LA MEMORIA ANTES DEL 68

No, nunca fue la inventada en los discursos oficiales “conspiración internacional comunista”, nunca fue la falsa intervención de agentes externos o de traidores a la Patria —así, con mayúsculas—, siempre fue el despotismo de un régimen político y de su brazo gubernamental.

El 68 mexicano no se explica sin los movimientos sociales anteriores, que son ignorados en nuestra historia oficial, esa que resulta ajena a los libros de texto, esa que todavía cree en la generación espontánea para no hurgar en una memoria colectiva que se resiste a la amnesia generacional.

Los estudiosos coinciden, los movimientos sociales mexicanos se incrementan en número e importancia a mediados de la década de los 50 del siglo pasado. Pocos recuerdan el magisterial de 1956-1960, que ya presenta características diferentes a los movimientos campesinos anteriores, en el sentido de que ahora es un gremio —los maestros— con características educativas y profesionales específicas que los llevan a organizarse y tener demandas diferenciadas, ahora son esa parte de la sociedad encargada de llevar a cabo los postulados sociales de una revolución que, contradictoriamente, pretende “institucionalizarse”, las que cuestionan el nuevo orden posrevolucionario, que lo desnudan en cuanto a sus pretensiones autoritarias.

Un poco más cercano en el tiempo pero todavía alejado en la memoria, el movimiento ferrocarrilero del 58 con Demetrio Vallejo a la cabeza, que mostraría la forma en que el aparato gubernamental enfrentaría cualquier intento de organización gremial o de movimiento de masas organizados alrededor de demandas puntuales y por fuera del corporativismo oficial: la represión y el desprestigio público utilizando a una prensa escrita obediente y cooptada, y una naciente industria radiofónica y televisiva que servía como altavoz del poder. El ejército tomaría los locales sindicales, se asesinaron dirigentes, cientos de ferrocarrileros fueron consignados y encarcelados, los despedidos sumaron centenares.

Con las potencias surgidas de la segunda guerra mundial dividiéndose el mundo, el gobierno estadunidense se adjudica ser el protagonista bueno de esa llamada “guerra fría” librada en contra del antagonista casi demoníaco y “comunista”. Así, nuestro vecino del norte construye su propia narrativa donde ellos son los “guardianes” del mundo, los “defensores” de la democracia, los modelos de un “american way of life” al que todos debemos aspirar pero que no podemos merecer. Y su intervencionismo económico y militar los lleva a invadir países, derrocar gobiernos, asesinar disidentes, reprimir movimientos sociales propios y ajenos, a imponer por la fuerza sus intereses económicos y políticos con la frecuente complacencia de las castas políticas locales. Como manchas indelebles en la historia quedan las guerras intervencionistas más sangrientas incluso que la II Guerra Mundial, en Corea de 1950 a 1953 y la de Viet Nam de 1955 a 1975.

Mientras tanto en Cuba, la insurgencia dirigida por Fidel Castro lograba derrocar al régimen pronorteamericano de Fulgencio Batista en 1959.

En ese contexto y buscando la cobertura para no tener que “afiliarse” ni a unos ni a los otros, nacen los Movimientos de Liberación Nacional en 1961, que declaraban, entre otros puntos: «Rechazamos la doctrina Monroe y la política de pretendida seguridad y defensa hemisférica que menoscaba nuestra soberanía. Oponemos al panamericanismo opresor, un latinoamericanismo que libere nuestras fuerzas productivas, amplíe nuestras posibilidades de desarrollo, fortalezca la solidaridad y cooperación entre nuestros pueblos y contribuya eficazmente a la paz en el hemisferio y en el mundo.» En el caso mexicano, ese movimiento agruparía a diferentes fuerzas de izquierda y a lo que se llamó “nacionalismo revolucionario” incluyendo, por primera vez, una serie de organizaciones sindicales y políticas fuera del oficialismo priista.

En su nacimiento, su dirigente formal y moral, el general «Lázaro Cárdenas planteó: “...Ni en la lucha por la Independencia ni en la Reforma ni en la Revolución de 1910 se habían confabulado las fuerzas de las oligarquías dominantes, las del clero político y del imperialismo norteamericano, como sucede hoy”. Y agregaba: “...México, como todos los demás pueblos de América Latina, tiene que organizarse, unirse para la defensa conjunta de sus intereses; y a esto tiende la asamblea que ustedes celebran”.» 

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=116914

Pero antes, como antesala del movimiento estudiantil y universitario, los médicos de los hospitales públicos, de esas instituciones encargadas por la Revolución —también con mayúsculas— para cristalizar los ideales populares de garantizar la salud de los mexicanos sin distingos de ninguna especie, estallarían su movimiento en busca, inicialmente, de defender sus derechos laborales. 

«El movimiento de residentes e internos comenzó el 26 de noviembre de 1964, pocos días antes de que Gustavo Díaz Ordaz asumiera como nuevo presidente de México. Como en el caso de otros movimientos sociales, sus raíces se remontan a un reclamo específico. Unas semanas antes había circulado el rumor de que los residentes e internos del hospital "20 de Noviembre" de la Ciudad de México no recibirían ese año su aguinaldo como era costumbre. El escenario del conflicto, el hospital "20 de Noviembre", era sorprendente ya que había sido inaugurado unos pocos años antes y, supuestamente, era un ejemplo reluciente del éxito del sistema de salud pública mexicano. Este hospital formaba parte del complejo de salud pública -Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) e Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE)- que, desde 1943 y 1959 respectivamente, prestaban atención sanitaria a gran parte del pueblo mexicano. Las clínicas y hospitales del IMSS eran reconocidas como prueba tangible y uno de los logros principales del partido gobernante posrevolucionario mexicano: la seguridad social.» 

Pero a esa demanda inicial, y dada la sordera del aparato oficial y su partido, se fueron incluyendo otras que tocaban el corazón del autoritarismo presidencial, mostrando la inconformidad hasta el momento encubierta, de los profesionales de la salud en todo el país. La represión también fue la respuesta.

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