APRENDER A IMAGINAR

No hay aprendizaje. Uno supondría que las principales instancias oficiales encargadas de la educación pública tendrían que ser congruentes con lo que predican. No es el caso. En un país donde la regla es la impunidad, la corrupción y la designación de jefes y funcionarios con base en el compadrazgo y el descarado nepotismo, no en los méritos y el conocimiento, hasta la educación sufre por falta de aprendizaje.

El pasado domingo —día de por sí poco propicio para actividades intensivas— 3 de diciembre, fue “sometida” al proceso de evaluación la tercera generación de docentes de educación media superior, específicamente los de las áreas mal llamadas ciencias exactas o experimentales: física, química, informática, matemáticas, probabilidad y estadística, ciencias naturales y algunos del resto de ellas. Ya sin la amenaza de un boicot al proceso evaluatorio hubo diferentes sedes, algunos se dejaron llevar por las expectativas y eligieron aquellas que creyeron tenían los mejores equipos informáticos, ya que estaban programadas 8 horas de responder “reactivos” frente a las pantallas de las computadoras.

Pero los problemas comenzaron antes, cuando la plataforma para recibir las planeaciones y las evidencias del proceso de enseñanza-aprendizaje, requeridas como paso previo a la jornada completa masiva, no fue suficiente para la demanda, ya conocida y convocada, y se cayó, por lo que hubo que ampliar los plazos de forma irregular, rompiendo con el presunto supuesto de igualdad de condiciones y elevando el nivel de estrés de los docentes que, teniendo todo preparado y revisado ad nauseam, no lograron que la plataforma les recibiera sus trabajos, o que tuvieran que dedicar horas de desgaste hasta encontrar un hueco en los millones de datos que cruzaban todo el país para, aparentemente —y esta es otra fuente de angustia— lograrlo.

Sobra decir que, si bien se acepta que hay un déficit generalizado en las habilidades psico-pedagógicas de los profesores, en esta generación de evaluados el caso se agudizó debido a que la inmensa mayoría cursaron una carrera que no tiene relación con la docencia, más en el caso de las ingenierías y demás grados que se refieren a carreras o áreas de conocimiento que ni tangencialmente tocan esos temas en el desarrollo de su profesión, y obviamente, también se les evalúo en ello y sobre el naciente y poco aplicado —por responsabilidad de los directivos, a quienes poco les importa— programa de desarrollo de habilidades socioemocionales.

¿Qué encontraron los docentes cuando llegaron a las sedes de aplicación de la última etapa de su evaluación? Estacionamientos cerrados porque las instituciones sedes no tienen dinero para pagar horas extra a los encargados de abrirlos y vigilarlos. Un trato poco digno, muchos mencionaron que se sintieron como en campo de concentración nazi, o como manada de animales enfilada al matadero. No en todas las sedes, pero sí en las principales, como la UTEQ: equipos viejos, como sacados de un museo o de una escuela —que en ocasiones es casi lo mismo—, inadecuado para la población que lo tendría que utilizar —hay que mencionar que muchos de los docentes ya nos acabamos la vista en revisar tareas, trabajos, ensayos, reportes de investigación, calificarlos, vaciar los datos en actas con espacios pequeños, leer, leer y leer—, y que después de horas frente a una pantalla pequeña, distanciada de los ojos porque estaban encadenadas a las mesas y no se podían mover, con pantallas que reflejaban más la luz ambiental que lo que había que leer y responder, sin teclados ni mouse porque, supuestamente, no se requerían, por lo que había que utilizar el panel táctil —touchpad es el término en inglés— ya muy usado, poco sensible e impreciso; al grado de que hubo profesores que tuvieron que exigir se les proveyera de pantallas más grandes, de teclado y mouse para compensar en algo sus ya menguadas capacidades visuales.

De los contenidos de la evaluación hay mucho qué decir, pero basta con señalar que no se han logrado estandarizar esos “aprendizajes clave”, o competencias docentes disciplinarias, que se deben tener para estar frente a grupo. Da la impresión de que, todavía, se recolectan reactivos de teóricos de escritorio, que poco saben de los muy diferentes programas de estudio que conviven en media superior, que esos —reactivos, preguntas o casos— se revuelven y después se elige al azar los que van a ser incluidos en el proceso de evaluación docente, sin tomar en cuenta el grado de complejidad ni el tiempo necesario para leerlos, comprenderlos y buscar la solución correcta.

En fin, mientras el secretario de educación renunciaba para irse a coordinar la campaña del precandidato de su partido, dejando en la penuria al sistema completo y el creciente enojo magisterial, el presente y futuro de millones de niños y jóvenes sigue dependiendo de una reforma hecha sin la participación indispensable de los que estamos frente a grupo, sin convencer de sus supuestas bondades, en un contexto desalentador porque desde las cúpulas directivas se dice una cosa y se hace lo contrario. 

Hace falta una revolución educativa, aprender a ser ciudadanos con doble pertenencia: a un país y al mundo, aprender a convivir con un planeta con recursos agotados y en plena devastación en nombre de un progreso exclusivo para el 1% de la población, aprender a imaginar otras vidas, satisfactorias, plenas, dignas, para todos.

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