Enrique Ponce, el novillero precoz

Esa tarde de viernes, en plena Feria de Fallas, aquel jovencito de dieciocho años se enfrentaba al más importante de sus compromisos profesionales y, de paso, lanzaba una moneda al aire para su futuro inmediato. Aquella tarde, en el ruedo de la plaza de toros de Valencia, salió por la puerta de toriles, sobre la que un pizarrón anunciaba el nombre de “Talentoso”, un toro negro, el de su alternativa, con 505 kilos, marcado en los costillares con el número 21, y procedente de una ganadería, la de Puerta Hermanos, que aportaba este sobrero a la oficialmente anunciada de Moura.

Enrique Ponce, vestido de blanco como si de una primera comunión se tratara, acudía a la cita que tendría como principal motivo ese fugaz encuentro en el tercio con la figura del toreo, José Miguel Arroyo, que le cedería los trastos de matar y le otorgaría la borla de matador de toros, luego de una extraordinaria etapa novilleril, de la que llevaba en las alforjas 111 orejas cortadas, a lo largo de 101 festejos toreados. A solo dos pasos de distancia, el atestiguamiento de Migue Báez complementaría el rito de aquella ceremonia largamente deseada.

Enrique había tenido un solo antecedente taurino para albergar esta peligrosa profesión: su tío abuelo, el matador de toros Rafael Ponce Navarro, “Rafaelillo”, pero de su ancestro solo tendría referencias, pues murió cuando él apenas tenía seis meses de vida. Así que de aquella valentía temeraria del tío abuelo, a quien nombraron “el ciclón de Valencia”, de aquella fama que le hizo torear las corridas de la Prensa y de la Beneficencia en Madrid y que menguaría por el estallido de la Guerra Civil, solo se enteraría de oídas.

Rafaelillo había sido apadrinado, al convertirse en matador de toros, ni más ni menos que por Rafael Gómez, “El Gallo”, después también llamado “el divino calvo”, y convivirá en los ruedos con toreros de la talla de los Bienvenida, de Domingo Ortega y hasta de Marcial Lalanda y Manolete. Vendría a México anunciado como “el temerario torero español” y confirmaría su alternativa en el Toreo de la Condesa de manos de El Soldado y teniendo a Luis Briones como testigo.

Pero Enrique, su sobrino nieto, nacido en la valenciana localidad de Chiva seis meses antes de su muerte, no alcanzaría a conocerlo, sino tan solo a escuchar de sus andanzas toreras en las conversaciones de los mayores de su casa. Acaso, eso sí, algo de su temeraria sangre corría por las venas del nuevo torero, que ese viernes de feria se enfrentaba a su destino.

El que sí había hecho méritos para acercarlo al mundo del toro fue su abuelo, el padre de Enriqueta Martínez, su madre, quien lo había llevado de la mano a las corridas y le había puesto delante de una becerra cuando apenas tenía unos ocho años de vida. Don Leandro Martínez le había puesto en suerte su futuro, precisamente en Chiva, esa pequeña localidad que lo vio nacer, tan cerca de la gran ciudad de Valencia, con su veneración a San Alejandro y San Macario, con su iglesia de San Juan Bautista y su castillo de origen musulmán, desde donde se domina la comarca de la Hoya de Buñol.

Fue ahí, en Chiva, donde el niño Enrique supo del sabor de una embestida, de la emoción que recorre las entrañas al sentir el paso de una vaca, del miedo que se vence a fuerza de sentimientos encontrados. Fue ahí también donde decidió inmiscuirse en ese mundo, e inscribirse, apenas a los diez años y siempre de la mano de su abuelo, en la escuela taurina de Valencia, para después, en la búsqueda de oportunidades, fijar su estancia en Jaén, con la ilusión de aprender los entretelares de un oficio tan difícil como apasionante.

Dicen que cuando Litri padre lo vio torear no tuvo reparo en asegurar que se convertiría en figura del toreo, por aquellos tiempos en que se vistió por primera vez de luces, en Baeza, y de que actuara, también por primera ocasión, en un festejo con picadores, en marzo del 88, en Castellón.

Para entonces, las enseñanzas de su abuelo habían sido fundamentales y la ilusión de ambos por lograr el sueño de convertir a Enrique en torero, el motor para seguir adelante. “Lo que soy se lo debo a él”, escribiría Ponce, más tarde, sobre su abuelo Leandro. “Me enseñó el respeto a la profesión, al torero y al toro; que además de ser torero, hay que parecerlo, dentro y fuera del ruedo”.

Fue en Castellar de Santiesteban, participando en un festival, donde Enrique conocería a Juan Ruiz Palomares, quien se convertiría, más que en un simple apoderado, en un segundo padre, acompañándolo por todas las regiones de España en la búsqueda de oportunidades primero, y en la obtención de la dulce miel del éxito novilleril después.

La suya fue una carrera ascendente y rotunda. Ese año de 1988 se presentó en plazas tan importantes como las de Madrid y Sevilla, y también ganó el “zapato de oro” de Arnedo, quizá el más prestigiado de los galardones otorgados en España a novilleros. La sensación de su toreo fue tal que, al año siguiente, en 1989, lideró ya el escalafón novilleril, actuando en 59 festejos y superando en actividad a los otros novilleros de la época, como Jesulín de Ubrique, Chamaco o Finito de Córdoba.

Finalmente, a principios de la temporada siguiente, fue anunciado en su tierra, en Valencia, para tomar la alternativa y enfrentarse a esa puerta de toriles que representaba convertirse en matador de toros y enfrentar la lucha en otra dimensión, en la que, por entonces, sonaban nombres como los de Roberto Domínguez, Julio Robles, Espartaco, El Soro, Ortega Cano, Luis Francisco Esplá o Morenito de Maracay.

Con la vista clavada en esa puerta, ese viernes de feria y a la espera del negro “Talentoso”, seguramente Enrique Ponce recordaba a su abuelo Leandro y aquello que el viejo aspirante a torero le decía: “Para cumplir tu sueño no debes olvidarte nunca de, ante todo, ser una buena persona”. Y él, enfundado en su vestido de luces blanco, estaba decidido a cumplir con la encomienda.

Visto 119 veces