LA RUPTURA

El componente principal que desestabiliza a este país no es el enojo —que lo hay, y mucho—, sino el agravio. Como señalan los economistas serios, esos que todavía se dan el lujo de ver las cifras desde la perspectiva de las mayorías y no desde las del empresariado avaricioso o del funcionario de escritorio de la Secretaría de Hacienda, si el crecimiento del PIB en los últimos años —que ya acumulan la decena— es de un promedio de 2.2%, el del salario en general ha sido del 1.2, y el del mínimo, ese que dicen que nadie gana, aunque ese “nadie” sean casi 8 millones de mexicanos, apenas incrementa 0.3%.

La ruptura es evidente y cerrar los ojos no la desaparece. No hay comunicación entre los ciudadanos y la casta política, no hay una representatividad real de los gobernantes, se sienten completamente ajenos a su electorado, no hay legitimidad en sus cuestionados pactos y reformas. La distancia entre unos y otros es cada vez mayor.

Lo anterior se muestra con toda su crudeza en el agravio diario a los miles o tal vez millones de ciudadanos que viven en zonas “controladas” por alguna banda o cártel de crimen organizado, con sus múltiples tentáculos que abarcan casi cualquier actividad económica. La agresión continua contra los derechos laborales mientras se protegen y crecen los privilegios de los poderosos de siempre. La ofensa de saber, directa o indirectamente, de las múltiples corrupciones que impactan directamente en nuestra calidad y expectativa de vida. Del conocimiento de las impunidades descaradas seguidas de la fabricación de culpables, de ciudadanos comunes y corrientes que estuvieron en el lugar y momento inadecuado para convertirse, de la noche a la mañana y por obra de la “magia judicial”, en peligrosos delincuentes responsables de crímenes que a ninguna autoridad le importa esclarecer.

El ultraje permanente de la inseguridad, de los feminicidios, de los asesinatos de periodistas y candidatos, de los crímenes de odio contra quienes se salen del molde de una “normalidad” impuesta por quienes aspiran a controlarlo todo: la apariencia, el comportamiento, la forma de pensar, la forma de vivir y de amar, porque le temen a la diversidad en cualquiera de sus manifestaciones.

Quizás sea que somos muy aguantadores o que preferimos esperar las coyunturas legales, pacíficas, legítimas para expresar nuestra inconformidad, pero ya tardamos demasiado porque los daños pueden volverse irreparables en un plazo razonable. Como sea, soportamos hasta el proceso electoral, si este también se cierra la paciencia puede que no tenga un plazo más, que la desesperación elija manifestarse de otras formas y en otros ámbitos.

Vale la pena aclarar que este texto, por necesidades de edición e impresión, se escribe días antes del primero de julio, antes de esa jornada electoral que se adivina tensa porque los poderes fácticos insisten en crearse una realidad alterna, ajena y lejana a la cotidianidad de la mayoría que buscará escapar al ilusorio paraíso de un país descontrolado, injusto, inequitativo, violento en muchas ciudades y regiones. Esos poderes que solo respetan el voto y la voluntad de la mayoría cuando les conviene, cuando la crean a su imagen y semejanza.

Coincidentemente celebramos el número mil de este semanario, en el intento de dar cuenta de esas exigencias ciudadanas, de contribuir a explicar desde puntos de vista alternos lo que nos sucede, lo que sentimos, lo que pensamos. Se trata de contribuir a las necesidades de una ciudadanía ávida de opiniones sustentadas en teorías e investigaciones recientes, agarradas hasta con las uñas de las pocas certezas que nos quedan.

En esas estamos, entre el agravio propio y el miedo inyectado por las cúpulas de todo tipo, entre la indignación que nos tiene que mover y el miedo que paraliza, entre la necesidad urgente de cambio y el miedo a perder lo que ya perdimos, entre arriesgarnos a pelear por buscar algo diferente y el miedo a perder los privilegios que no tenemos —que nunca hemos tenido— porque otros se los quedaron.

Ojalá que el proceso electoral sea esa vía de expresión y de esperanza, de cambio paulatino pero seguro, del escape de la violencia que nos atrapa y no nos deja vivir en paz. Mientras, seguimos arando, cada quien en su parcela, cada quien con su dignidad como fuerza para seguir a donde se pueda.

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