INVENTANDO AMÉRICA

Todavía en mi infancia se conmemoraba como el día del “Descubrimiento de América”; después, el nombrecito cambió queriendo zafarse de una amplia corriente de repudio. “Día de la Raza”, “Encuentro de dos mundos”, pongámosle el nombre que sea, la vieja Europa tenía la necesidad de sacudirse caducas formas de pensar, a la vez que encontraba una manera de justificar el peculiar salvajismo de la conquista y colonialización, algo que permitiera el genocidio, la carencia absoluta de piedad y misericordia, cualidades tan cristianas que solo se practican cuando resulta política y religiosamente conveniente.

Esa vieja Europa, urgida de algo que revitalizara sus desgastadas utopías, al grado de necesitar construir otra que les diera sentido a años de guerras sin más pretexto que las ambiciones de monarquías con diversos grados de locura. O quizás, siguiendo la pista que sugiere Carlos Fuentes, encontrada en los escritos de Edmundo O’Gorman, América no fue “descubierta”, sino que fue “inventada” por los europeos, porque la necesitaban para sacudirse esos viejos moldes que les impedían transitar de la Edad Media al Renacimiento, hacía falta una utopía que le diera ese impulso definitorio.

Ni qué decir que esa invención de un territorio que siglos antes ya había sido “descubierto” por las diversas culturas indígenas, que ya la habitaban, y en la que habían construido verdaderas formas, diferentes a la europea, de relacionarse con su ambiente y hasta con las ciencias y el universo, tenía que pasar por un proceso de destruir, o al menos “invisibilizar”, esas culturas, tan poderosas, que siglos después emergen como una alternativa, quizás tardía, a la destrucción de lo que hace que este planeta sea amigable con la especie humana.

Sin embargo, esa invención de “América”, como una especie de paraíso perdido y finalmente encontrado, pasó por un largo proceso de fabricación, porque había que hacer compatible el hallazgo de esas tierras ignotas con la idea predominante de la forma y extensión de la tierra, había que comprobar que eran algo diferente a la Asia que describía Marco Polo, y que era accesible por vía marítima, dado que la ruta de la seda seguía siendo larga, peligrosa y sujeta a cambios frecuentes de dominio territorial por la guerras, invasiones y expansión de tribus guerreras, muchas desconfiadas de esos bárbaros que tenían creencias totalmente diferentes, pero destructoras para ellos. Todavía en 1500, siete años después del primer viaje de Cristóbal Colón, seguían existiendo serias dudas acerca de lo encontrado. Dejando la reputación del genovés en vilo.

Ese llamado “orbis novus” por Pedro Mártir, todavía no era la necesitada y anhelada América. Hizo falta que, en 1502, Cristóbal hiciera otro viaje a la vez que Américo Vespucio hacía 4 travesías más para que, en noviembre de 1504, se vislumbrara, sin asegurar con certeza, que se estaba a la vista de algo diferente a lo propuesto y defendido por Colón.

Para dar una idea de las creencias que implicaba reconocer que se encontraban ante tierras desconocidas para la cristiana Europa, O’Gorman explica que: «El pensamiento de Vespucio es bien claro si lo referimos al horizonte cultural que le presta su significación. En efecto, para él, como para cualquier contemporáneo suyo, la palabra "mundo" aludía, según ya sabemos, al orbis terrarum, a solo la Isla de la Tierra, o sea a aquella porción del globo que comprendía a Europa, Asia y África y que le había sido asignada al hombre por Dios para que viviera en ella con exclusión de cualquier otra parte. Es así, entonces, que si a Vespucio le pareció lícito designar a los países recién explorados por él como un "nuevo mundo", es porque los concibió, según ya los había concebido hipotéticamente antes Cristóbal Colón, como uno de esos orbis alterius admitidos por los paganos, pero rechazados por los autores cristianos en cuanto que podía implicar una inaceptable y herética pluralidad de mundos.» 

http://www.ceapedi.com.ar/imagenes/biblioteca/libros/166.pdf

¿Cómo explicar ese “descubrimiento” sin confrontarse, momentáneamente, con los dogmas religiosos de la época? Una manera provisional fue a través de un documento: «el célebre folleto intitulado Cosmographiae Introductio, publicado en 1507 por la Academia de Saint-Dié, que incluyó la Lettera de Vespucio en traducción latina, y la no menos célebre y espectacular carta geográfica destinada a ilustrarlo, el mapamundi de Waldseemûller, también de 1507. En la Cosmographiae Introductio se dice: a) que, tradicionalmente, el orbe, es decir, la Isla de la Tierra en que se alojaba el mundo, se ha venido dividiendo en tres partes: Europa, Asia y África; b) que en vista de recientes exploraciones, ha aparecido una "cuarta parte"; c) que, como fue concebida por Vespucio, no parece que exista ningún motivo justo que impida que se la denomine  Tierra de Américo, o mejor aún, América, puesto que Europa y Asia tiene nombres femeninos, y d) se aclara que esa "cuarta parte" es una isla, a diferencia de las otras tres partes que son "continentes", es decir, tierras no separadas por el mar, sino vecinas y continuas.»

Tiene razón Carlos Fuentes, la “invención” de América no solo pasó por las carabelas de Cristóbal Colón, o por los viajes del resto de los navegantes españoles y portugueses, sino que también confrontó corrientes filosóficas, algunas que impedían el paso de una época histórica a otra significativamente diferente y, otras, que pregonaban la necesidad de deshacerse de formas viejas de ver al hombre y su relación con el universo. Carlos Fuentes. Espacio y Tiempo del Nuevo Mundo en descargacultura.unam.mx 

Mientras, nuestros pueblos originarios se enfrentaron a mecanismos desconocidos de exterminio, que nunca imaginaron.

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