ESOS LOCOS MARAVILLOSOS

Todos contra ellos, porque se ven feos, ridículos, porque agreden nuestras buenas conciencias, porque van contra la decencia y las buenas costumbres, porque pervierten a los que los ven, los oyen, los huelen, ni hablar de tocarlos o probarlos. Las redes sociales son refractarias a los argumentos, se celebra más el insulto, se vale recurrir a la mentira, a la desinformación, mientras no se recurra a exhibir al cuerpo humano, permanente fuente de vergüenza y pecado.

Si un grupo de mujeres, se reconozcan o no como feministas, recurren a desnudarse parcial o totalmente en una manifestación o protesta pública, no tardan los “bondadosos” censores en burlarse, en repudiar esos cuerpos ajenos a la manipulación digital, lejos de esos estándares de belleza impuestos por unos medios de comunicación que perviven provocando la insatisfacción e infelicidad perpetuas. Para ellos no importa lo justo o no de las demandas, la desigualdad encubierta en la normalización del machismo, de la corrupción, de la pobreza extrema y de la riqueza insultante por antiética; importa lo feas que se ven, la celulitis, la piel vencida por los años y manchada por la radiación solar, el exceso o carencia de curvas, las asimetrías mal disimuladas.

Peor si los “encuerados” son trabajadores o campesinos que no tienen más forma de protestar que su cuerpo, porque son invisibles cuando de hacer justicia se trata, pero muy notorios cuando de encontrar víctimas es el juego. No tarda la burla por que se ven panzones o flacos, porque la conjunción de obesidad y desnutrición se ven feas juntas, porque no son cuerpos cultivados en un gimnasio, porque se les resbalan los calzones de guangos por el exceso de uso, porque están percudidos, porque no se ven machos.

Para escandalizarse no hay mejor festín que las marchas para celebrar el orgullo gay, cuando “las locas y marimachos” pierden la vergüenza y se exhiben públicamente en un arranque de libertad que pocos toleran. ¡Qué ejemplo para los niños! ¡Qué bofetada para los que prefieren el clóset y hasta homofóbicos se vuelven!

Nada qué ver con las manifestaciones “espontáneas” convocadas por los intereses privilegiados con sus cacerolas en mano, con sus consignas contradictorias: los que reniegan de la democracia, invocándola; los que defienden el individualismo queriendo ser masa, los que solo salen a la calle con sus autos, dejándolos en manos del valet parking o del chofer para salir a caminar; los que llaman a los fotógrafos de sociales para tomar la “selfie” disque no planeada; los que llaman a la catástrofe para ponerse como salvadores de una patria que no les importa si no es para devastarla.

A su narrativa conservadora, al terror que quieren infundir al cambio hay que oponerle otra. Lo que veremos en nuestro país, los intereses que gobernaron durante los últimos sexenios defendiéndose de que se les quite el negocio, de su relación perversa y que parecía indivisible con el poder político que supuestamente tiene que ver por todos y no solo por ellos, el descaro en el abuso del financiamiento y de la obra pública para volverse más ricos mientras los demás empobrecemos. Pero esto no es exclusivo de este México agraviado que no olvida fácilmente las crisis en que nos metieron.

Prefiero esos locos maravillosos que se juegan el pellejo por construir su propio relato, por influir en su destino, por salir de las tinieblas en que muchos quisieran que siguieran para no escandalizarse porque cuestionan sus propias inseguridades, en lugar de las modosas protestas que defienden intereses de grupos pequeños, de privilegiados que solo arriesgan su excesiva concentración de la riqueza a costa de lo que sea.

«El mundo está virando; está cambiando; se está oscureciendo. Ya no podemos jugar según las viejas reglas de la complacencia. Debemos inventar nuevas formas de hacer, nuevas formas de pensar. El país más poderoso del mundo parece hoy una corte feudal llena de intrigas, alimentada de mendacidad, ahogada en su propia soberbia. Debemos saber qué es verdad. Debemos decir cuál es la verdad. Y debemos llamar mentira a la mentira. [...] Es el momento de proclamar que la superioridad económica no significa superioridad moral.» Chimamanda Ngozi Adichie. Verne. Diario El País 28 de octubre del 2018.

Se trata de salir de la trampa del lenguaje “políticamente correcto”, ese que encubre la realidad con el pretexto de hacerla más amable, ese que rechaza decir las cosas por su nombre por el miedo de que alguien se vaya a ofender, ese que da la apariencia de que hemos cambiado cuando seguimos siendo los mismos conservadores de siempre, víctimas de discursos ajenos que modelan nuestro destino y lo disfrazan de elección libre y consciente.

Como señala la escritora nigeriana citada antes recordando una vivencia reciente en su pueblo natal: «Esa experiencia me hizo abandonar mi idea boba y romántica de que “hablar claro” va unido a la certeza de un apoyo generalizado. Pero me aclaró la importancia de hablar de lo que importa: no se debe hablar porque uno esté seguro de que le van a apoyar, sino porque no puede permitirse el silencio.» https://elpais.com/cultura/2018/10/26/babelia/1540567059_956054.html?id_externo_rsoc=FB_CC&fbclid=IwAR3Szik4iKxdodUKIf0mXNpwAydQoNk5n8j5n_GseyrXnMkEemBXEsyBReE

Remata diciendo que es el momento de relatos más complejos, esos que se meten hasta el tuétano de quienes sufren alguna injusticia, que sufren las desigualdades provocadas por los victimarios que se disfrazan de víctimas, que no son simples números en manipulables estadísticas.

Preferibles los locos que defienden sus derechos, que los perversos que viven expropiándoselos a todos los demás.

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