50 AÑOS DE UTOPÍA

Tuvieron que pasar 50 años. Algunos ya no lo contábamos, como toda utopía parecía inalcanzable, pero no lo era. Ni era utopía porque se logró y, por tanto, tampoco era imposible de lograr.

Ya lo decían los viejos sabios como Eduardo Galeano: «La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.» Y caminamos como esa generación que parecía no tenía de dónde agarrarse, demasiado joven para el 68 mexicano, para los movimientos de masas de los ferrocarrileros, de los médicos, de los sin tierra. Demasiado ajenos e incrédulos de ese socialismo irreal que se derrumbaría en el 89 con el muro de Berlín. A veces demasiado pasmados para enfrentar ese neoliberalismo que declaraba unilateralmente el fin de las ideologías y de la historia y que se instalara en nuestro país, de la mano de los tecnócratas educados en las universidades anglosajonas, en un extraño amasiato con ese priismo que se presumía eterno y que gobernara más de 70 años de forma ininterrumpida.

La sacudida estudiantil del 68, sofocada por los francotiradores, las tanquetas y bayonetas del 2 de octubre, quedó frustrada; le siguió una larga travesía por el desierto de la represión política ya visualizada por uno de los líderes magisteriales de la UNAM, Heberto Castillo, quien urgiría en la formación de un partido político que diera cauce a las demandas de ese movimiento y las integrara con las sindicales, obreras y campesinas, que tampoco habían tenido buen fin por presentarse desarticuladas ante un gobierno y su partido que se veía monolítico y disciplinado hasta la ignominia.

Algunos, en la desesperación y buscando una salida, optaron por la vía armada, no tardaron en aparecer grupos guerrilleros rurales y urbanos contra los cuales se libró una “guerra sucia” que implicó espionaje, radicalización inducida, desapariciones forzadas y asesinatos, en lugar de su detención legal y posterior enjuiciamiento. Un seguimiento pormenorizado se puede consultar en el libro: “Las armas de la utopía. La tercera ola de los movimientos guerrilleros en México” de Hugo Esteve Díaz. Pero no es difícil recordar a Genaro Vásquez, a Lucio Cabañas, a la Liga Comunista 23 de septiembre y otros.

Para colmo, el PRI mutó y produjo tres engendros más: el “nuevo PRI” con su corrupción desvergonzada y sus aventajados alumnos, el panismo fox-calderonista y el perredismo chucho-mancerista. Ni para dónde hacerse. Aún así aparecieron destellos organizativos; antes del 68, sin registro legal, ya existía el Partido Comunista Mexicano, que atrajera a intelectuales importantes, pintores, muralistas, fotógrafos, teatreros, novelistas, científicos, quienes aparecieran después en diversos intentos sindicales y se encontraran en las cárceles clandestinas del régimen y otros en el exilio. Muchos de ellos ya no alcanzaron a vivir la euforia morenista. Como reacción a la escalada de violencia que se veía venir aparecieron el Partido Mexicano de los Trabajadores, cuya convocatoria fuera redactada por Carlos Fuentes y firmada por Heberto Castillo, Luis Villoro, Demetrio Vallejo y Octavio Paz; y un falso clon armado desde las cavernas de la secretaría de gobernación, el PST, inicialmente PFCRN, escuela política de los chuchos perredistas —Jesús Ortega, Jesús Zambrano, Carlos Navarrete, y su maestro y mentor Rafael Aguilar Talamantes—.

Cuesta trabajo seguirles la pista a esas demandas estudiantiles que posteriormente se ampliaran por el apoyo casi espontáneo de profesores universitarios, de obreros, de organizaciones vecinales urbanas y de intelectuales importantes. Algunos ven una derrota casi inmediata, porque le siguió la represión abierta, la consolidación del PRI y la aparición de los tecnócratas, de esa “primera generación de norteamericanos nacidos en México”, como metáfora amarga de la influencia que el neoliberalismo promovido por los gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, tenían en nuestros funcionarios financieros educados en las universidades de nuestro vecino del norte.

Vendrían las falsas alternancias, el miedo a romper o la complicidad con una corrupción e impunidad sistemáticas, con los falsos paradigmas de que es buena la concentración de la riqueza porque después, de manera “natural”, se filtraría al resto de la sociedad, cosa que nunca ocurre. La escalada del crimen organizado, el golpeteo permanente contra los derechos laborales, contra la propiedad colectiva de la tierra, contra el respeto a los recursos naturales, el despojo de bosques, de tierras consideradas sagradas por nuestros pueblos originarios, el desmantelamiento de las instituciones públicas que hacen realidad el derecho a la educación, a la salud, a la vivienda, al trabajo, a una vida y jubilación dignas. Todo iría desapareciendo en esa “no ideología”, como se presentó el neoliberalismo rapaz y depredador.

Pero vinieron las victorias casi milimétricas que fueron ganado las conciencias y cuestionando ese orden desigual e injusto: los movimientos feministas, por el reconocimiento a la diversidad, por lo derechos humanos, que fueron escalando por “generaciones”; aparece la corriente democrática del PRI, un candidato presidencial que perdiera en unas elecciones más que cuestionadas y el zapatismo indígena del EZLN.

La izquierda política tuvo que evolucionar, deshacerse de dogmas y avanzar teóricamente. Su zigzagueante desarrollo con retrocesos importantes se vio en la convergencia que formara primero al Partido Mexicano Socialista, seguido por el Partido de la Revolución Democrática, que cayera bajo el influjo de la partidocracia y la firma incongruente de un dizque Pacto por México, hasta llegar al actual Movimiento de Regeneración Nacional, que pudo concentrar el enojo, el hastío, la inconformidad con una casta política insensible que practica el despojo de todo lo que ambiciona sin límite alguno, y convertirla en un movimiento electoral pacífico fundado en la esperanza de que las cosas pueden y deben cambiar.

Quizá el 68 mexicano y los movimientos sociales anteriores se hayan expresado de alguna manera 50 años después; ojalá esa energía contenida sirva para transformar este país.

Visto 216 veces