, allí siguen como mudos testigos del fraude los durmientes de concreto importados, los postes que sostendrían los cientos de kilómetros de cables electrificados, los miles de metros de malla ciclónica destinada a contener los ímpetus atravesadores de la fauna de dos y cuatro patas, que en muchas ocasiones dividiría pueblos, comunidades y barrios, como aquí, en la hermana república de Hércules. Todo para que unos cuantos empresarios y burócratas de alto nivel —de corrupción— se enriquecieran a costa del erario. Bueno, hasta se nombró a un ingeniero agrónomo para encabezar el estudio de si seguía siendo viable el proyecto, y que después de meses concluyó que no.

Despacito, a veces hasta con miedo y vergüenza, nos enterábamos de que el trazo de tal carretera o autopista pasaba por el rancho de otro tal político, o de que las tierras donde se construiría algún parque industrial o aeropuerto habían sido compradas apenas antes de que se confirmara, con bombo y platillo, el proyecto. O de que la refinería prometida apenas se quedó en una carísima barda perimetral en un terreno que no se usa para nada.

A puro capricho y conveniencia se construían puentes sobre lechos secos de ríos, se concesionaban bancos, autopistas, sistemas de alumbrado y transporte público convirtiéndolos en los monstruos monopólicos que ahora padecemos y que nadie parece querer controlar. Se decidía la construcción de presas que inundaban pueblos enteros para darle agua a una industria que poco la aprecia y mucho la contamina, para regar inmensas extensiones de tierra para producir hortalizas de exportación. Se dieron indiscriminadamente permisos para la explotación forestal, minera y de todo tipo a cambio de meras limosnas para las comunidades campesinas e indígenas. Se creció la burocracia de alto nivel de ingresos de manera innecesaria y hasta escandalosa, no se salva ninguno de los tres poderes en su despotismo deslustrado.

Se declaró una guerra sin saber cómo hacerlo y sin reconocer que el enemigo estaba dentro de las instituciones que se corrompieron hasta la ignominia, pero los muertos, desaparecidos, torturados, extorsionados, robados y demás canalladas, se cargaron del lado de una ciudadanía indefensa y temerosa. Hasta que comenzó a organizarse.

Los cotidianos ajustes de cuentas entre los controladores y beneficiarios de la delincuencia organizada apenas alcanzaban para provocar una momentánea indignación, que era seguida por otra, y por otra, y por otra, hasta que se “normalizaron” sin que hubiera correctivos, investigaciones, sanciones, una urgente rectificación en el rumbo desviado del país.

Pero mucho de lo importante, de las tomas de decisiones, de las corrupciones sucedían en lo oscurito, hasta que dejó de importarles porque de todos modos “no pasaba nada”. Y a la opacidad sucedió la desvergüenza.

Muchos, muchos de los que hoy se revuelcan en su odio nunca defendieron nada, ni levantaron la voz por las víctimas, ni exigieron transparencia, ni se comprometieron a trabajar por un cambio en el estado de cosas. Creyeron que su burbuja aguantaría cualquier pinchazo de la realidad, y ahora que se dan cuenta de que no es así se declaran indignados y exigen que las cosas regresen a donde han estado los últimos sexenios.

Extrañan y pregonan el apego estricto a una legalidad tramposa y que pretenden eterna, a no permitir que casi cualquier ciudadano se atreva a opinar, a intentar decidir fuera de los circuitos diseñados por esos poderosos fuera de la vista pública.

Ni modo, si el gobierno federal entrante logra cristalizar más de los cambios prometidos durante su dilatada campaña, se estarán poniendo las bases para afianzar una manera diferente de hacer las cosas, porque seguir como íbamos no era soportable.

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