SUPONGAMOS

Supongamos que, en el mediano plazo y con la biotecnología, elevemos la esperanza de vida al doble de la actual; que ya no esperemos vivir 75 años sino 150. Dejemos por el momento las consecuencias sobre el sistema de pensiones, sobre el número de parejas sentimentales para aguantar vivir con alguien durante determinado número de años —el “amor eterno” lo inventamos cuando era rarísimo sobrepasar la quinta década de vida—, sobre la capacidad laboral extendida casi al ridículo, hasta condenar a los más jóvenes al desempleo.

¿Cuál sería la prisa para lograr alguna meta en la vida —tener hijos, estudiar alguna carrera, inventar algo, escribir un libro, ser solidario con los demás, no “morirse” de aburrimiento— si supiéramos que nuestra fecha de caducidad se alarga tanto que quizás cuando cumplamos esos 150 años la esperanza de vida ya anda por los 200 o más?

Cuánta razón tenía Ricardo Garibay cuando expresaba que uno de sus principales deseos era ser inmortal, para saber qué se sentía, y después morir. Y si mal no recuerdo completaba que ser inmortal debía ser mortalmente aburrido, y es que la vida no puede pensarse y, paradójicamente, vivirse, sin la muerte.

Pensemos en esos personajes bíblicos que vivían, según los textos que les sobrevivieron, cientos de años, un poquito menos del milenio: «El total de los días que Adán vivió fue de 930 años, y murió. [...] El total de los días de Matusalén fue de 969, y murió.» Y eso por mencionar a los dos más conocidos, pero todos tuvieron sus primeros hijos hasta después de los 100 años; allí está, en el capítulo 5 del Génesis, la larga lista de descendientes de Adán, con sus respectivas edades, y el colmo fue de Noé, que comenzó a tener hijos después de los 500 años, y ha de haber sido por aburrimiento. Ni modo de plantar un árbol ¿para qué si había muchos?, ni pensar en escribir un libro, menos una casi eterna autobiografía ¿para qué si no había quién lo leyera? Y tener un hijo, qué flojera, que sea después de los 100 años, si hay ganas y tiempo.

Y, aun así, al final estaba esperando la muerte.

Como estamos en un ejercicio de imaginación, no importa la precisión de los datos, nos sirven para plantearnos algunas dudas, para reflexionar lo que pasaría si no tuviéramos la certeza de fenecer; de otra forma no tendría caso ponernos metas a largo plazo que le den sentido a la existencia, a ese vivir “hacia fuera”, a volcarnos, para bien o para mal, hacia los otros.

Porque la vida no es el simple transcurrir del tiempo, hay que dotarla de sentido, hacer que valga la pena y que valga la alegría. Es querer seguir presentes, aunque sea en los recuerdos de otros que vivan después que uno, aunque también terminen perdiéndose en el otro inevitable: el olvido.

Nos inventamos la felicidad para perseguir algo durante años, para apurarnos en llegar a ser lo que queremos o lo que los otros quieran que seamos, sobrepasamos múltiples penurias para caer en otras, nos tropezamos continuamente con la misma piedra, pero es que hay que alcanzar a hacer algo antes de que la muerte nos alcance, esa muerte que cuenta con la fortuna o la suerte —de la mala—, para cobrarnos la mortalidad antes de tiempo, por enfermedad, por accidente, por la maldad de otros, por los riesgos que nosotros mismos provocamos dizque para exprimir la vida.

¿Cómo cambiarían nuestras tradiciones si nuestra esperanza de vida fuera del doble o más? ¿Celebraríamos a nuestros fieles difuntos cada 10 años, siquiera para que se juntaran algunos? ¿O dejaríamos la fecha para recordar a los miles de desaparecidos, asesinados, a las víctimas de la corrupción de una casta política inmoral que busca eternizarse deshaciéndose de los demás?

¿Cómo serían nuestros altares de cada 2 de noviembre, qué símbolos tendrían? Quizás hasta serían virtuales, un simple apartado de la página de Facebook de cada uno y que lo “visite” quien no tenga nada qué hacer… en lugar de papel picado, de pan de muerto, de flores de cempasúchil, de cazuelas con deliciosos moles; unos sarcásticos memes, fragmentos de videos vergonzosos para el recién fallecido, unas marchitas flores falsas, una danza de burlones esqueletos, el falso testimonio de amores despechados e hijos no reconocidos.

Mejor, seguirnos muriendo antes de que nos caiga el tedio, o padecer la simple inercia de vivir porque no podemos morirnos. Mejor seguir protegiendo nuestras tradiciones porque le dan significado a nuestra vida y quizás hasta a nuestra muerte.

Supongamos, que nos morimos por vivir.

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