CALAVERAS, CACEROLAS Y DIABLITOS

Como todo símbolo está cargado de significados, el llamado Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México —NAIM por sus siglas— concentra y representa el clímax de corrupción del gobierno federal saliente. Es su criatura póstuma, concebida desde la soberbia de creer tener asegurado el triunfo en las elecciones de junio de este año con cualquiera de sus candidatos y cualquiera de sus coaliciones.

Allí están, desnudos, los tráficos de influencias, los precios inflados, los materiales de calidad inferior al presupuestado, las mafias de constructores, de transportistas, la especulación inmobiliaria y el despojo a los pueblos vecinos, la corrupción en la asignación de contratos, los pagos adelantados sobre obras no realizadas, el dispendio, la destrucción ecológica, lo inadecuado del terreno y lo que han llamado Aerotrópolis, un proyecto megamillonario sobre miles de hectáreas que de otra manera resultaría incosteable en su urbanización y venta en el corto plazo. Las consecuencias sobre una ciudad sedienta y que se hunde aceleradamente no importan, el chiste es hacer negocio.

Lo anticipamos y lo escribimos en el número de la primera semana de abril de este semanario titulado, precisamente, “El Nido”, porque para la campaña morenista ese era y es el ejemplo del descaro y complicidad a la que podía llegar un gobierno que solo estaba gobernando para beneficio de una minoría de grandes empresarios, sin importar los costos, mucho menos la ética, ni para qué insistir en la presunta responsabilidad social que tanto presumen y de la que carecen. Y todo a costa del presupuesto público y del ahorro forzado de millones de trabajadores cautivos de unas AFORES que dan migajas a cambio de que ellos inviertan lo ajeno donde no quieren arriesgar sus muy cuantiosas fortunas.

Para colmo de los males, esa forma amañada de hacer las cosas ya mordió a los de casa, sus carísimas torres médicas, sus costosos y dizque lujosos centros comerciales o condominios de lujo presentan los mismos “inconvenientes” de su perversa forma de operar: pisos que se anegan de aguas negras porque el drenaje es insuficiente, puentes que se caen con cualquier sismo de mediana magnitud y provocan víctimas fatales, áreas completas que se derrumban por su propio peso y eso que apenas están en construcción o tienen poco tiempo operando, secciones habitacionales de lujo que con las lluvias parecen gozar de cascadas interiores y un largo etcétera que ellos conocen.

Del otro lado de esas mafias solo se opone un presidente electo y una propuesta de gobierno que no ha tomado posesión, pero que está respaldado, de inicio, por 32 millones de votos. Por ello el mecanismo es lo de menos, se trata de movilizar a una parte de ese apoyo electoral, irlo transformando en una masa que se organiza alrededor de demandas muy específicas y forzar a los barones de la política neoliberal y del dinero a acatar la decisión de que ese tipo de tranzas ya no serán toleradas. Y eso es bien difícil.

Creer que esos intereses se van a quedar nada más viendo cómo pierden sus ventajas ilegales y privilegios es una ingenuidad; en lo público declaran apoyar al gobierno electo pero, por debajo, sin enseñar la mano, tiran todas las puñaladas traperas que pueden, utilizando los medios de comunicación —son los dueños—, inventando asociaciones de especialistas, patrocinando membretes de organizaciones inexistentes o de puros cuates y prestanombres, cooptando a quien se deje, comprando al que no aguante, amenazando, hostigando, golpeando con todos los medios a su alcance más los que se presten “desinteresadamente”. 

Las presiones están y seguirán, tratarán de desgastar al nuevo gobierno, inventarán escándalos, magnificarán minucias, comprarán las lealtades de aquellos que siguen creyendo que sus empleos e ingresos se los deben a ellos y no a sus capacidades y conocimientos. Hay que recordar que seguimos siendo el país de las quesadillas sin queso, del chile que “no pica”, del ciudadano que no participa, pero convierte cualquier teclado en arma para ejercer sus miedos y prejuicios. Para esos los cacerolazos siguen siendo una opción.

Los diablitos allí andan haciendo de las suyas, descalificando, queriendo ridiculizar, apelando a la desmemoria, borrando por saturación mediática los millones de víctimas, todo lo que se han robado, todas las injusticias cometidas, todas las corruptelas gozadas por décadas, los millones de empobrecidos, los desplazados por su violencia, los muertos por negligencias y complicidades, las innumerables calaveras sembradas por todo el país. Y todo para seguirse enriqueciendo, aunque sigan siendo unos infelices.

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