LOS MITOS Y LOS RITOS

Cuando importan, cuando sirvieron para algo socialmente significativo, cuando señalaron una época y representaron aspiraciones colectivas, los mitos devienen en ritos.

Generalmente aplicado a las costumbres religiosas, el ritual, esa serie de reglas, protocolos que se siguen en el culto a algo, también pueden aplicarse a fenómenos históricos importantes en la vida de un país. Es el caso de nuestra Revolución Mexicana, así, con mayúsculas.

Como sea que haya sido, articulados o no ideológica y militarmente, los distintos movimientos armados que coinciden en los alrededores de 1910 a 1917 tuvieron la astucia de cristalizar en un proyecto de país, que pocos, hasta ese momento, alcanzaban a visualizar en conjunto. Las demandas obreras, las aspiraciones campesinas, las diversas corrientes ideológicas que se entrelazaban entre sí, dieron como resultado un conjunto de conquistas sociales que otros movimientos armados, mejor coordinados e ideológicamente intencionados, no tuvieron.

Es de los pocos momentos en nuestra historia en que los intelectuales formaron parte de las primeras líneas de batalla y se ganaron, a sangre y bala, la confianza de los dirigentes populares, de las masas que los vieron jugarse el pellejo junto con ellas, que les confiaron el acceso a documentos celosamente guardados que demostraban la existencia de sus comunidades desde tiempos casi inmemoriales, de sus formas de organización, de su relación con ese otro mito fundador: la tierra.

En el caso de las organizaciones obreras, de trabajadores en general, el soporte estaba dado por las luchas propias y en otras latitudes por formas de organización del trabajo más dignas, que miraban al trabajo como una forma de realización humana y no como la simple explotación casi esclavista, como una manera de intercambio menos injusta entre el obrero y el empleado con su patrón, con los dueños de las fábricas y empresas.

Todo eso requería de nuevas reglas del juego, de la construcción de un Estado que mediara en una correlación de fuerzas siempre desigual para los que menos tienen. Requería de instituciones que hicieran realidad, en el menor lapso posible, una serie de derechos sociales que volvieran poco deseables los levantamientos armados, o las grandes movilizaciones sociales en demanda de derechos que sería mezquino y hasta poco cristiano negar.

El derecho a la educación pública, laica, gratuita y obligatoria, a la salud a través de múltiples clínicas, hospitales y centros de alta especialización e investigación; el derecho a vivienda digna, a un trabajo redituable para propiciar una vida familiar los más disfrutable posible, a una jubilación decorosa después de entregar parte de la vida productiva a una labor que produjera riqueza para todos, a disfrutar de los bienes naturales que, por lo mismo, no pueden ser propiedad de “alguien” sino de todos. El derecho campesino a la tierra, a precios justos y a los créditos e insumos para explotarla racionalmente. El derecho a ser alguien, a ser libre, a tener nombre, a ser reconocido y respetado, en igualdad, como sujeto con derechos y obligaciones.

Esos ritos, esas instituciones, esas demandas y conquistas sociales han sido bárbaramente negados, destruidos, repudiados por los que se asumieron por décadas como herederos directos y guardianes de esa Revolución que terminaron traicionando. Los mitos revolucionarios se volvieron indeseables en una claudicación de principios que hizo del falso gradualismo —más bien el retroceso— su bandera. Los ritos también se fueron vaciando, perdieron su esencia, ya no se recuerda con agrado a los héroes ahora convertidos en simples bandoleros, los constituyentes se quedaron en un altar de muertos de lo más plastificado que hemos visto, muy acorde con la forma de pensar de la casta política gobernante.

Las instituciones emanadas de las demandas revolucionarias han sido saqueadas impunemente, apenas quedan cascarones defendidos por grupos cada vez más disminuidos. No hemos sabido defenderlas de la rapacidad de los tecnócratas neoliberales. Pero, aun así, hay quienes defienden los rituales que ya no tienen más soporte que el agandalle, que el control político: «‘‘Lo que no cambia (en el partido) es su esencia, su liturgia, su estilo, su forma. Si a la Iglesia católica le ha funcionado más de 2 mil años, creo que no han cambiado las formas de hacer las cosas.’’» Defiende Peña Nieto los rituales sucesorios del PRI. 

http://www.jornada.unam.mx/2017/10/17/politica/006n1pol

Los ritos también se han vaciado. Resulta increíble que uno de los países con mayores problemas de obesidad en el mundo “celebre” su Revolución con un desfile deportivo, a cargo, principalmente, de estudiantes de educación básica con graves problemas de diabetes infantil y juvenil, con anemias y padecimientos gastrointestinales producto de la mala calidad de los alimentos que consume, principalmente de los llamados “productos chatarra” que tan celosamente defienden nuestros gobernantes con la complicidad de la COFEPRIS y las secretarías de Salud y Educación.

De seguir así, hasta ese desfile de mal alimentados y peor ejercitados corre el riesgo de involucionar, nada más falta que el próximo sexenio se convierta en concursos escolares y nacionales para sacar los campeones en tragarse cierta cantidad de kilos de frituras con medio litro de salsa picante y un litro de refresco de cola, que es lo que comen nuestro niños y jóvenes en muchas escuelas.

Ni modo, los ritos se pervierten igual que los mitos que los originaron. Pero, así como se han deteriorado, ambos se pueden recuperar y actualizar. Veremos

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