OBLÍGUESE, PERO NO SE CUMPLA

Que el país está en un estado de desastre lo sabemos todos. Aunque algunos insistan en no darse cuenta, tan lo sufrimos que los resultados electorales recientes no necesitan mucha explicación. Están los datos duros, están los nombres y apellidos de las víctimas de la dejadez, del desamparo, de la ineficiencia, del valemadrismo. Muchos de ellos oficiales, de estadísticas y evaluaciones que no alcanzan a maquillarse por la velocidad con que circula la información.

Nuestro sistema educativo nacional no escapa a la debacle, aunque pretendan decir que por eso se hizo la reforma laboral en la educación, los supuestos cambios, que además ya tienen años tratando de arraigarse sin éxito, no aciertan a corregir el rumbo. Quizás porque los profesores no estamos convencidos, se nos ninguneó, se nos culpó del mal desempeño de funcionarios y directivos que cobran como si supieran y trabajaran.

Dice el INEE —Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación— que no se vale utilizar los resultados de las evaluaciones para afirmar lo antes expuesto, que las distintas evaluaciones tienen diferente intencionalidad y diseño, por lo que hacer “promedios” o establecer “rankings” —clasificación de las escuelas de mayor a menor según el promedio de puntos obtenidos por sus estudiantes— es un uso perverso de las evaluaciones masivas y estandarizadas.

Si bien el INEE admite que conocer esos resultados es indispensable para que el sistema educativo pueda valorar los aspectos significativos que influyen en el aprendizaje de los estudiantes, lo principal es que la sociedad en general tenga la seguridad de que se está cumpliendo con los objetivos para los que se creó y funciona esa inmensa estructura educativa. Garantizar que los recursos, materiales y humanos, necesarios y suficientes, están disponibles para que cualquier niño o joven mexicano aprenda a ser buen ciudadano, mejor ser humano, pueda convivir en sociedad ejerciendo sus derechos y obligaciones, se deshaga de prejuicios, sea crítico y analítico y desarrolle los saberes, las actitudes y aptitudes requeridas para disfrutar de una vida plena en este siglo 21.

En su informe “La educación obligatoria en México 2018” el INEE señala, entre otras muchas cosas, que: «En 2015, 77% de la población nacional se concentraba en localidades urbanas y semiurbanas. Según el censo de 2010, en el país había 192mil 247 localidades, de las cuales 98% eran rurales. A los niños que viven en localidades de entre 100 y 500 habitantes los atiende el Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe) mediante modalidades comunitarias donde los maestros son becarios egresados de bachillerato, hospedados y alimentados por las comunidades. Sin embargo, en las localidades de menos de 100 habitantes vivían 784mil 866 niños y jóvenes en edad para asistir a la educación obligatoria para los cuales no existe una política específica de atención educativa. [...] Solamente 53% de los niños indígenas en edad de preescolar y primaria es atendido en una escuela bilingüe intercultural. Esto quiere decir que poco menos de la mitad recibe una educación carente de relevancia y pertinencia lingüística y cultural.»

La importancia del tema en nuestro país está en su tamaño y cobertura: «El sistema educativo mexicano es uno de los más grandes del mundo, con poco más de 36 millones de alumnos, de los cuales 30.9 millones están matriculados en algún nivel de educación obligatoria. Éstos son atendidos por 1.5 millones de docentes en 243mil escuelas o planteles escolares a lo largo y ancho del país. La gran mayoría del alumnado se encuentra matriculada en escuelas y planteles de sostenimiento público. [...] Matricularse y asistir a la escuela es apenas el primero entre varios factores que concurren en el logro de aprendizajes, pero su importancia es innegable. La asistencia a la escuela se ha incrementado en todos los grupos de edad que comprenden la educación obligatoria. [...] Pese a ello, todavía 1 de cada 5 niños de 3 a 5 años y 1 de cada 4 de 15 a 17 años de edad no asisten a la escuela, si bien es este segundo grupo el que reporta el mayor crecimiento en la asistencia, de casi 24 puntos porcentuales en los últimos 15 años. [...] En números absolutos, la cifra de alumnos que abandonaron la escuela en el ciclo escolar 2015-2016 es considerable: poco más de 1.1 millones, de los cuales 770mil pertenecían a la EMS —Educación Media Superior— [...] Las causas predominantes del abandono escolar obedecen a factores económicos, ya que los estudiantes tienen necesidad de trabajar. Sin embargo, el abandono también está asociado con factores relativos a la gestión de la escuela y del aula, así como a la relevancia de la enseñanza, factores que el sistema educativo debe combatir.»

Considerando los resultados de 4 evaluaciones masivas, una nacional (PLANEA) y las otras internacionales (PISA, LLECE e ICCS) se concluye que: «Los resultados obtenidos a partir de ellas muestran bajos logros de aprendizaje por parte de una proporción muy alta, a veces mayoritaria, del alumnado. Los estudiantes obtienen calificaciones por debajo del nivel básico de desempeño tanto en Lenguaje y Comunicación como en Matemáticas. El porcentaje de alumnos que no logra los propósitos básicos de aprendizaje aumenta conforme se avanza en los niveles educativos.»

Curiosamente, entre los posibles factores que hay que tomar en cuenta para superar esa situación no aparece el informar puntual y oportunamente a los docentes de las intenciones, resultados e interpretación de la multitud de evaluaciones que se hacen a lo largo de un ciclo escolar, por lo que las planeaciones académicas se hacen a ciegas, ignorando el contexto, sin simulaciones, de los estudiantes de cada escuela; tampoco se menciona la falta de funcionamiento de los órganos e instancias de participación social o académica, que solo se reúnen cuando a los directores se les pega la gana —en EMS— o a rellenar formatos en los consejos técnicos de educación básica; menos se considera el tomar en cuenta la opinión y saber de los docentes respecto de programas y planes de estudio, por lo que se les aparecen como impuestos —lo son— y totalmente ajenos a su práctica cotidiana.

Como esperada consecuencia de tales desorden e imposición: «Los resultados de aprendizaje son más bajos en las comunidades más pequeñas, en alumnos que viven en zonas de alta o muy alta marginación, en niños HLI (hablantes de lengua indígena) y entre los alumnos que proceden de familias de menores ingresos y cuyos padres cuentan con menores niveles de escolaridad.»

Insistir en que los profesores tenemos la culpa no se sostiene ni con sus datos: «Los resultados de los docentes evaluados con el primer modelo fueron en general buenos. En 2015, solo 13.8% de los docentes de educación básica y 17.3% de los de EMS obtuvieron resultados insuficientes. En 2016 la evaluación fue de registro voluntario y, naturalmente, el porcentaje de quienes obtuvieron resultados insuficientes fue menor (5.6% de educación básica y 5.9% de EMS). En cuanto a directores y supervisores, la proporción que obtuvo resultados insuficientes fue mayor: 21% en ambos casos.»

Hay muchísimos datos más, solo queda recomendar la lectura de dicho informe. Lo que sí se puede concluir es que urge un cambio en la estrategia, la actual no funciona ni funcionará por los vicios de origen ya comentados en esta y otras ocasiones. Ni modo, así estamos.

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